NOVELAS

Cuando los hombres creen


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                        ORIGINAL DE
                    Moribundo Insurgente
                        19-08-2026
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Prólogo


¿Por qué creemos en dioses?, ¿la religión es innata en el ser humano?, ¿nos sirve de algo?.

Se cree que el pensamiento religioso surgió hace unos 90 mil años, ya que se encuentra en casi todas las culturas a lo largo de la historia, por lo que se podría decir que su origen es biológico. Surgió tras la adquisición de la consciencia de mortalidad, y de rebote, resultó ser efectivo para reducir comportamientos egoístas que fuesen en detrimento del grupo. Pero también ayuda a reducir la incertidumbre sobre el mundo, a dar respuestas a preguntas que no tienen respuesta, aumentando el bienestar y reduciendo el estrés.

Y esto está muy bien, pero también ha sido una búsqueda de poder, fomentando guerras entre religiones, incluso por facciones dentro de una misma religión. En nombre de las religiones se ha hecho mucho daño, se han establecido fronteras, se han elegido Papas, se han desmembrado creencias y desangrado países, se ha matado, violado y corrompido.


Esta "opera prima" debía versar sobre una máquina capaz de viajar al pasado para conocer realmente la historia de los restos hallados en yacimientos y excavaciones arqueológicas, pero las tramas de la propia historia me han llevado por otros derroteros. Si te interesa, no dejes de leer el relato "La máquina del tiempo" en el que basé esta novela, dejo enlace:


https://pandora.flounder.online/future/maquina_tiempo.gmi


Es mi primera novela, y no soy escritor, me dedico a otras cosas, así que si te gusta, me alegraré mucho, y si no, te pido perdón por haberte hecho perder el tiempo.



Capítulo 1. Un tiempo de perros

Odiaba aquella época del año. Por mucho que se abrigaba, el frío y la humedad se le metía dentro y le calaba los huesos. Aquella mañana en especial, el clima parecía haber decidido fastidiarla aun más; estaba nublado y había llovido toda la noche. La niebla matutina le tocaba las narices.

El yacimiento estaba en lo alto de una colina. Dejaron el todoterreno abajo y subieron a pie por la mojada y fangosa falda. Por suerte iban equipados con botas y ropa impermeable.

No estaba acostumbrada al entorno campestre, era una chica de ciudad. Abrigada como iba, empezó a sudar, le faltaba el aire y cada vez que miraba hacia lo alto de la colina tenía claro que no iba a llegar, pero llegó.

Una vez arriba necesitó más de cinco minutos para recuperar el aliento, doblada hacia adelante con las manos apoyadas en las rodillas para no caer hacia adelante. *«Tengo que dejar la mierda del tabaco»* pensaba sin demasiada convicción.

Echó un vistazo; desde abajo no se apreciaba toda su extensión. El yacimiento abarcaba una superficie de 1700 m2, situado en un promontorio en el lado sur de la colina.

Llegó por fin a la escena del crimen:

─Soy la inspectora Gámez, ¿quien encontró el cuerpo?

─Aquel de allí, el de la barba y el gorro rojo ─dijo el oficial señalando con la mano a un grupo de personas ─Se llama Marc, es el sobrecargo de obra.

Se dirigió hacia el grupo, formado por unas seis personas comentando la jugada, nerviosos. Aquella gente estaba acostumbrada a encontrar restos de varios siglos de antigüedad, pero aquello era demasiado para ellos. Cuando Lara se dirigió a Marc, el resto se apartaron instintivamente.

─Soy la inspectora Gámez, ¿usted es?

─Buenos días, soy Marc Berenguer ─respondió visiblemente nervioso.

A Lara le tranquilizaba ese comportamiento. La policía solía poner nerviosa a la gente y eso les hacía parecer culpables. Sabía que tenía miedo y la colaboración iba a ser máxima. En cambio desconfiaba de la gente que se mostraba tranquila o altiva.

─Necesito saber si ha manipulado de alguna manera la escena del crimen. Es importante en este punto que me diga la verdad. Cualquier mínimo detalle que haya sido manipulado puede sernos de ayuda o dar al traste con la investigación, ¿lo comprende?

─Si, por supuesto, verá, yo no, bueno ─Lara estaba satisfecha con su reacción ─Verá, me gusta llegar temprano, a las seis de la mañana. La actividad suele empezar sobre las ocho y quiero que todo esté en condiciones. Encontré el túmulo de piedras justo en los restos del nártex y lo encontré extraño.

─¿El nártex?

─Oh, si, perdone, es un espacio situado ante el ingreso a la catedral, destinado inicialmente a los catecúmenos y penitentes.

─Entiendo, ¿por qué motivo lo encontró extraño?, perdone mi ignorancia pero todo está lleno de runa, o como se llame ─dijo Lara mientras hacía una leve torsión del tronco a la vez que abría los brazos.

─Oh, no se disculpe. Verá, ese túmulo no estaba cuando nos fuimos. Es, además, un rito funerario antiguo, llevado a cabo desde la prehistoria tardía hasta hace unos dos mil años. Se han encontrado rituales funerarios parecidos en Galilea y Judea. Extrañado empecé a retirar algunas de las piedras, y entonces lo vi ─se horrorizó.

─¿Qué vio?

─Un, un cuerpo, envuelto en un sudario de lino ungido en mirra y aloe.

─Entonces sí que manipuló la escena ─Lara sonrió levemente, sabía lo que venía ahora.

─Oh, no, yo no, bueno, ¿cómo iba yo a saber que ahí iba a haber un cadáver?. En cuanto lo vi ya no toqué nada más, enseguida llamé a la policía y me quedé aquí hasta que llegaron ─Lara lo miraba con aquella mirada suya tan escrutadora que nadie era capaz de aguantar ─Cuando el oficial retiró la tela de la cara, reconocí a Alfonso, Alfonso Torroella, responsable de las excavaciones.

─Entiendo, tómese su tiempo si lo necesita.

─Estoy bien, gracias.

─¿Cuando fue la última vez que lo vio con vida?

─Sobre las 14:20h de ayer. Suele, solía venir por la mañana, compaginaba su cargo en la universidad.

─¿Qué universidad?

─Ah, si, perdone, estoy algo nervioso, la Universidad Autónoma de Barcelona, en Bellaterra, es, era catedrático de arqueología, bastante reputado, por cierto.

─Vale, y dígame, ¿cuales podían ser los motivos de su muerte?, ¿tenía enemistades de algún tipo?, ¿rivalidades intelectuales?.

─No, en absoluto, la verdad es que es, era un tipo muy afable y caía bien a todo el mundo. Recto y severo en ocasiones, pero eso le hacía mejor profesional, todo el mundo le consultaba.

Por su lenguaje no verbal, Lara intuyó que Marc escondía algo, era un don natural.

─Bien, permanezca localizable por si necesitamos algo más. Puede retirarse.

Lara observó que un joven del grupo no paraba de mirarla de vez en cuando. Se acercó hacia él.

─Hola, soy la inspectora Gámez, ¿usted es?

─Soy David Soria, señorita ─A Lara no le hizo mucha gracia eso de señorita.

─¿Cual es su cometido en este sitio?

─Llevo poco, soy estudiante en prácticas de último año, hago lo que me piden, normalmente las tareas que nadie queiere hacer.

─El machaca, vamos. ¿Has visto u oído algo que pueda ser de utilidad?

─Bueno, para mi todo es nuevo, no sé bien que puede ser de utilidad y que no ─se quedó pensativo ─Encontraron algo importante, una especie de tela de cuero, y al parecer hubo mucho revuelo, pero no sé más, no me dejaron ni acercarme, todos se olvidaron de que existía.

─Ahá, bien, permanezca localizable por si necesitamos algo más. Puede retirarse.

Se acercó al grupito de policía local que había en el sitio donde encontraron el cadáver, intercambió información con ellos, revisó sus notas y abandonó el escenario del crimen. Ahora tendría que hacer el camino de vuelta por aquella dichosa colina hacia el todoterreno. Se encendió un cigarro que le supo a gloria.

***


─Todo ha ido según lo previsto.

─Bien, ¿habéis podido recuperar el fragmento?

─No, señor, no lo hemos encontrado.

─Tiene que aparecer, no puede salir a la luz pública, debemos recuperarlo cueste lo que cueste.

─Vigilamos de cerca el yacimiento y nuestro hombre de campo está haciendo muy buen trabajo. Lo recuperaremos, señor.

─Bien. Sub hoc signo vinces.

─Sub hoc signo vinces.


Se cortó la llamada vía satélite.



Capítulo 2. Dos caballeros

Los dos caballeros cabalgaban al galope con las monturas frescas recién tomadas de la última casa de postas. Aquel nuevo día de 1319 había despuntado y prometía ser un día soleado y agradable.

Cabalgaban por las verdes praderas extremeñas uno al lado del otro, en hermandad, dirección a Tomar, donde estarían libres de amenazas y perseguidores.

Anochecía cuando se acercaban al castillo de Alconétar, situado en un espolón rocoso sobre la confluencia de los ríos Tajo y Almonte, ahora bajo control de la Corona de Castilla. Era una construcción impresionante, con murallas almenadas rodeando la cima, una gran torre pentagonal visible desde varios kilómetros, estandartes ondeando sobre la torre y soldados vigilando el paso del puente y el vado del Tajo.

Pese al sentimiento de miedo y nostalgia de tener que entrar en una de sus antiguas posesiones, ahora en manos hostiles, tuvieron que hacer noche para evitar amenazas y cambiar sus agotadas monturas, cuidándose mucho de no levantar sospechas; debían hacerse pasar por dos jinetes del reino de Aragón que pasaban noche en misión diplomática, enviados por el mismísimo Jaime II de Aragón. Dicho Rey, no teniendo queja del comportamiento de los Templarios y habiéndose negado en un principio a actuar contra ellos, había sellado un salvoconducto que así lo atestiguaba.

Castilla estaba inmersa en una campaña militar contra Granada. Hacía unos días que el ejército se había dirigido a la batalla de la Vega de Granada, y el reino de Castilla esperaba que la Corona de Aragón se sumara. Estarían a salvo. Con los primeros rayos del alba, pusieron camino hacia su último destino, Tomar, en Portugal.

A mediodía ya estaban a las puertas del castillo del Rey. Las monturas llegaron exhaustas, pero llegaron bien. Se presentaron ante el Rey Dom Dimis I, ya como quienes eran realmente, dos caballeros de la Orden de los compañeros de Cristo del Templo de Salomón.

Tras la disolución papal de 1312, muchos templarios (que así eran llamados) de la Corona de Castilla y Aragón migraron al Reino de Portugal. El Rey Dom Dimis I había desafiado las órdenes del Papa Clemente V, dándoles refugio.

Los caballeros fueron recibidos con grandes honores y festejos que duraron hasta bien entrada la madrugada, cualquier excusa es buena para montar una fiesta. Al día siguiente, después de todos los actos protocolarios, fueron recibidos por el Rey Dimis. Era un hombre de estatura media para la época, unos 168 cms. Su pelo largo y canoso se mezclaba con su barba, igualmente canosa y larga. Pese a tener 57 años, conservaba todos los dientes, algo extraño para alguien de su edad. Su personalidad era afable a la vez que imponente.

Iba siempre acompañado por su hombre de confianza Simão. Era algo más alto, de unos 172 cms, de apenas 40 años, delgado, con ojos pequeños pero escrutadores.

Se reunieron en los aposentos privados del Rey para tratar los asuntos que les había llevado hasta allí. Era una estancia grande, regia, con una biblioteca enorme a la izquierda. El interior estaba enlucido, revestido con paneles ornamentados con pinturas y tapices de gran belleza y calidad. Al fondo, una chimenea calentaba el lugar de asueto, con una mesa y sillas de trono oscuras. Un arcón labrado de gran calidad cerraba el conjunto.

─Su majestad, su reino siempre ha sido solícito con la Orden desde aquel fatídico 22 de marzo de 1312, por la que como bien sabe, mediante la bula «vox in excelso», se disolvió la Orden y nos confiscaron los vienes. Ahora necesitamos más que nunca el apoyo de la Corte. ─dijo el caballero rubio.

─Por culpa de dicha bula, ya no queda plaza segura para nosotros en el Reino de España. Jerez de los Caballeros ha caído, así como el último bastión, la Fortaleza de Ponferrada ─dijo el caballero moreno.

─Por supuesto, mis queridos hermanos, disponed de mis posesiones como si fuesen vuestras, aquí nadie os dará caza. ─dijo el Rey mientras miraba hacia los altos techos y abría los brazos ─Pero, os veo afligidos, decid, ¿qué pesar os abruma?

─La razón de nuestro propósito no es solo el cobijo, el cual dábamos por seguro, y el cual agradecemos gratamente, va algo más allá.

─Explicaos, por Dios, os lo ruego ─En ese momento, Simão le susurró al oído: *«Majestad, andaos con tiento»*.

Sin duda sospechaba que algo aciago se avecinaba. Simão era una persona callada, sibilina, que tenía la facultad de calar a la gente solo con mirarla unos segundos, lo que explicaba cómo se había ganado el puesto de asesor y mano derecha del Rey. Estos dos caballeros templarios traían una maldición consigo que en breve iban a dejar en sus manos.

─Como su majestad es conocedor, las acusaciones infundadas del Rey Felipe IV de Francia por las que se nos acusó de sacrilegio, herejía, sodomía y adoración de ídolos paganos ha anulado nuestra capacidad de acción y abolido nuestro poder. Todas nuestras posesiones fueron arrebatadas y regaladas a otras órdenes, como los Hospitalarios de San Juan de Jerusalen o los Hospitalarios de San Lázaro, pero sobre todo, a la recién fundada Orden de Santa María de Montesa. ─dijo el caballero rubio. Ahora tomó la palabra el caballero moreno. Simão clavaba su mirada en uno y otro, intentando otear el aire como un astuto zorro.

─Además, el hecho de que la maldición que lanzó nuestro Gran Maestre Jacques de Molay en la hoguera se cumpliera poco después, no ha ayudado a oponer defensa ante los delitos por los que se nos acusa.

─Pero no todas nuestras posesiones fueron tomadas. Escondemos en un lugar indeterminado nuestro más preciado tesoro. Y digo indeterminado porque nosotros solo sabemos dos de las tres coordenadas donde se halla. La tercera nos será revelada en persona al terminar con éxito nuestro cometido.

─Su majestad, os rogamos que permitáis que traigamos aquí nuestro tesoro y podamos refundar de nuevo la Orden, entre los muros de su Reino ─El Rey y Simão se miraron incrédulos.

─Valoraremos lo que pedís, pero, por favor, quedaos a pasar unos días, el largo viaje y el polvo del camino os ha debido fatigar. Mañana nos acompañaréis a mi habitual partida de caza.

La propuesta de aquellos caballeros templarios era un serio problema. Cuando los caballeros se ausentaron, Simão aconsejó al Rey Dinis sobre la negativa de ayudar a aquellos caballeros.

─Señor, esa propuesta es muy peligrosa, amenaza nuestras redes, riquezas y castillos fronterizos, como el pentágono defensivo o el Castillo de Almourol.

─Lo sé, pero son templarios, no podemos dejarlos en la estacada.

─Y no lo haremos, podrán quedarse aquí, podrán entrar en la Orden de Cristo, pero no deben arrastrar al reino a la ruina por algo que ya ha terminado.

El Rey no acababa de tomar una decisión, y los días pasaban. Ante la insistencia por parte de los caballeros de recibir una respuesta, el Rey los convocó por la tarde a sus aposentos privados.

─Me temo que lo que pedís no va a ser posible, mis queridos hermanos. Hace años, para aplacar la ira de del Papa Clemente V por nuestra desobediencia, transformamos la Orden templaria en la nueva Orden de Cristo. Nuestra intención fue en todo momento que la Orden fuese continuista, pero las vicisitudes experimentadas durante todo este tiempo nos ha llevado por un camino rupturista, con la ya considerada extinta Orden del temple ─dijo el Rey caminando hacia los caballeros y en esos términos, en un discurso solemne, más para un público ausente que para aquellos caballeros.

─¡No podéis dejar tirada a su suerte a la sagrada Orden del temple de una manera tan vil! ─bramó el caballero rubio, alzando el brazo con la mano cerrada en un puño. El Rey no daba crédito a tamaño desplante.

─¡Cuidad vuestro lenguaje, estáis delante del Rey Dom Dinis I de Portugal!. No solo podemos, si no que debemos hacerlo ─soltó Simão con una tranquilidad que ofendía. ─El Obispo Ébrard ha sido muy taxativo y convincente. Amigos, los tiempos están cambiando, la Orden está acabada y cuanto antes seamos conscientes de la situación, mejor para todos.

─No damos crédito a las palabras que salen de vuestra boca, ¿opináis igual, majestad? ─preguntó el caballero moreno dirigiéndose al Rey. Este afirmó con un movimiento regio de cabeza, sin duda para que no se le cayera la corona.

─Así pues, ¿traicionáis la Orden? ─preguntó de nuevo el caballero moreno.

─Oh, no, yo no lo llamaría así. Cobijamos a los templarios venidos de las Coronas de Castilla y Aragón, los cuales forman parte voluntariamente de la Orden de Cristo. Quien no quiso formar parte fue libre para quedarse o irse. Mirad a vuestro alrededor, vosotros mismos lo habéis aseverado, la Orden ha muerto. Pero por favor, caballeros, que nuestras decisiones no nos nublen el buen juicio, hay cabida para todos en la Orden de Cristo.

─¡Antes reunirnos con nuestro Señor que traicionar a la Orden! ─dijo el caballero rubio.

─Bien, pues entonces no tenemos más que hacer aquí.

─Oh, pero, meditadlo reposadamente, con el nuevo día lo veremos de otra manera.

Los caballeros se miraron, coincidiendo sin decirlo en que aquel Rey no iba a ayudarlos. Hicieron una gran reverencia y abandonaron los aposentos del Rey.

A la mañana siguiente los caballeros le informaron de su intención de partir lo antes posible. La despedida fue cordial y el Rey les obsequió con una salvaguardia para poder moverse libremente por el reino de Portugal y también les ofreció dos de sus mejores monturas. Pusieron rumbo a Alcobaça y a Óbidos. Sus huellas se perdieron rumbo al mar.

Capítulo 3. Rompecabezas

Lara se despertó con un humor de perros. Llevaba varias noches durmiendo poco y mal, siempre le pasaba cuando tenía un caso importante entre manos. Se quedó sentada al borde de la cama, desnuda. Siempre dormía desnuda, no soportaba los pijamas o camisones y la incomodidad de enrollarse al cuerpo al moverse en sueños. Empezó a toser, *«tengo que dejar la mierda del tabaco»* se repetía en estas situaciones, hasta que se le olvidaba a los pocos minutos. Tenía una cita con Marc Berenguer en dos horas y debía ducharse y salir pitando. Ya desayunaría algo por el camino.

Habían aspectos del caso que no le cuadraban, era todo un gran puzzle al que faltaban muchas piezas.

Se había citado con Marc en la pedanía del yacimiento, en una cafetería a la que solían ir a menudo los trabajadores del yacimiento. Lara llegó tarde, como casi siempre, era muy metódica para la investigación, pero un desastre para la vida cotidiana. Marc llevaba esperando en la puerta 20 minutos.

─Marc, lo siento, llego tarde, soy un desastre, ruego que me perdone.

─Oh, no se preocupe, en mi profesión, esperar es un don ─esbozó una sonrisa sincera.

─Pero, podría haberme esperado dentro, aquí hace un frío que pela.

─Oh, no se preocupe, aquí se acostumbra uno al frío pronto. Este sitio le gustará, entremos.

Entraron a la cafetería. Era grande, con el típico ambiente de platos y tazas de arriba a abajo, una camarera haciendo cafés y gente charlando en un tono más bien bajo para lo que se espera de una cafetería. Las paredes, pintadas de un color beige claro, casi amarillo, daban calidez. Aquí y allá habían piezas históricas colgando de las paredes o en estanterías antiguas de imitación. Posiblemente todas esas piezas fuesen imitaciones, pero daban un curioso aspecto a la cafetería, casi como de almacén de Indiana Jones.

Grandes vidrieras rodeaban la cafetería, que hacía esquina, lo que hacía que siempre entrara luz natural. Se sentaron en una mesa al fondo. Casi todo el mundo conocía a Marc y lo saludaban a su paso, ya fuese porque trabajaban con él o porque era conocido en el pueblo debido a sus múltiples hallazgos que hacían que saliera cada dos por tres en el periódico local.

─Aquí estaremos tranquilos.

─Vaya, es usted famoso ─dijo Lara con sorna.

─Si, bueno, en estos pueblos pequeños todos nos conocemos, pero por favor, tutéeme.

Se acercó el camarero. Lara pidió un café con leche bien cargado y un croisant. Marc pidió una cerveza sin alcohol y un bocadillo de jamón y queso que no cabía en el plato.

─¡Que aproveche! ─le soltó Lara incrédula por el pedazo de bocadillo que Marc se iba a meter entre pecho y espalda.

─Llevo en pie desde las 6 de la mañana, este es mi desayuno.

─Lo siento, quizá mi visita le ha trastocado los horarios.

─Oh, no se preocupe. Pero diga, por qué quería verme ─Lara asintió, sacó su portátil y revisó sus notas. Marc sonrió.

─¿Le hace gracia algo? ─Lara sacó su genio a relucir. Marc cortó de golpe la sonrisa y se ruborizó.

─No, es que me la imaginaba con un bloc de notas y un bolígrafo mecánico de publicidad con el tapón mordisqueado.

─Pues ya ve que no. Los clichés de las películas sobre inspectores están bastante fuera de lugar.

─Ya veo ─Marc se fijó en que en la parte trasera de la pantalla, que estaba abierta, al lado del logo de la marca, había una pegatina que ponía Linux Mint. Le hizo gracia, él también lo usaba, pero no quiso decirle nada ─Bien, le he citado aquí porque hay cosas que no me cuadran. Hemos investigado a Alfonso Torroella, y no hay absolutamente nada anómalo: ni enemigos, ni disputas con nadie, al contrario, conocido, admirado y querido por toda la comunidad. El robo queda descartado, pero el ritual por el que fue escondido, enterrado o como sea, me tiene despistada. ¿Hay alguna cosa que se nos halla pasado por alto?, haga memoria por favor.

─No se, la verdad, ya le dije que era una persona muy querida, no se me ocurre nada por lo que, ya sabe.

─Tiene que haber algo. Un miembro del yacimiento, un tal David Soria, me dijo que habían encontrado algo muy importante, ¿sabe usted algo?.

─No, no sé que puede ser ─Lara intuyó mentira en su semblante.

─¿Seguro? ─dijo ella impostando la voz y clavando su mirada escrutadora en los ojos de Marc, que acabó bajando.

─Si, seguro, es decir, bueno, sí que es verdad que encontramos algo importante, pero como tantas otras veces ─otra vez la mentira en su cara.

─Me parece que usted sabe más de lo que me dice.

─Verá, no sé exactamente qué se encontró, era una especie de pergamino hecho de piel, muy cuarteado y reseco, lo que dificultó su análisis; enseguida me llamaron a mi. Cuando conseguimos sacarlo del duro terreno en el que se hallaba, enseguida empezamos con los tratamientos de limpieza y conservación. Nos dimos cuenta de que llevaba unas letras inscritas en griego. Aquella pieza no cuadraba en aquel lugar.

─¿Por qué?

─En la datación de este yacimiento no se hablaba griego. Nos sorprendió, así que llamé a Alfonso para avisarle del hallazgo, y acudió enseguida.

─¿Cuando pasó esto?

─Pues, hará más o menos, una semana antes de que apareciera, ya sabe ─Aun no se atrevía a decir que Alfonso había sido hallado muerto.

─Ahá, entiendo, continúe.

─No puedo decirle mucho más. Llegó Alfonso, y cuando vio la pieza sus ojos se iluminaron, repetía continuamente que eso no podía estar allí, que quizá podía ser. No acabó la frase, se llevó la pieza para confirmar algunas sospechas. No supimos nada más de ella.

─¿Me dice que pierden el rastro de una pieza importante así de fácil? ─Lara chasqueó los dedos en el aire.

─Oh, no, bueno, realmente si, es decir, llevamos un registro exhaustivo de todo lo que encontramos, inventariamos hasta el más mínimo hallazgo. Piense que dependemos en gran parte de la Generalitat y debemos dar cumplimiento estricto a la normativa sobre Patrimonio Histórico, Ley 16/1985 del 25 de junio ─se marcó el dato para que Lara supiera que conocía la ley y que no pensaba saltársela.

─¿Entonces?

─Hay casos en los que alguna pieza extraña se lleva a la Universidad o a algún servicio de datación cuando tiene alguna certeza o solo sospechas. Si están en mal estado, se intenta restaurarlas, examinarlas mediante microscopios y rayos X, tomografías, y si son lienzos, se les somete a procedimientos químicos muy sensibles para su conservación. En esos casos, es la persona que se hace cargo de la pieza a restaurar, en este caso Alfonso, quien hace el inventariado de la pieza al final, adjuntando los informes realizados por los servicios de datación y/o restauración. Al parecer no le dio tiempo, ya sabe. Nosotros tenemos el registro de campo, es como una segunda contabilidad abreviada, en el que anotamos la fecha, hora, lugar del hallazgo y características básicas, junto con fotografías hechas in situ. Lo he traído todo por si quería verlo.

Marc cogió su zurrón de cuero ambroca que hacía juego con las paredes de la cafetería, y que había dejado colgado del respaldo de su silla, y sacó un dossier, una carpeta grande de anillas típica de oficina, plastificada, con post-its de colores por doquier y puntos de libro de tela sobresaliendo por debajo, y lo puso encima de la mesa mientras Lara apartaba tazas y platos. Lo abrió por el punto de libro de tela verde que venía cosido al dossier.

─Mire, aquí se puede ver un mapa del yacimiento con los hallazgos encontrados. Como ve hay muchos, ya ve los colorines, pero de todos, los rojos son los más importantes. Este rojo de aquí, etiquetado como «3ac», que significa «tercera pieza encontrada de la época de antes de Cristo», es la pieza que se llevó Alfonso. Y este otro mapa de aquí es una ampliación donde aparece dibujado a mano la posición. Y estas son las fotos ─dijo pasando algunas páginas y señalando las imágenes cogidas con clips de goma para no dañarlas al mapa.

─Ahá, interesante.

─Detrás tiene datos como la profundidad de excavación, el tipo de terreno y otros temas técnicos que no creo que le sean de utilidad.

─¿Puedo quedármelo?

─Bueno, es que.

─¿Bien, gracias? ─dijo Lara cerrando el dossier y metiéndolo en su bolso, bajo la mirada de resignación de Marc ─No se preocupe, se lo devolveré en breve.

Ya tenía lo que quería. Terminó rápidamente lo que quedaba del café con leche y se fue al vuelo. Ya en la puerta de la cafetería se giró.

─No se preocupe por la cuenta, paga el cuerpo ─dijo levantando la voz.

Desapareció por la puerta como si se la llevase el diablo. Marc se la quedó mirando petrificado sin saber cómo reaccionar. Se había llevado el libro de registro del yacimiento y no sabía bien si hubiera necesitado una orden judicial o algo.

Lara llegó a la comisaría y entró como si la persiguieran los demonios, llevándose por delante a Margarita, la compañera que hacía guardia en la entrada.

─¡Perdona Marga, tengo prisa!

─Tranquila hija, ¡qué prisas!

Llegó a su despacho, lanzó el bolso en la atestada mesa, tirando varios expedientes y otros objetos, y se quitó la chaqueta, que tiró a una silla sin demasiado acierto, acabando en el suelo. Estudió aquel dossier sin saber muy bien lo que tenía entre manos. Se encendió un cigarro y se espatarró en su sillón con el dossier entre las piernas. Pasó un tiempo indagando sobre el dossier que le arrebató a Marc y llamó por teléfono tanto a la Universidad de Bellaterra como a las empresas colaboradoras de esta sin demasiado éxito. Se encontró con más piezas aun del puzzle que parecían ser de otro diferente. Ahí no encajaba nada, y eso la desesperaba. Se encendió otro cigarro y solo fue consciente de ello cuando lo hubo terminado, **«Joder, debo dejar la mierda del tabaco»* dijo tirando al suelo con furia la colilla.

Cuando le escocieron los ojos se repantingó en la butaca reclinable de su oficina con los brazos levantados, llevando las manos a la nuca y se quedó así un rato, mirando el techo pero con los ojos cerrados. Tras unos minutos en esa posición volvió a la posición normal y miró la montaña de papeles que tenía delante. *«¿Qué se me escapa?»* pensaba tercamente.

Eran casi las tres de la madrugada y sabía que tenía que dormir, pero tenía la adrenalina por las nubes. Se levantó resignada, cogió la chaqueta del perchero y al volver a la mesa a coger el dossier para estudiarlo en casa, vio en la papelera que tenía a los pies de la silla, una publicidad sobre la nueva película de Tadeo Jones que tanto le gustaba a su sobrina. Le vino a la mente Indiana Jones y cómo siempre resolvía casos imposibles, quizá debería contar con algún colaborador arqueólogo. Se quedó un rato madurando la idea, *«¿cómo era aquello?»*, Lara hizo memoria. En Aduanas, en colaboración con la Guardia Civil, levantaron un caso de tráfico de antigüedades. Echaron mano de un especialista que ayudó con la autenticidad de las obras que formaban parte del expolio arqueológico y otros bienes culturales, y al parecer no era la primera vez. Recordó como en aquella operación desmantelaron una red internacional de tráfico y enchironaron en España a 15 miembros.

Debía conseguir su contacto. Miró el reloj, *«¡más de las tres de la madrugada!, cómo pasa el tiempo. Llamaré mañana»*. Salió de comisaria, cansada, hacia su casa. Llegando, tuvo que bajarse de la acera porque algún desalmado había aparcado su Tesla Model 3 encima de la acera. Hizo un llamada a la comisaría para que enviasen una patrulla para que se pasasen por allí y lo multaran.

Capítulo 4. Veritas et Realitas

El SUV negro se dirigía sin prisa a la entrada de un palacete antiguo situado en una urbanización privada en la sierra de Collserola, cerca de la ermita de San Medir. El vehículo era blindado y su habitáculo estaba totalmente insonorizado y protegido contra señales electromagnéticas. Las lunas tintadas regulables dejaban ver el paisaje como si llevaras puestas las gafas de sol.

Entraron en el parking y pararon el vehículo al llegar al fondo. En su interior, César Marín estaba sentado al lado del conductor, un hombre afrodescendiente muy corpulento, de nombre Angelo, vestido con traje negro y caro. Permanecieron en el vehículo y tras un pequeño temblor, la pared que tenían delante empezó a deslizarse hacia arriba, aunque no era realmente la pared lo que se movía, si no ellos; estaban descendiendo. Al cabo de varios segundos se frenó el descenso, habían llegado a destino. Estaban en un complejo a 60 metros bajo tierra. Angelo bajó del coche, atento, y tras él César Marín, y se dirigieron a las instalaciones de tecnología a través de los túneles excavados en la dura roca de la cordillera de Collserola.

Hacía ya casi una década de la puesta en marcha del proyecto Veritas, un proyecto secreto que más que un proyecto podía catalogarse de milagro.

Consiguieron viajar al pasado de una forma peculiar. No podía decirse que viajaran realmente, si no que hacían uso de la inteligencia artificial y la realidad aumentada. Todo giraba en torno a un casco parecido al de los pilotos de combate, con visera transparente que dejaba ver lo que había delante. El casco tenía un botón de encendido en el lateral derecho, a la altura de la oreja. Una vez puesto, al activarlo aparecía un HUD (Head Up Display), un sistema que proyecta información sobre la visera del casco.

Entre la información que aparecía se mostraba un cuadrado que se podía mover con los ojos. La finalidad de este cuadrado era moverlo hacia una pieza antigua, por ejemplo, una vasija. Al parpadear dos veces sobre el cuadrado se fijaba sobre la vasija, la cual se coloreaba de un color ámbar semitransparente que indicaba que el objeto había sido seleccionado y fijado correctamente. Ahora llegaba la magia: mediante la IA y la realidad aumentada podías viajar con la vasija atrás en el tiempo hasta el momento de su creación.

Mediante una pequeña consola en el antebrazo izquierdo, equipada con trackball, podías avanzar hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, pero nunca más allá de la época actual, no podías viajar al futuro.

Podías afinar más mediante unas flechas que habían en la parte inferior del HUD, o poner hora, mes y año con el teclado de la consola. En todo momento, en la parte superior del HUD aparecía la fecha exacta en la que estabas.

Se avanzaba hacia atrás en el tiempo y todo a tu alrededor a través de la visera del casco cambiaba mediante. El objeto seleccionado nunca perdería el foco de selección. Si el objeto había sido traído de otras latitudes, te movías por el mundo virtualmente según se movía el objeto, en modo acelerado o no, utilizando un sistema de software parecido a Google Maps. Cuando se llegaba al instante de creación del objeto, el sistema se detenía.

Esto provocaba que los viajeros se desorientaran, por lo que el avanzado software ofrecía varias opciones de visualización, la ya explicada y una opción de mapamundi donde se marcaba la posición del objeto y su traslado. Tan pronto estabas en la costa mediterránea como de repente viajabas kilómetros a la velocidad de tiempo que hubieras seleccionado hacia otro país.

Ver como la Sábana Santa de Turín se movía por los siglos a lo largo de su recorrido por medio mundo hasta acabar en la trastienda de un falsificador 196 años después de la supuesta muerte de Jesús, o ver cómo los restos encontrados en Atapuerca, pertenecientes al Homo Antecesor, datados en 800 mil años tomaban vida y se movían por el entorno, luchaban, amaban o morían, en años que no coincidían con las dataciones modernas, lo que hizo que la base de datos con las rectificaciones históricas ocupara varios Gigas. El impacto histórico iba a ser enorme cuando se mostraran las evidencias, pero por el momento, el proyecto Veritas debía permanecer en el secreto más profesional posible.

La leyenda de apariciones de cadáveres de antiguos trabajadores del proyecto, que al parecer habían intentado filtrar información, era un extremo que nunca se había confirmado, pero el mito existía, y solo por eso, el miedo a pensar si quiera en una filtración de datos mantenía en el más absoluto secreto al proyecto Veritas.

Ahora, siete años después del gran desarrollo de Veritas, el proyecto hermano, Realitas, estaba a punto de dar sus frutos. Sus científicos habían hecho grandes avances pero habían estado tiempo atascados por culpa de la inestabilidad de ciertas partículas por las que la física cuántica se empeñaba en hacer que todo se comportara como no querían.

La tecnología usada en el casco la evolucionaron hasta tal extremo que hicieron posibles los viajes inadvertidos al pasado. El paradigma era tan sencillo de explicar cómo difícil de llevar a cabo.

En el proyecto colaboraban externamente las mentes más inteligentes del mundo, cada profesional en una parte del proyecto sin que los demás supieran el resto de partes en las que trabajaban los demás.

Una joven dio con una posible solución al problema de la inestabilidad cuántica. Desde el proyecto Realitas estudiaron minuciosamente sus hipótesis y acordaron llevarla a las instalaciones. Varios días de prueba-error y cálculos que se alargaban hasta bien avanzada la madrugada dieron sus frutos. Se desarrolló el compensador de tiempo, uno de los grandes handicaps resuelto en los viajes temporales, por el cual, un mes que se pasaba en el pasado equivalía a un segundo del presente. Podrías pasar los 10 años que duró la guerra de Troya en 120 segundos, dos minutos.

El proyecto Realitas ya era un hecho. Constituía la evolución natural del proyecto Veritas.

El proyecto constaba de una burbuja plasmática de invisibilidad que rodeaba una unidad de viaje, preservando a su ocupante tanto del paso del tiempo como de toda injerencia externa. La unidad de viaje era similar a una camilla de dentista futurista en la que el viajero se sentaba o se estiraba. Un sistema vital mantenía monitorizando las constantes vitales del viajero en todo momento, enviando los resultados al centro de mando. Si algo no iba bien, se podía traer de vuelta al presente la burbuja desde allí donde estuviera y en el año en que estuviera.

Situado en la base de la camilla estaba el motor temporal y el compensador de tiempo. En los apoyabrazos estaban las consolas de viaje, todo ello rodeado por la burbuja, cuya parte delantera ejercía de enorme pantalla si se activaba la opción en la consola.

El apoyabrazos derecho manejaba la unidad de viaje y manejaba la burbuja, y el izquierdo activaba la pantalla y hacía ajustes. Se podía ampliar o reducir la imagen o aplicar un zoom de hasta 250 aumentos, pudiendo ver a varios kilómetros de distancia las letras de un libro de bolsillo con total nitidez.

La consola derecha iba equipada con una pequeña pantalla de 10 pulgadas, desde la cual se manejaba la unidad de viaje. En ella se seleccionaba el año y el lugar. Aparecía tanto en la consola como en la burbuja información adicional como temperatura, humedad, geolocalización, año y mes, una barra lateral de escala de zoom, etc.

La burbuja se mantenía flotando en el aire mediante un sistema antigravitacional y se desplegaba mediante un sistema de antimateria silencioso. Podía cubrir grandes distancias plegando el espacio-tiempo inmediato que tenía delante, avanzando a saltos espacio-temporales, dando la sensación de velocidad. Para ello se basaron en la hipótesis de Miguel Alcubierre allá por 1994, por la que el denominado “warp drive” o motor de curvatura funcionaría comprimiendo el espacio hacia adelante y expandiéndolo hacia atrás. Una «burbuja warp» permitía a los pasajeros dentro de ella no verse afectados por los cambios en el espacio-tiempo y las fuerzas gravitacionales que los rodean. Esta burbuja seguiría dentro de los límites de la física conocida sin exceder la velocidad de la luz.

Al viajar al pasado, el conjunto se mantenía inerte a unos metros de altura por defecto, modificables desde la consola, ya que no era lo mismo estar en la sala de un Rey en un castillo templario que en un asedio con el cielo lleno de proyectiles.

A su alrededor, el campo de plasma de la burbuja que rodeaba la máquina también la protegía de impactos al hacer las veces de escudo. Pese a la protección que ofrecía, si se lanzaban proyectiles que podían chocar con la burbuja, revelaría su paradero, por lo que un avanzado sistema de IA hacía millones de cálculos por segundo prediciendo la situación exacta en la que debía estar el conjunto en cada momento para no interferir con el entorno, y se desplazaba para evitar situaciones de riesgo.

Para situaciones en instancias más pequeñas, se expulsaba una sonda espía, una burbuja muy pequeña del mismo material y propiedades, que proyectaba la imagen de realidad aumentada a la burbuja nodriza y te hacía estar allí.

Diversos sensores adicionales aportaban efectos tales como el olor o la vibración. Se podía oler la madera quemada de un poblado arrasado por el Rey de Wessex o Northumbria, sentir las explosiones de los bombardeos en la Berlín de la segunda guerra mundial o el terremoto de Valdivia en Chile mediante una ligera vibración de la camilla. También era capaz de escuchar conversaciones, incluso aunque estas fueran leves susurros, mediante potentes sensores, que, equipados con IA, traducían cualquier lenguaje con un 100% de acierto.

Pudieron empezar a viajar a la época de la guerra de Troya y ver cómo pasaron las cosas en realidad. Pudieron ver como Alejandro Magno no era el héroe que nos habían contado, cómo fue crucificado realmente Jesús, qué pasó en el Área 51 o para qué se levantaron los pilares de piedra en Stonehenge.

El proyecto era alto secreto, nadie fuera del complejo sabía que existía, por lo que la gente que entraba no podía salir. En casos excepcionales, el personal externo que acababa entrando por algún motivo, podía volver a salir, pero acababan teniendo accidentes mortales ocasionales. La chica que había conseguido darles el éxito desapareció misteriosamente cuando abandonó las instalaciones.

César se encontraba en la sala de ordenadores, situada al lado del hangar, separada de este mediante un ventanal.

─¿Cómo han ido las pruebas?

─Bien Sr. Marín, el flujo es totalmente estable al fin, la burbuja se mantiene sin problemas, y eso que la hemos sometido a todas las perrerías que se nos han ocurrido.

─Bien, ¿y la unidad?, ¿es operativa?

─Si señor, está todo listo.

─¿Y el voluntario? ─dijo esta última palabra acentuándola más de lo normal.

─Preparado y con muchas ganas, ¿quiere que lo traigamos?

César miró unos segundos al técnico sin contestar, giró la vista hacia el sempiterno Angelo a la vez que asentía con la cabeza, y este, sin mediar palabra, se retiró. Apareció al cabo de unos minutos con el voluntario. Era un chaval joven llamado Arnau que hacía poco que trabajaba en las instalaciones. No querían arriesgarse a perder un activo importante para la empresa si algo salía mal en la prueba inaugural, así que contrataron a un friki de la ciencia ficción que flipó con la propuesta.

Había recibido escrupulosa formación tanto del funcionamiento de los mandos como del sistema vital y el sofisticado software del conjunto, y estaba deseando poder llevar a cabo un hito histórico como aquel, con el que había soñado viendo cien veces la serie Star Trek. Lo prepararon, poniéndole el traje vital y lo acompañaron a la unidad de viaje.

─Señor, quiero que sepa que es todo un honor para mi ser el primero en usar la unidad de viaje.

─Vas a hacer historia, hijo. Cuando quieran ─ dijo a los técnicos del equipo.

Salió del hangar al que llamaban «la zona de viaje». Era una sala pequeña, blanco estéril y muy luminosa, y se parapetó en la sala de ordenadores a la que llamaban «la pecera», detrás del ventanal de enorme y grueso cristal.

Arnau se tumbó en la unidad de viaje mientras los asistentes conectaban el cableado de las constantes al traje vital. A partir de ahora monitorizarían temperatura corporal, ritmo cardiaco, ritmo respiratorio, saturación de oxígeno y ondas cerebrales. Arnau puso los brazos en los mandos.

Para bautizar la máquina, empezaron por un escenario reciente, la inauguración del puente de San Fermín, a unos 3 kilómetros de allí, que tuvo lugar hacía un mes. Si algo iba mal, Arnau solo habría viajado atrás un mes, se las apañaría. En caso de problemas durante el viaje, eso era mejor ni pensarlo.

En el pedestal que había delante de la máquina, pusieron un trozo de la tira inaugural que las autoridades presentes cortaron en el puente. Arnau la fijó en el visor y activó la máquina mientras fijaba la fecha en la consola y aceptaba la operación.

Un leve zumbido metálico, similar al que hacen los coches eléctricos, empezó a oírse, aumentando conforme el motor temporal y el compensador de tiempo aceleraban. El ambiente alrededor de la unidad de viaje se puso borroso, se había desplegado la burbuja plasmática, y en breve todo el conjunto desapareció de sus ojos al entrar en el modo sigiloso. Se oía el zumbido metálico por que la máquina aun seguía allí, aunque no pudiese ser vista. El zumbido cesó cuando los motores llegaron a su nivel de trabajo.

─Motor temporal dentro de los límites aceptables, compensador de tiempo dentro de los límites normales, constantes vitales normales ─dijo un técnico, atareado mirando la pantalla del ordenador y tecleando rápidamente.

─Flujo plasmático constante, burbuja plasmática sin fisuras ─dijo otro técnico.

─Salto previsto en 3, 2, 1, salto completado.

Se escuchó un casi inapreciable «click». La máquina había desaparecido.

La unidad de viaje aparecía un mes atrás a unos 20 metros por encima del puente de San Fermín. Pudo ver a las autoridades locales en uno de los extremos cortando la cinta de inauguración, que ahora aparecía junto al fragmento del visor, y a todos los paladines aplaudiendo. *«Todos estamos de inauguración»* pensó Arnau. Hizo las comprobaciones de rigor que indicaba el protocolo, primero las internas: estado de flujo de la burbuja, motor temporal y el compensador de tiempo, nivel sonoro de la máquina, constantes vitales, y después continuó con los parámetros externos: humedad, temperatura, velocidad del viento, calidad del aire. No paraba de apretar botoncitos y mover palancas. Ajustó el zoom en el horizonte y lo apuntó al Hotel Arts, a la entrada del puerto olímpico de Barcelona, que apareció justo delante de la pantalla de la burbuja con todo lujo de detalles, pese a estar a 12 kilómetros.

Movió la máquina de lado a lado, de arriba a abajo, y puso máxima velocidad a un punto indeterminado y volvió sin que pareciera que nadie de los allí presentes hubiera percibido nada. Cuando finalizó las pruebas, puso rumbo a la actualidad, apareciendo de nuevo en el hangar de las instalaciones de tecnología.

Todo había salido a la perfección.

Capítulo 5. Un bonito encuentro y una visita desagradable

Otro día que Lara había dormido poco y mal. Se despertó de mal humor, se duchó, se tomó dos cafés bien cargados y ya más sosegada, llamó a los compañeros de la Guardia Civil. El caso de los traficantes de antigüedades fue muy sonado, no tardaron en darle el contacto del asesor que autentificó las obras expoliadas, un tal Álex Moruzzi.

Se encendió un cigarro y llamó al número que le habían dado en la Guardia Civil. Se puso una señorita que decía ser de la Universidad de Barcelona, que le pasó con el departamento de arqueología. A su vez, contestó otra señorita, la secretaria de Álex, que tuvo que verificar su agenda para concertar una visita. Dada la importancia del caso y la testarudez de Lara, consiguió una cita para esa misma mañana a las once. Miró el reloj, faltaba poco. Se puso lo primero que pilló y se dirigió a la parada de metro que tenía a tres calles de distancia.

El departamento de arqueología donde trabajaba Álex estaba ubicado en la Universidad de Barcelona, la UB, y dependía del Ministerio de Cultura, que coordina el Plan Nacional de Arqueología y el CSIC.

La línea 1 del metro la llevó hasta su parada, Universitat. Odiaba el metro, odiaba las aglomeraciones, el ruido, y odiaba el olor a humanidad, pero tenía que reconocer que era el medio de transporte más rápido para moverse por la ciudad, y tenía muy poco tiempo.

Salió por la salida llamada Plaça Universitat y justo enfrente de la salida del metro tenía la universidad, un edificio neogótico histórico de casi 10 mil metros cuadrados, cuya entrada estaba en el Carrer d'Aribau número 2.

Fue fundada en 1450 y es considerada como una de las universidades más antiguas de España. Fue suprimida en 1717, a raíz del Decreto de Nueva Planta. Al terminar la guerra de Sucesión, Felipe V convirtió la antigua universidad en un cuartel. Más de cien años después, los estudios universitarios volvían a Barcelona en un edificio proyectado por Elies Rogent i Amat. La universidad actual fue creada en 1842 y la sede central se construyó a partir de 1863.

Llegó a las 11:13, tarde, como siempre. El bedel le dio indicaciones para llegar al departamento de arqueología. Después de varias vueltas por aquellos enrevesados pasillos, encontró el departamento, y encontró la puerta medio abierta. Se dio cuenta de que pocos departamentos cerraban sus puertas. Asomó tímidamente la cabeza a la vez que inspeccionaba el departamento. Era una habitación rectangular estrecha. A la derecha habían estanterías metálicas prefabricadas tipo mecano, atestadas de cacharros: vasijas, piedras, trozos de capiteles, y lo que parecían restos óseos. A la izquierda, una extensa biblioteca. A sus pies, una mujer joven, de piel blanca, pelirroja y pelo rizado, sostenía un enorme libro que devoraba con avidez.

─Hola, busco al profesor Álex Moruzzi ─la chica levantó la vista del libro y la miró divertida.

─Pues dudo que encuentres al profesor Moruzzi, pero si te valgo yo, soy la profesora Álex Moruzzi, ¿en qué puedo ayudarla? ─dijo a la vez que cerraba el gran libro de un golpe seco que hizo que saliera polvo de él. Lara había dado por hecho que Álex era un hombre y que aquella mujer debía ser la secretaria con la que habló a primera hora ─No te preocupes, me pasa a menudo, la gente no espera una mujer ─dijo Álex guiñándole un ojo. Lara se ruborizó.

─Hola, soy la inspectora Lara Gámez. Me dieron su número los compañeros de la Guardia Civil a raíz del caso de tráfico de antigüedades de hará año y medio, en el que usted fue de mucha ayuda.

─Ah, sí, ¿no se cerró el caso ya?

─Si, si, vengo por otro tema, verá, estoy investigando un asesinato ocurrido hace poco más de una semana en un yacimiento y hay muchas piezas que no encajan. Me preguntaba si el departamento podría contar de nuevo con su ayuda.

─Puedes tutearme ─le espetó con una medio sonrisa ─Dime de que se trata y veré si soy la más indicada o puedo dejarte a algún becario.

─Lo que tenemos hasta ahora es lo siguiente ─Lara sacó de su bolso el gran dossier que le arrebató a Marc, que a su vez fue arrebatado de sus manos por Álex, que lo miró con interés y no dejó dato sin examinar.

─Interesante.

─Verá, en ese yacimiento se encontró enterrada una pieza de sumo interés, marcada en el dossier como «3ac»

─Ya veo, ¿y dónde se halla?, me gustaría poderla ver.

─Lo malo del caso es que la pieza ha desaparecido. El responsable de las obras en el yacimiento, Alfonso Torroella, se la llevó para llevarla a una empresa colaboradora ─miró las notas de su portátil ─Sphynxum, del grupo Rosehead, para hacerle pruebas de dataciones y no sé que más; nunca más se supo. Llamé a la empresa pero me dieron largas, así que voy a ir en persona cuando salga de aquí.

─Bien, pues vamos ─se autoinvitó. Se calzó su bolso al hombro, cogió su chaqueta del perchero y le hizo un gesto para que saliese.

─Esto es un caso de la policía, usted no puede venir.

─Pero me has pedido ayuda, ¿no?, pues venga, vamos ─Lara no supo bien qué hacer, pero acabó saliendo. ¿Qué estaba pasando con Álex?, su personalidad anulaba los dones de Lara.

Lara la siguió por aquel laberinto de pasillos, salieron de un edificio, entraron por otro, y por fin salieron del campus y se dirigieron al aparcamiento donde Álex aparcaba su coche, un viejo Renault Clio gris bastante polvoriento y chatarrero.

─Me tengo que subir, ¿en eso?

─Mi fiel Clio, confía en él, aquí donde lo ves es fiable ─dijo dándole unos golpecitos al capó.

Lara se subió al cacharro con ciertas reservas y se ató muy bien el cinturón de seguridad, no quería salir disparada en el accidente que seguro que tendrían, de hecho no sabía ni por qué había aceptado subirse a esa tartana.

Le costó arrancar, y una vez lo hizo, Álex salió de la plaza marcha atrás a toda leche, pegaba dos volantazos y salía a toda prisa de la Universidad. Conducía como una posesa, dando volantazos por las calles de Barcelona y excediendo la velocidad más de lo que debería. Lara iba agarrada a la maneta de la puerta y apretaba con los pies un pedal de freno imaginario. Al parecer a Álex no le intimidaba que su copiloto fuese policía. En la radio sonaba Killed by Death, de Motörhead, nada mejor para la ocasión.

En cuestión de 40 minutos habían llegado al edificio de Sphynxum, ubicado en las afueras de una ciudad aledaña a Barcelona, en una zona claramente destinada a la nada. Aparcaron el vehículo en una explanada de tierra. Aquel edificio destacaba demasiado en aquella zona de descampado y bosques, parecía haberse fabricado en otro sitio y haberse llevado allí de la mano de un gigante. Era enorme, de esos modernos con formas redondeadas y sin apenas columnas en su interior. Entraron al hall, que más bien parecía el de un hotel de lujo. Fueron a recepción y preguntaron por el responsable de Sphynxum. La señorita que la atendía detrás de un gran mostrador de mármol era un clon de las otras tres chicas que compartían recepción, todas jóvenes, guapas, muy maquilladas y repeinadas, vestidas igual, con una faldita de tubo por encima de las rodillas y blusa blanca ajustada sin botones en la parte superior, lo que dejaba entrever el generoso escote operado que todas lucían.

─Hola, vengo a ver al jefe de esto ─dijo Lara con el dedo índice hacia arriba moviéndolo en círculos.

─¿Tiene cita?

─No.

─Pues me temo que no va a ser posible, además, raramente damos cita con el jefe de «todo esto» ─dijo la recepcionista con retintín imitando el gesto que Lara había hecho. Se puso roja de ira.

─Mira, no estoy para tonterías, guapa ─dijo Lara mostrándole la placa de policía ─Ya estás avisando a quien sea para que nos reciba por las buenas o por las malas, ¿me has entendido? ─a la recepcionista le cambió la cara, hizo una llamada y enseguida dijo *«Planta 12, despacho 7, el Sr. Isaac Garay les espera»*.

Se dirigieron a los ascensores sin ni siquiera despedirse de la recepcionista graciosa.

─¿Por las buenas o por las malas?, ¿qué hubieras hecho si no llega a colaborar? ─dijo Álex con sorna.

─Bah, estas mamarrachas se acojonan en cuanto les enseño la placa y me pongo dura.

─Ya veo, Harry la sucia.

Mientras esperaban al ascensor su imagen se reflejaba en la puerta metálica. A Lara le hizo gracias porque ambas salían deformadas, estiradas y cabezonas; parecían aliens.

Subieron a la planta 12 en un ascensor muy espacioso, de madera de caoba con láminas doradas y un espejo impoluto, con hilo musical a volumen suave y pantalla digital de 10 pulgadas con información de las plantas y el tiempo meteorológico en la parte inferior. Cuando llegaron a la planta 12, apenas notaron la frenada. Se dirigieron al despacho 7 por aquellos pasillos enmoquetados, con mesitas con flores a los lados, picaron a la puerta de cristal velado y a los pocos segundos, una señorita abrió y las invitó a pasar a un descansillo.

─Pasen, por favor, el Sr. Garay les está esperando, ¿les apetece tomar algo?

─No, gracias.

La secretaria les recogió bolsos y chaquetas y las dejó en un perchero de diseño a la vez que levantaba el brazo hacia el interior a modo de invitación a entrar. Cambiaron el descansillo por el despacho, *«esto es más grande que mi piso»* pensó Álex, y Lara pensó lo mismo.

─Buenos días señoritas, pónganse cómodas ─dijo Isaac Garay señalando un gran sofá de terciopelo granate ─¿en qué puedo ayudarlas?

─Pues verá ─empezó sécamente Lara, que fue cortada por Álex.

─Verá Sr. Garay.

─Oh, pueden llamarme Isaac.

Lara se fijó en lo caro que debía ser su traje y en que tenía una manicura que ni ella misma se había hecho jamás. Sus dotes de sabueso hicieron que se fijara en el entorno. Ventanas que no podían abrirse, una mesa de diseño italiano, seguramente de madera de Nogal, Olmo o Roble. La parte superior estaba muy diáfano, solo había un portátil, un bloc encuadernado en negro y un pluma de escritorio Montblanc 149 con un soporte adherido al capuchón. Lara no sabía su precio pero sabía que podía superar los mil euros.

─Verá Isaac, mi nombre es Álex Moruzzi, soy profesora jefe de arqueología de la Universidad de Barcelona. Hace poco más de una semana, un colega, el profesor Alfonso Torroella, les trajo una pieza de un yacimiento cerca de Olot. La pieza estaba identificada como 3ac. Lo cierto es que no sabemos nada de ella, y queremos poder seguir estudiándola.

─Alfonso Torroella, si, lo conozco, nos trae muchos objetos, somos una empresa colaboradora de su departamento, nos trae piezas para datarlas, verificarlas mediante sofisticadas pruebas, ya sabe. Pero el caso es que hace tiempo que no nos trae nada.

─No es lo que dice el personal del yacimiento, Sr. Garay ─dijo Lara con su habitual tono.

─Pues, que quiere que le diga, no me consta, pero espere que lo reviso.

Estuvo tecleando un rato en su ordenador poniendo cara de circunstancias. Lara creía que estaba haciendo paripé. Garay cogió el teléfono e hizo una llamada.

─Hola, Maite, soy Isaac Garay, mira, tengo una duda sobre una pieza que trajo Alfonso Torroella hará algo más de una semana. Es que no aparece en el sistema, ¿sabes algo?, ajá... si...si, claro, y en almacén también, pero no hay nada... si....mira, hazme un favor, ponte con esto y dime algo en cuanto sepas algo... si, bien, adiós. ─colgó el teléfono ─he dado orden para que averigüen qué ha pasado. Somos una empresa líder en el sector desde hace más de 60 años, no cometemos errores, pero aun así, lo averiguaré para ustedes ─decía con voz displicente, casi condescendiente que a Lara le irritó.

Le dio mala espina, *«este pájaro sabe más que habla»*, y dio un ligero e imperceptible rodillazo a Álex. Para hacer tiempo, Isaac empezó a divagar.

─La arqueología es un mundo excitante, ¿no les parece?

─Claro, qué le voy a contar yo.

─Claro, ¿y usted, inspectora Gámez?

─La verdad es que yo solo veo piedras y antiguallas.

─Oh, no, es mucho más que eso, es historia, nuestra historia. ¿Sabía usted que gracias a personas como la señorita Moruzzi la historia ha sido reescrita muchas veces? ─Lara pensó en por qué a ella le llamaba Inspectora y en cambio a Álex, señorita, en vez de profesora. *«Está claro que me has clichado a mi igual que yo a ti, cabronazo»* pensó. ─Cuando una nueva excavación deja al descubierto civilizaciones mil años antes de lo que se creía, se reescribe la historia, por eso los arqueólogos están por encima de los historiadores, aunque a ellos esto no les guste.

─Cierto, pero al final, todos nos apoyamos en todos, es un trabajo conjunto ─convino Álex. Una llamada les interrumpió. Isaac levantó un dedo en señal de espera y respondió.

─Si, hola Maite... nada... ya... si, si, si, tranquila, es lo que sospechaba... ajá... evidentemente.... gracias Maite, adiós. ─colgó. ─Pues nada, no hay registros ni siquiera anulaciones o eliminaciones por error de ninguna entrada que tenga que ver con Alfonso Torroella desde hace menos de dos meses, lo siento señoritas, ¿puedo ayudarles en algo más?.

─Todo esto es muy extraño ─ladró Lara.

─Oh, no, gracias Isaac.

─No hay de qué, les dejo mi tarjeta ─Álex la cogió y Lara se la arrebató de las manos. Era negra con letras doradas, plastificada y de cierto grosor, lo que indicaba su calidad ─Si no hay nada más, Mireia, por favor, acompaña a las señoritas.

Mireia, la secretaria, entró enseguida al despacho, parecía que estuviera preparada para la llamada de su jefe. Se presentó solícita y las acompañó al descansillo donde les entregó las chaquetas y los bolsos. El último en entregar fue el de Lara, al que abrió ligeramente la cremallera y deslizó una nota delante de la propia Lara. Las acompañó a la puerta y las despidió.

Recorrieron el pasillo en silencio hasta el ascensor, bajaron al hall y salieron del edificio, dirigiéndose a la explanada donde habían aparcado el coche. Una vez dentro, Lara sacó la nota con los dedos índice y corazón, a modo de pinza, y apuntando hacia el techo del Clio, se lo enseñó a Álex.

─¡Mira lo que tengo!

─¿Qué es eso?

─Me la ha pasado la secretaria esa estirada.

─Es una nota, ¿qué pone?

─«No crean nada, llámenme» y un número de teléfono. Sabía que ese Garay escondía algo, es que no se me escapa ni uno.

─Si, tienes un don, pero oye, eres muy brusca a veces, has de ganarte a la gente y sacarás mucho más de ellos.

─¿Ahora también eres experta en criminología?

─Jajajaja, que va, ¿y ahora qué hacemos?.

─¿Qué hacemos?, perdona, dirás qué hago, aquí la policía soy yo.

─Oh, claro. Venga, te dejo donde quieras.

─Llévame a la comisaría si no es molestia.

─Nada, mujer, bajo la bandera del taxímetro y arreglado.

─Anda, tira.

Se pusieron en marcha, y de nuevo Lara pisaba un freno imaginario. El Clio cada vez iba más rápido. Lara pensó que ya se estaba pasando de la raya. Esta vez tenía motivos, el coche dio un bandazo y se saltó un Stop.

─¡Mierda, no frena!

─¿Cómo que no frena?, no me tomes el pelo que no estoy para tonterías.

─¡Que no frena, ostias! ─Álex intentó reducir la velocidad sin éxito.

Las curvas de la carretera cada vez eran más difíciles de tomar. Sobrepasó una, dos, hasta que en una de 90 grados se despeñaron por un terraplén.

Capítulo 6. Personas non gratas

El sonido de la megafonía y de ajetreo la despertó aturdida, veía borroso y de repente notó un fuerte dolor de cabeza, *«vaya juerga debí de meterme anoche»* pensaba Lara, pero pronto se dio cuenta de que no estaba en su habitación ni en ninguna que conociera. Otra vez esa megafonía «Doctor Balsareny, posis en contacte amb urgències, Doctor Balsareny». La duda pasó por la mente de Lara, *«¿Doctor Balsareny?, ¿urgencias?, ¡pero donde coño estoy!»*. El brazo le dolía, se lo miró y vio que tenía un catéter por donde se le administraba suero. Miró a su alrededor, luego se miró a sí misma, *«Hospital de la Vall d'Hebrón, ¡no me jodas!»* se estiró intentando llegar al timbre y tiró la mesita de mayo que tenía delante. Enseguida entró un policía con la mano en su pistola.

─Inspectora Gámez, ¿está usted bien?

─¿A ti que te parece?, ¡Qué cojones hago aquí! ─sin duda era ella misma.

─¿No lo recuerda?

─¿Te lo iba a estar preguntando si recordara algo? ─un flash le pasó por la cabeza.

─Ha tenido un accidente de tráfico ─Lara empezó a recordar ─nos han dicho que hagamos guardia.

─¿¡Cómo está Álex!?

─Bien, bien, el doctor acaba de estar con ella, le ha dado el alta, mi compañero está con ella ─Lara sintió alivio.

─Venga, pues, tengo mucho trabajo ─empezó a arrancarse el catéter, la pulsera identificativa, y se levantó de la cama de un salto. Una fuerte punzada de dolor le recorrió el cuerpo desde los pies a la cabeza. Se apoyó en la cama para no caerse y se dio cuenta de que estaba desnuda, solo llevaba puesto el típico camisón de hospital abierto por detrás que no tapa nada. Miró al policía que custodiaba la entrada. Este la miraba con la boca abierta.

─¿Te gusta lo que ves, pedazo de guarro? ─dijo Lara a la vez que intentaba taparse.

─Per, perdone. No puede levantarse, el doctor ha dicho que ─dijo, ya de espaldas.

─Me suda el fafarique lo que diga el doctor, me las piro.

Con tanto alboroto apareció una enfermera, rubia, entrada en años, con cara de pocos amigos.

─¿Qué está pasando aquí?

─Que me piro, vampiro ─dijo mientras iba al armario a buscar su ropa. Cojeaba de una pierna y tenía laceraciones por todo el cuerpo.

─¡JA!, de eso nada, usted se va a acostar y se va a portar bien ─La enfermera era de armas tomar. Lara se la quedó mirando incrédula. Se preveía un choque de trenes.

─Mira, como te llames, soy la inspectora Gámez, aquí la que retiene soy yo, así que ya te estás apartando que me voy.

─No, mira tú, yo soy la enfermera Alsina, y aquí la que manda soy yo, así que te metes en la cama, no me obligues a tener que hacerlo por las malas ─Lara no daba crédito, iba a responder cuando en ese momento apareció Álex, con su media sonrisa. Llevaba un brazo en cabestrillo y la cara llena de magulladuras.

─¿Dónde habré oído eso de las malas? ─Lara la miró y se alegró de verla.

─Esta, que se cree que manda.

─Es que aquí mando yo, por muy policía que tu seas.

─Lara, tiene razón, espera al menos a que pase el médico, voy a buscarlo.

─Pero ─Álex ya se había ido.

Al cabo de un rato apareció con un doctor. La auscultó, le miró las pupilas con una linternita que tenía en el bolsillo de la bata, atestado de bolígrafos, le miró los reflejos con un martillo de goma y después se la quedó mirando unos segundos.

─Enfermera, tómele las constantes.

Alsina cogió el aparato y le tomó de mala gana las constantes. La tensión entre ellas podía cortarse con un cuchillo.

─Tensión 116/74, frecuencia cardíaca 70, saturación 99 y temperatura 36,2

─Bien. Mire inspectora Gálvez.

─Inspectora Gámez.

─Perdone, inspectora Gámez. La voy a mandar a casa con unas recomendaciones que espero que siga al pie de la letra ─detrás de ellos, en la puerta donde esperaba Álex, se escuchó un «pffff».

─Sí, lo que usted diga, doctor González ─dijo mal a posta mirando su nombre en la ficha identificativa que colgaba de su bolsillo de la bata. Era Martínez. El doctor lo pasó por alto.

─Usted misma, ya es grandecita, pero se juega la vida, ¿sabe? ─dijo la enfermera. Lara la miró con cara de asco.

─Mira bonita, la vida me la juego yo cada día que salgo a la calle, ¿entiendes?

─Con gente así no se puede razonar, haga lo que le dé la gana ─dijo Alsina mientras abandonaba la habitación. Álex le dio las gracias ─¡A ver si aprende modales de su amiga! ─dijo la enfermera ya desde el pasillo. Lara hizo ademán de levantarse para ir a por ella, pero Álex, que ya había entrado en la estrecha habitación, se puso delante y le sonrió.

─¿Qué te dije de tratar a la gente con brusquedad? ─sonrió.

─Esa tía es imbécil. Anda, vámonos. Y tu, ¿me vas a ayudar o qué? ─dijo Lara increpando al policía, que corrió solícito a sacar sus cosas del armario.

Por la tarde, pese a la insistencia de Álex por que no lo hiciera, Lara quiso ir a la comisaria. Fueron ambas, Lara porque era cabezota, y Álex para vigilarla. Había recibido un impacto craneal muy fuerte, y pese a que la TAC había salido bien, debían pasar al menos 24 horas sin ningún síntoma sospechoso, así que hizo caso al doctor y no la dejó sola ese día.

En comisaría fue a la mesa del compañero Matías.

─Vaya, Lara, veo que te has escapado del hospital.

─Que va, me han dejado salir.

─Ya, por algo será ─Matías conocía a Lara desde hacía muchos años, habían patrullado juntos.

─¿Tu también?, va corta el rollo. Me han dicho que tienes algo.

─Si, el manguito de los frenos estaba cortado, y el cable del freno de mano también.

─¡Me cago en la puta! ─dijo Lara dando un puñetazo en la mesa ─Vamos por buen camino.

─Espera, ¿qué?, han intentado matarnos ¿y a ti te hace gracia? ─Lara miró algo descolocada a Álex, no recordaba que estaba allí.

─Bueno, si, eso significa que hemos puesto el dedo en la llaga, además, estamos vivas, ¿no?

─Pero podríamos no estarlo y.

─Pero lo estamos, anda, tómate un café, aquí el caballero me vigila por ti un rato. ¡Marcos!, acompaña a Álex a la cafetera, pero a la buena, la de nuestra sala de ocio, no la de los civiles ─le espetó Lara a un policía que pasaba por allí. Cuando se aseguró de que se hubiera ido continuó la conversación.

─Así que van a por nosotras.

─Si Lara, esto es serio, no sé a quien le habéis, rectifico, le has tocado los huevos, pero se ha enfadado mucho.

─¿Si?, pues ese a mí no me ha conocido enfadada, lo voy a empurar.

─Laaaara, piensa las cosas antes de hacer nada.

─Si, eso, piensa las cosas ─dijo el comisario, que se acercaba ─Voy a asignarte ayuda, has tocado hueso. Ah, y te pongo vigilancia también, a ti y a tu nueva amiga, que no sé cómo te aguanta.

─Nos conocimos hace poco, pobrecita ─dijo divertida.

─Mira Lara, eres buena, qué digo, eres la puta ama de aquí, pero no infravalores a nadie. Este caso que llevas entre manos es duro de roer, voy a asignar efectivos. El comisario general me va a matar, pero es lo que hay.

─Ya estamos Rubén y yo, la verdad es que avanzamos.

─No avanzáis una mierda, estáis igual que hace casi dos semanas. Y mírate, ¡si apenas duermes!

─Pero.

─No hay peros que valgan, es una orden.

─Si, mi comisario ─dijo a desgana mientras el comisario se retiraba y Matías, divertido, agitaba la mano en señal de «vaya bronca».

─Tiene razón Lara, no avanzáis, necesitas un equipo.

─Trabajo mejor sola, lo sabes.

─Si, con delincuencia de tres al cuarto, pero este caso tiene muchas piezas y habéis inquietado a alguien importante. Quédate las partes importantes y deja el resto al equipo.

─Puede que tengas razón, viejo zorro, que bien me conoces.

─Mejor que tú. Oye, la chica esa que ha venido contigo, ¿tiene novio?

─¡Ni lo sueñes!, ¿se sabe algo más del sabotaje?

─Aun no, hemos pedido las grabaciones de las cámaras de seguridad de los alrededores, a ver que nos dicen ─En ese momento apareció Álex.

─En cuanto sepas algo me avisas, me voy a descansar.

─Adiós Lara, adiós, eh.

─Álex, me llamo Álex.

─Un placer, Álex ─dijo Matías con cara de tonto.

Salieron del despacho hacia las escaleras.

─¿Que te ha dicho?

─Nada, que aun no saben nada, pero están en ello.

─Estoy preocupada.

─Oh, no lo estés, nos va a poner vigilancia, ¿sabes? ─dijo Lara dándole un empujoncito con su hombro. Álex sonrió.

─Vale, vamos a mi casa, te tengo que vigilar por orden médica.

─De eso nada.

─Ponte como quieras, además, así nos podrán vigilar mejor.

─Te vienes tú a mi casa, allí tengo todo, tengo que intentar averiguar qué se me escapa.

─Vale, como quieras, cabezota.

Fueron a su casa. Lara apartó un poco la cortina de la ventana para enseñarle a Álex el coche patrulla que había abajo en la calle, lo que le dio seguridad. Álex le hizo las curas de las magulladuras que tenía Lara, lo que hizo que se sintiera extraña, nadie le había cuidado así desde que era pequeña y su madre le ponía mercromina y tiritas en las rodillas cuando se hacía daño. Esa sensación le gustó y deseó que nunca terminara.

***

─La verdad ha sido protegida.

─Perfecto, daré parte al resto de la organización.

─Señor, yo quería, bueno decirle que.

─Lo se, pero es necesario, debemos honrar a sus descubridores, aunque sean hostiles a la verdad.

─Lo sabemos, pero dejamos pistas evidentes, tarde o temprano.

─Tranquilizaos, seguiremos con la tradición ancestral, no os preocupéis por nada, todo está bajo control.

─¡Bien, señor!

─Sub hoc signo vinces.

─Sub hoc signo vinces.

A la mañana siguiente, a más de 700 kms en el yacimiento de Llonín, Asturias, aparecía enterrado bajo piedras otro arqueólogo.

Capítulo 7. Stonehenge

César Marín estaba pletórico, la prueba había sido todo un éxito. Ahora podrían conseguir lo inimaginable, poder viajar a las ruinas de Karahan Tepe para presenciar el culto al cráneo, averiguar realmente para qué usaban la estructura laberíntica minoica de 8 anillos en Creta o esclarecer el extraño caso de la tumba del soldado alemán hallado en Tuchola, Polonia, rodeado de herramientas de piedra mesolíticas, cerámica neolítica de la cultura de las ánforas globulares y monedas romanas y bizantinas. Pero lo primero que César tenía en mente resolver era el misterio de Stonehenge, algo que desde bien joven lo tenía obsesionado.

Sobre el monumento, situado en el condado de Wiltshire, Inglaterra, se había dicho de todo: que era un templo donde se celebraban ceremonias religiosas de culto a los muertos y a la vida, que se utilizaba como observatorio astronómico, que servía para predecir las estaciones o incluso que era una especie de calendario. Todas esas hipótesis tenían sentido, pero César quería averiguar realmente cómo se edificó y para que se utilizaba.

Preparó la máquina y envió a Arnau, que ya era considerado un héroe. La misión tenía dos fases, la primera, averiguar cómo se construyó, y la segunda, para qué se utilizaba.

Así pues, prepararon las fechas y calcularon la hoja de ruta. Primero se desplazaría 5.100 años atrás, fecha en la que se dató mediante radiocarbono el foso y los montículos del monumento. La siguiente fecha sería entre el 2400 y el 2200 a. C, fecha de la datación de la primera piedra azul que fue erigida. Se hicieron las comprobaciones protocolarias y se lanzó al pasado.

La «nave del tiempo» como empezó a llamarla Arnau llegó a la fecha de la hoja de ruta. Cómo se había previsto, las fechas siempre se miden en rangos, así que, siguiendo la hoja de ruta, ajustó los años, ya que allí no había nada. Se ajustó a 4.392, fecha en la que empezaron las excavaciones.

El monumento lo iniciaron las comunidades agrícolas neolíticas y la continuarían las diferentes tribus, cada una en una etapa de construcción.

Los agricultores comenzaron a construir un terraplén y a cavar un foso circular de unos 110 metros de diámetro. Arnau no daba crédito, era impresionante, estaba viendo gente de hacía más de 4.000 años, gente muerta y esfumada de la Tierra hacía mucho, allí, colaborando unos con otros. Una fina lluvia empezó a caer, resbalando por la burbuja de plasma y dando al marco un ambiente sobrecogedor. Se le humedecieron los ojos.

Todo estaba siendo grabado para la posteridad, tanto imagen como audio, gracias a los sensores de la nave del tiempo. Como si de una película se tratara, Arnau aceleró el tiempo, llegando a la fase de establecimiento de los grandes bloques de piedra, traídos a la ladera mediante rodillos hechos con troncos recortados y lijados, humedeciendo el terreno para endurecer la tierra.

Las piedras eran traídas de Marlborough Downs, a unos 32 kilómetros del lugar, con una altura de 4,30 metros y un peso aproximado de entre 25 a 30 toneladas. Para levantarlos, lo primero que se hacía era cavar un hoyo al que se le ponía una rampa untada con grasa animal para facilitar el desplazamiento de la piedra. Los bloques de piedra se ponían sobre la rampa mediante palancas y esfuerzo humano y las dejaban resbalar por ella. Posteriormente, con cuerdas y palancas se tiraban de ellos hasta que quedaban colocados verticalmente.

Volvió a acelerar el tiempo hasta hace 2.240, a la fase de elevación de los bloques horizontales. A cada bloque o conjunto de bloques se le hizo una larga rampa de tierra y piedras, a la que después aplanaron mediante presión y humedecieron para compactar la tierra. Los dinteles fueron subirlos encima de los bloques de piedras sirviéndose de estas rampas. Para dar estabilidad a la obra, se emplearon técnicas de ensamblaje.

Arnau no perdía detalle. Aun no era consciente del privilegio que tenía delante, era algo que lo superaba.

Por último, avanzó unos años para ver la fase final, la colocación de las piedras azules, llamadas así por el color azul que presentan cuando se mojan o se acaban de romper, y la Piedra del Altar, la piedra Talón y la Piedra del Sacrificio, todas de Preseli Hills, Pembrokeshire, en Gales, arrastradas por los glaciares hasta lugares cercanos.

El monumento había sido terminado, y uno de los grandes descubrimientos es que nunca estuvo cubierto, como algunos historiadores afirmaban.

Arnau había dejado constancia de todo, tanto en video y audio como en grabaciones suyas con observaciones generales. Tocaba iniciar la segunda fase de la misión, averiguar realmente para qué era utilizado.

No sería correcto decir qu el monumento se mantuviera sin uso hasta haberlo terminado; se acercaban personas de los asentamientos cercanos para rezar a dioses paganos. Había quedado claro que cada jamba o bloque de piedra representaba a un ser celestial y aquellas gentes rezaban a unos u otros, o a todos a la vez. Y es cierto que también se dispusieron los bloques en conjunción con la luna y algunos astros que ya eran conocidos en aquella época. Pero la realidad fue más dura.

Entre los años 1918 y 1926 de nuestra era, se realizaron las primeras excavaciones en las que hallaron enterramientos de 58 individuos, mujeres y hombres, cuyos cadáveres habían sido quemados previamente. Dado el escaso número de entierros para un período tan largo, se estimó que no se trataba de un cementerio para la generalidad de los muertos sino para determinadas personas escogidas. Pero esa teoría estaba equivocada.

Arnau iba a ser testigo de las auténticas salvajadas que se iban a cometer en aquel lugar, porque la finalidad real de aquel monumento era la de hacer sacrificios a aquellos entes celestiales representados por los bloques, dos veces al año, uno para el solsticio de verano y otro para el solsticio de invierno. Con ello se apaciguaba a los seres celestiales para que las cosechas fueran abundantes.

Arnau fue testigo de la saña de aquellas personas. Se sacrificaba a un hombre y a una mujer. A ellos les horadaban la piel de varias partes de su cuerpo (brazos, piernas, orejas, párpados, lengua y pene) con instrumentos puntiagudos como punzones de hueso o pedernal y se les introducía hojas de las cosechas, como maíz, trigo, cebada, avena, lino y centeno. Antes de que se desangraran eran desollados y las tiras de piel colgadas en los bloques de piedra. Después se desmembraba el cuerpo y se repartían los trozos entre sus parientes para ser comidos.

En el caso de las mujeres, la víctima solía representar una deidad, y vestida como ella, era sacrificada, siendo degollada, y posteriormente, recogida la sangre en cuencos que luego se untaban por el cuerpo. Después, según los casos, era enterrada o consumida por los asistentes al ritual.

A veces los sacrificios eran guerreros de otras tribus capturados en las diversas guerras que tenían con ellos. A estos, después del ritual de horadar la piel, desollarlos y demás, se les untaba en grasa y debían arder durante la totalidad del periodo que durara el ritual.

Los asistentes, untados de sangre y con los estómagos llenos, iniciaban un baile ritual que los llevaba al éxtasis a través de alcohol y drogas tradicionales druidas hasta bien entrada el alba. El sexo salvaje era habitual, y en muchas ocasiones se cometían abusos a menores y asesinatos.

Arnau no pudo soportar aquello, estuvo a punto de vomitar, pero fue capaz de contenerse. Nubló la visión de la burbuja y apagó los altavoces de la unidad de viaje. Todo se grababa pero Arnau ni lo veía ni lo escuchaba.

Cuando ya tuvo bastante volvió al hangar de lanzamiento, se bajó de la unidad y fue corriendo al servicio más cercano, donde ahora sí, echó hasta la primera papilla.

Los técnicos, que tenían monitorizado en todo momento a Arnau, enviaron a los médicos a revisar su estado de salud. A raíz de aquel suceso, se implantó un sistema remoto de regulación de constantes, equipando la máquina con sistemas médicos que administraban automáticamente medicación según el estado de ansiedad, tensiones disparadas, taquicardia, etc. Cuando lo llevaron a la enfermería, César fue a verlo.

─¿Cómo estás, hijo? ─preguntó César. Arnau no hacía buena cara.

─Lo que he visto allí, esas pobres chicas, aquellos hombres llenos de agujeros ─cerró los ojos fuertemente y giró la cabeza hacia el lado contrario a donde estaba César.

─Lo sé, he visto parte de la grabación, siento que hayas tenido que pasar por eso, pero así es nuestra historia, así somos nosotros.

─¡No, me niego a creer que somos así de salvajes!

─Hijo, rituales de ese tipo los ha habido por todo el mundo, desde los aztecas y mayas, hasta media África, pasando por los tupinambas en Brasil o la dinastía Yuan en China. Tómate tu tiempo, las cosas no serán así siempre.

─No pienso volver a usar la maldita nave del tiempo.

─Bueno, bueno, ya hablaremos de eso, tu está tranquilo y recupérate. No dudes en pedir cualquier cosa.

─En cuanto esté recuperado me iré.

─Ya lo hablaremos, no te preocupes.

César salió de la enfermería y se reunió con Angelo.

─El chico está roto, ya no nos vale ─Angelo asentía con la cabeza ─Quizá pecamos de ingenuos, es demasiado joven. Le buscaremos un sustituto. Cuando Arnau esté mejor volverá a su casa, así que ya sabes qué tienes que hacer, pero por favor, que no sufra, es un buen chaval.

Cuando Arnau se fue de Barnabots Technology nadie volvió a verlo nunca más. Una noche Angelo se presentó en Barnabots Technology con alguien, había encontrado un perfil ideal para el puesto. Era un tipo que César ya conocía de cuando tuvo que recurrir a él por un encargo comprometido. Algo insensible, solía frecuentar los bajos fondos de la ciudad, le gustaba mucho usar su navaja toledana de muelles de 21 cms. Pese a su aspecto rudo, casi mafioso de la camorra napolitana de los años 80, era una persona inteligente y muy cultivada. Su nombre era Tiago Pereira.

─Volvemos a vernos.

─Que vueltas da la vida, ¿verdad?

─Te veo bien, pasa por aquí, tengo que enseñarte algo.

Entraron a la sala de ordenadores, recuperaron la grabación de Stonehenge y se la enseñó a Tiago, que no hizo ni una sola mueca. Aquello no iba a ser un problema para él.

Capítulo 8. Una historia increíble

Lara llamó al número de la nota que Mireia había deslizado en su bolso el día de la visita a Sphynxum. Se puso un hombre de acento extraño, que parecía ruso.

─¿Quien llama?

─¿Hola?, mi nombre es Lara Gámez, busco a una chica que se llama Mireia ─no dijo que era inspectora de policía.

─¿Mirreya, qué Mirreya?, aquí no hay Mirreya ─decía el hombre marcando mucho las erres.

─Ella misma me dio este número, ¿seguro que no sabe quien es?

─¿Cómo quierre que yo sepa?

─Lo siento, perdone.

Colgó, quizá se había equivocado al marcar, así que lo volvió a intentar.

─¿Otrra ves tu, señorrita?

─Oiga, busco a Mireia, es una chica joven, morena, de ojos grandes, ¿seguro que no la conoce?

─A verrr señorrita, ¿algún reloj marca la hora al revés?, no, ¿verdad?, pues igual yo no conoce a Mirreya. No moleste más, o llamo policía, ¿sabe?

─¿Cual es su nombre?

─Si honvrre, a ti yo dar nombrre. Mira, yo ahorra ocupado, pero si quierres yo llamo luego y podemos verrnos sobre las nueve, tienes voz prreciosa, yo hacerte cosas que no creerrás, y después querrás más, jajajajaja, ¡davayyyyy!.

─¡Vete a la mierda, pedazo de cerdo!

Colgó con fuerza el teléfono fijo de la habitación. En ese momento aparecía Álex, que había hecho el desayuno.

─¿Haciendo amigos?, anda, vamos a desayunar.

─Menudo imbécil. He llamado al número que me dio la secretaria de Garay, Mireia.

─Ah, si, ¿y que tal?

─¿Que tal?, pues se me ha puesto un ruso maleducado que me ha hecho propuestas deshonestas, el cerdo.

─No te conoce, eso está claro ─dijo Álex con guasa ─¿qué te ha dicho, a parte de declara su amor por tíi

─Qué graciosa estás hoy, ¿no?. A parte de decirme que me iba a hacer nosequé y que querría más, no me ha dicho nada, no conoce a Mireia.

─Qué extraño, ¿para que te iba a dar el número de un ruso salido?

─Igual se equivocó al apuntarlo.

─¿Cuantas veces te equivocas tú cuando das tu número a alguien?

─Mmmm ─se quedó pensativa. Su mente analítica analizó las palabras del ruso. Le daba vueltas pero no encontraba relación.

─¿En qué piensas?

─Pienso en que, ¡espera! ─levantó el dedo en señal de espera y se quedó pensativa unos instantes ─pienso en que si tu me quisieras decir algo pero el entorno no fuese favorable hasta el punto de habernos intentado matar, tomarías todas las precauciones posibles, y entonces ─hizo otra pausa con el dedo levantado ─Joder, tengo algo pero no tengo nada.

─A ver, ¿qué te ha dicho el ruso exactamente?

─Que no conoce a Mirreya, algo de un reloj que da la hora al revés y que podíamos vernos a las nueve para hacerme cosas guarras y que querría más, y.

─¡Espera!, eso es.

─El qué.

─El reloj que marca la hora al revés, el reloj de la Plaça de Sant Jaume, que contaba el tiempo en sentido contrario, simbolizando una inversión de la realidad durante la dictadura de Franco representando el retroceso simbólico del tiempo en ese período histórico.

─¡No me jodas! ─le dio un gran beso en la mejilla y Álex se sorprendió ─¿cómo coño sabes eso?

─Lo sabe mucha gente.

─¡Las nueve! dijo Lara a gritos ─eso es, ¡me ha dado una localización y una hora!

─Si, parece que sí. Pero ¿y si es coincidencia y el ruso ese te secuestra y te hace cosas de las que luego querrás más? ─le preguntó con ironía Álex, dándole un codazo.

─Qué asco, anda calla, no creo en las coincidencias. A ver ─dijo Lara mirando el reloj, eran las ocho y diez ─Mierda, no llegamos.

─¿No podemos usar el coche patrulla de abajo?

─Mmmm, si, quizás nos puedan acercar a una distancia prudencial con las sirenas, luego ya el resto lo hacemos a pie. Buena idea.

Acabaron el desayuno a trancas y bajaron al coche patrulla. Los agentes fueron reacios a su petición, no estaban allí para hacer de chofer, pero a Lara pocas cosas se le resisten, y al final subieron al coche, pusieron las sirenas y en 20 minutos estaban cerca. Apagaron las sirenas y continuaron así unos metros Via Laietana abajo. Pararon en la plaza de Ramón Berenger, bajaron y siguieron a pie hasta la plaza del Ángel. Subieron por la calle de Jaume I, estrecha y atestada de turistas, hasta la plaza Sant Jaume. Esta vez Lara había llegado puntual.

Miraron alrededor pero solo vieron turistas y algunos hombres trajeados que salían o entraban a los dos edificios importantes que están uno frente al otro en esa plaza, el Ajuntament y la Generalitat. Estuvieron un buen rato mirando alrededor con disimulo. Se les acercó una pareja de turistas. Parecían yankis, ella rubia de ojos claros y piel blanca; él alto y regordete, con las mejillas rojas.

─Please, could you take a photo?

─¿Perdón?, es que no.

─Ouh, sorry, si poede hacer fouto

─Oh si, claro.

Lara cogió la cámara mientras la pareja de turistas posaba delante del edificio del Ajuntament en la típica pose con los dedos en V y sacando la lengua. Cuando fue a mirar por el visor, no vio la imagen de la cámara, si no una imagen de fondo anaranjado con letras negras que ponía «XMPP germinal@hook.im». Lara entendió, memorizó aquellas palabras, hizo como que hacía la foto y les devolvió la cámara.

─Thank youuuuu ─dijeron al unísono, alejándose, marcando mucho la «u» después de hacer como que verificaban la foto.

─Venga Álex, vámonos

─Pero.

─Venga, vámonos.

─No entiendo nada.

Entraron al edificio del Ajuntament, se identificó como policía y una vez allí bajaron a la salida de atrás, por donde salen los coches de la guardia urbana, y pidieron que les llevaran a comisaría. Salieron sin ser vistas.

Una vez en comisaría, Lara se puso en su ordenador y miró qué coño era eso de XMPP. Vio que era un sistema de mensajería descentralizado que funcionaba mediante cuentas, similar a como lo hace el correo electrónico. Recordó la dirección, germinal@hook.im, y llegó a la conclusión de que tenía que abrirse cuenta allí. Puso en el buscador hook.im y le llevó a un sitio de registro, pulsó en «create account» y se abrió cuenta como debla@hook.im.

─¿Debla?

─Si, la perrita grifona que tuve de niña. ¿Y ahora qué hago con esto?

Buscó por internet cómo conectarse y descargó Kaidan, la instaló y añadió a contactos a germinal, a la que envió un mensaje. A los pocos segundos obtuvo respuesta.

─Hola.

─Hola.

─¿Mireia?

─Soy Germinal, os estáis metiendo en algo muy gordo, no hurgueis más o acabaréis mal.

─Dinos en qué nos estamos metiendo.

─No sé hasta donde llega, pero sí sé que es un organización muy poderosa a nivel mundial, que extiende sus tentáculos hasta el tuétano de los Estados en todo el mundo.

─¿Cómo se llama la organización?

─Es una hermandad, un conglomerado de empresas multinacionales, están en todo, desde universidades a gabinetes políticos, fuerzas de seguridad, inteligencia, sistema judicial.

─Buscamos una pieza perdida que se encontró en un yacimiento por la cual murió una persona.

─Si, Alfonso Torroella. Descubrió parte de un códice muy importante que no debe caer en las manos equivocadas.

─¿Donde está?

─Lo tiene Isaac Garay.

─¡Lo sabía!, puto mamarracho condescendiente. ¿Por qué es tan importante ese códice?

─Es un fragmento de un manuscrito en griego antiguo. En él puede leerse una verdad muy dolorosa para el cristianismo que ha de saberse y que removerá sus cimientos hasta hacerlo caer. Pero algunos se empeñan en ocultarlo.

─¿Otra?, vaya con el cristianismo.

─¿Qué quieres decir con otra?

─Bueno, yo que sé, los manuscritos del mar muerto, los textos apócrifos esos, no sé.

─Eso no tiene nada que ver, ¿eres creyente?

─No, la verdad.

─Pues igual tienes suerte. Cuando esto se revele, se le caerá la careta de la falsedad a la Iglesia y todo el daño que han hecho durante siglos.

─No creo que eso sea demasiado bueno, puede conllevar a un cataclismo social, pero bueno, de peores ha salido victoriosa la Iglesia. ¿qué pone en el códice ese? ─Lara no estaba dando demasiada credibilidad a ese loco, o loca.

─Voy a ponerte en antecedentes: Siempre se ha dicho que lo más probable es que los apóstoles fueran analfabetos, ya que eran campesinos y gente como ellos no tenía acceso a la escritura, y mucho menos la capacidad de aprender griego. Lo más probable es que difundieran el evangelio oralmente, y fueron sus seguidores quienes empezaron a escribirlo en papiro entre 40 a 60 años después.

─Si, vale, te sigo.

─Ciertamente, algunos miembros del consejo rector de Judea señalaron que Pedro y Juan eran «ἀγράμματοι», 'agrammotoi' o «no escolarizados» (Hechos 4:13). Pero tal palabra no necesariamente implica que Pedro y Juan eran analfabetos. En el contexto del concilio judío, 'agrammatos' significaba «no capacitados en la ley judía». Los miembros del concilio simplemente señalaban que Pedro y Juan no habían sido educados como rabinos, ¿bien?

─Ehmm, si, si, lo pillo, sigue.

─Es incorrecto asumir que los judíos de a pie en la época de Jesús no tenían educación pues le daban un gran valor, se tomaban muy en serio los mandamientos de la Torá desde bien pequeños. Por lo tanto, la alfabetización entre los judíos del primer siglo era realmente muy alta, a pesar de la categoría de la ocupación de cada hombre. Así que es erróneo suponer que los carpinteros y pescadores probablemente no habían recibido educación antes de comenzar a aprender en sus respectivos oficios en la adolescencia.

Lara esperó unos segundos. El programa marcaba que Germinal ya no seguía escribiendo y le dio pie a que siguiera.

─Bien, entonces me dices que no eran analfabetos y sabían escribir, bien.

─Exacto.

─Pero una cosa, el texto está en griego, y esa gente supongo que hablaban en judío o como se diga, ¿no? ─Álex echó a Lara del teclado y se puso ella.

─Hola, soy Álex, estuve con.

─No demos nombres, sé quien eres.

─Perdón, sigue, por favor.

─Si ves que todo esto es un tostón y te pierdes, dímelo. No va por ti.

─¿Cómo que no va por ti, que quiere decir con eso?, ¿va por mi? ─Lara, de pie al lado de Álex, se ofendió. Álex sonrió.

─De acuerdo, sigue.

─En el siglo I se hablaban en Palestina, Galilea, Judea y Samaria cuatro idiomas: el hebreo, el arameo, el griego y el latín, que era la lengua de los dominadores y la usaban casi exclusivamente los oficiales romanos entre ellos. Por esto, el latín se hablaba en los lugares del poder y no lo hablaba la mayor parte de la gente ni se enseñaba en las escuelas, probablemente Jesús ni estudió ni habló latín habitualmente.

»En cambio el griego era un idioma bastante extendido. El judaísmo helenístico se hablaba en más de la mitad de Galilea, sobre todo en las ciudades importantes, Incluso en Jerusalén. En judea entre el 10% y el 15% de la población hablaba griego habitualmente, incluso la gente de Galilea lo hablarían también para comunicarse en los mercados o con sus clientes, si eran artesanos. Probablemente Jesús sabía griego y es posible que lo utilizara en alguna ocasión.

»Jesús hablaba arameo la mayor parte de los diálogos con sus discípulos. Aun así, también hablaba griego en sus numerosos viajes, como así lo hicieron los apóstoles después de su muerte. En escritos de la época hallados en excavaciones en Galilea, se encontraron legajos con una construcción sintáctica que reflejan unas palabras dichas originalmente en griego.

─Entiendo, es algo que los últimos estudios al respecto ya no contradicen. ─dijo Álex.

─Pues bien, el códice fue escrito por Jesús, y por ese escrito fue asesinado.

─Espera, ¿cómo?

─Jesús fue crucificado por sus ideas, sí, pero no por las que creemos. Cuando fue crucificado ya estaba muerto, alguien lo asesinó en su celda la noche anterior, lo mataron clavándole una punta de lanza. Es decir, la famosa herida de la lanza de Longino se produjo en la celda, por la noche y para matar a Jesús, no una vez crucificado como nos lo han vendido tantos años.

─¿Cómo sabes eso?

─Créeme, lo sé, la organización lo sabe, y de buena tinta. Ya les he dicho que esto va mucho más allá, no os podéis hacer ni una mínima idea.

Lara volvió a ponerse al teclado.

─Pongamos que me creo lo que has dicho, ¿de qué va el códice?

─Es un manuscrito del propio Jesús declarando la nueva fe como una farsa que ya no podía seguir alimentando por más tiempo. Lo que empezó como un experimento sociológico se le fue de las manos. En una reunión con sus compañeros, la noche llamada La última cena, entre los que estaba el apóstol número 13, María de Magdala, se sinceró, y esto no agradó a ninguno de ellos, que se sintieron engañados, traicionados. Entre los que más inquina hubo, Judas Iscariote hizo un acuerdo con los sumos sacerdotes judíos para traicionar a Jesús y continuar ellos con aquella fe aunque fuese una farsa. Pero no habían entendido nada, y no fue hasta 60 años más tarde que algunos seguidores de los apóstoles empezaron a transscribir lo que cada cual entendió o interpretó.

Este hecho hizo que a su muerte, el resto se separaran, no sin antes deshacerse del manuscrito de Jesús. Se lo entregaron a María de Magdala, ya que era la pareja sentimental de Jesús, y por tal circunstancia debía estar doblemente dolida, pero no pudo deshacerse del códice. Lo partió en tres trozos y los escondió ─continuó Germinal.

─¿Pero por qué no destruirlo?, ¿por qué no quemarlo?

─No lo sé, supongo que pensó que no dejaba de ser una obra de su amado, que pese a la traición, aquello debía esconderse, quien sabe, quizá pensó que algún día sería necesario.

─Parece el guion de una película de domingo por la tarde. ¿Y donde lo enterró? ─le dijo Lara a Álex, que solo tecleó la pregunta.

─Eso no se sabe, el hecho es que apareció siglos después y cayó en manos de los templarios, que lo ocultaron y mantuvieron custodiado con total secretismo, Ni Hugo de Payns ni el mismísimo Jaques de Molay supieron de su existencia.

─¿Estás diciendo que ese códice cayó en manos templarias, y que pese a su disolución, persecución y ejecución en muchos casos, el códice permaneció en secreto hasta ahora?. Cuesta de creer.

─Si, así es. Tenemos pruebas de que algunos templarios huyeron a América donde.

─Un momento, ¿a América?, ¿ya conocían América más de 100 años antes que Cristóbal Colón?

─Si, mucho antes de hecho. América fue conocida antes de ser descubierta por Colón por templarios, antes por normandos y antes por vikingos. El caso es que creemos que debido al riesgo de ser detenidos, enterraron las partes del códice en sitio seguro, con la esperanza de recuperarlo en el futuro.

─Y no lo hicieron, por lo visto.

─Oh, si, lo hicieron, pero algo debió de pasar que tuvieron que volver a ocultarlo, y hasta ahora.

─Impresionante.

─Si, y sabemos que el nuevo asesinato de Asturias está relacionado. Se halló otra parte del códice que ya lo tiene Garay; el otro creemos que ya estaba en manos de la organización.

─¡Puto Garay de los cojones! ─escribió Lara con rabia, que había vuelto a ponerse al teclado de un empujón.

─He de irme. Esta sala de chat va a ser borrada y mi usuario también. Os recomiendo que cerréis también vuestra cuenta.

─Espera, ¿cómo podemos contactar contigo en caso de?.

─No lo haréis, ya sabéis lo que tenéis que saber. Adiós.

La comunicación se cortó y en pocos segundos la sala de chat fue eliminada.

***

─Lo tenemos.

─Biiieennn, lo habéis hecho muy bien, esto es muy importante para la Hermandad.

─Lo sabemos, Señor

─Que nuestros hombres de campo permanezcan unos días en sus puestos con las orejas puestas en todo y después que se retiren.

─Así se hará. Concertaremos una cita para la entrega.

─Te avisaré. Sub hoc signo vinces.

─Sub hoc signo vinces.

Se cortó la llamada via satélite. Por fin lo habían conseguido. Llevaban siglos escondiendo, desenterrando, perdiendo y recuperando de nuevo el códice y esta vez no iban a permitir perderlo de nuevo. Se sirvió un Wisky Dalmore Selene que paladeó con placer.

Capítulo 9. Fratrum Veritatis, 1325

La nueva Hermandad Custodum Fidei había sido creada. Ya no podía llamarse Orden, ahora se veían obligados a operar en la clandestinidad.

Los antiguos miembros templarios que habían conseguido escapar de la caza de brujas de Clemente V y el Rey Felipe IV de Francia, se sometieron al ritual de aceptación. Para los templarios se efectuaba un mero trámite de continuidad, en cambio, para los miembros de otras Órdenes o hermandades eran sometidos a un estricto ritual que no todos superaban. Se llevaba a cabo en las profundidades de una cueva secreta, situada en un paraje de bosque y humedales de difícil acceso, y constaba de varias pruebas.

La primera, llamada «El acercamiento», consistía en despojar al aspirante de todas sus posesiones materiales, al igual que hacían para entrar en la Orden del temple, para entrar en situación de pobreza sagrada. Parte de sus vienes inmuebles y riqueza pasaban a formar parte de la Hermandad. Sus vestimentas, ropajes, calzado y joyas eran despojados y quemados en la hoguera purificadora.

La segunda prueba, «La despersonalización», consistía en adoctrinarlos, disciplinarlos con técnicas psicológicas propias de cualquier secta actual, incluso con violencia. Se administraba un veneno alucinógeno al aspirante. El resto de miembros, con máscaras terroríficas y bailes paganos, aterrorizaban al aspirante al que inducían un cambio ontológico, dejando su «Yo» atrás y plegándose a las órdenes de la Hermandad, lo único que importaba y por lo que se vivía y se moría.

La tercera prueba, «La prueba de sangre», consistía en efectuar cortes en brazos, piernas y tórax. El aspirante debía aguantar el dolor sin desmayarse. La sangre era recogida en cuencos y se bebía en el cenáculo de media noche.

La última prueba, «La validación», consistía en enfrentarse a dos atacantes. El aspirante debía mantenerse con vida en un tiempo dado. Terminado ese tiempo, por cada minuto de retraso se sumaba un atacante más. Para superar la prueba, debía sobrevivir y dejar fuera de combate al menos a uno de ellos.

Una vez superadas las pruebas, se le otorgaba el grado 1, Elegido, y empezaba la instrucción, que duraba años, y cuyo objetivo era subir grados en la escala y llegar a ser Gran Maestre de grado 12, el número de los apóstoles escogidos por Jesús de Nazaret, el máximo honor. Los grados eran los siguientes:

1: Elegido

2: Aprendiz

3: Compañero

4: Hermano

5: Preceptor

6: Caballero

7: Comendador

8: Arcarius

9: Venerable

10: Ilustre

11: Maestre

12: Gran Maestre

Nadie podía abandonar la Hermandad, quien pretendía entrar lo sabía bien, era algo de por vida. Una vez lanzados los votos de afiliación y superado el ritual de aceptación, era un hermano para siempre. Si alguien tenía intención de dejar la Hermandad o huía, se le perseguía y se le daba fin.

Aquella noche se reunieron en la cueva. Todos iban vestidos igual, allí nadie era más que nadie. El hábito era parecido a la indumentaria monástica, de tela basta y común. La cuculla era un capuchón que llegaba a proteger algo los hombros. En el caso del Gran Maestre, cubría el cuerpo hasta la cintura. La túnica era un amplio ropaje de basta tela con holgadas mangas, que llegaba hasta los pies y que no se llevaba nunca suelta, si no sujeta con una cuerda de esparto, pues era de mala educación presentarse en público «discinctus». Remataban los pies con las caligas, la antigua sandalia militar sostenida por correas y que quedaba ajustada al pie y a la pierna.

Sobre el pecho izquierdo, encima del corazón, llevaban el emblema de la hermandad, el Lepertum, una cruz latina de extremos ensanchados, cuyas astas salían de una cabeza de búho. De la cabeza del búho salían hacia arriba, diagonalmente a cada lado, sendas espadas.

Estaban sentados alrededor de una gran mesa maciza en la que varias lucernas rompían levemente la oscuridad y proyectaban tétricas sombras por toda la estancia. Ante ellos, unos cálices sencillos con un brebaje secreto, por cada miembro de la Hermandad. Tomó la palabra el Maestre.

─Hermanos, el tiempo ha llegado. Hemos de decidir aquí y ahora la necesidad de regresar a Hispania, establecer allí nuestra Hermandad y recuperar el tesoro que nuestros antiguos hermanos templarios dejaron oculto ─ahora habló el Gran Maestre.

─Hemos crecido, somos poderosos. Si regresamos a Hispania, creceremos enormemente, allí aun hay hermanos deseando abandonar su vida actual, orando al temple en secreto mientras afirman públicamente que profesan veneración a otra hermandad. Una vez establecidos, será más fácil moverse sin peligro por el territorio, y por fin, poder recuperar el tesoro. Hemos de decidir ahora.

Tras un leve silencio y alguna mirada fugaz entre algunos miembros, empezaron uno por uno a ponerse de pie, coger el cáliz y beber a modo de votación a favor. Los últimos en beber fueron el Maestre y el Gran Maestre. Se aceptó por unanimidad regresar a Hispania. «In hoc signo vences» gritaron todos al unísono.

Seis años antes, en Óbidos, se hicieron a la mar junto con algunos templarios renegados, los cuales, al ser advertidos de su existencia en Tomar, fueron en su búsqueda. Muchos otros abandonaron la Orden de Cristo.

Atravesaron el Atlántico para refugiarse en un lugar secreto que solo ellos conocían, en el que llevaban décadas explotando minas de plata y oro, lo que explicaba gran parte de su gran fortuna. Eran ellos aquellos blancos con barba que los pueblos nativos habían visto con anterioridad a la llegada de Colón, el cual, encontraría algunas piedras, lápidas y objetos marcados con cruces templarias en diversas localidades del Nuevo Mundo.

Tardaron cuatro meses en tenerlo todo preparado. Adquirieron una nao y llenaron las bodegas de víveres para el largo viaje, pero no pudieron zarpar hasta dejar atrás la temporada de ciclones.

La Corona de Aragón guerreaba contra el «Comune de Pisa» en la guerra por el dominio de Cerdeña, estaban muy atareados para poner atención a una nao que atracaba en el puerto de Alicante ocho meses después de haber zarpado de América.

Capítulo 10. Una incómoda revelación

Iba caminando por aquella transitada vía polvorienta. Su aldea estaba creciendo debido a la ruta cercana de caravanas que mercadeaban por toda Galilea y Judea. Un camino situado en el margen oriental llamado «camino de Cafarnaúm» ponía en contacto las aldeas de Caná, Séforis, Nazaret y Meggidó. Este camino, conocido también como «camino del mar» o «Vía Maris» atravesaba Galilea en dirección sur y norte.

Le gustaba pasear por su aldea, situada en un valle entre colinas altas. Era una aldea grande, y cada año lo era más. Vivían cerca de 2 mil habitantes, gran parte de ellos en el núcleo central y sus alrededores. Curiosamente, la arqueología ha desenterrado hallazgos de la época de Bronce, hace más de 5000 años, lo que atestigua que Nazaret fue una milenaria población cuya existencia se pierde en el pasado de los tiempos.

A él no le gustaba el ajetreo, era persona con tendencia al aislamiento, por eso vivía a las afueras, en una vida agrícola, como siempre había sido, aunque a este paso, su casa quedaría absorbida por la vorágine de lo que ya casi podía llamarse ciudad.

Debido a su fama de profeta, era conocido por todos, que no dudaban en pararlo cuando lo veían para que les hablara, obrara algún milagro o tocara algún bebé, así que debía moverse vestido con una túnica de basta tela cogida con una cuerda de esparto y cubierto con una cuculla que le caía por delante de la cara. Simulaba alguna dificultad para caminar, por lo que podía confundirse con una persona de cierta edad.

La parada de caravanas que había en el margen oriental llenaba la aldea como un hervidero. En la vía principal, situados a los pies de un gran muro que había vivido mejores tiempos, un lugar reservado para ellos, los profetas intentaban sin demasiado éxito convencer a las gentes que pasaban por allí. Algunos estaban rodeados de personas que escuchaban atentas, para luego irse sin más. Otros profetas parecían tener más público, pero solo escuchaban para mofarse de ellos. Los había que hablaban para el más atronador vacío. Mercadillos ambulantes atestaban las calles, y por estas, chiquillos intentaban vender al mejor postor gallinas, calabazas y cualquier otra mercancía.

Miraba a los profetas del muro mientras pasaba por delante y le daba ansiedad, pensaba que era como ellos, una estafa, un mentiroso, un engañabobos, y se sentía fatal. Su don natural para la oratoria y la retórica lo habían convertido en un ser amado por muchos y odiado por unos cuantos, pero con poder. Sus conocidas parábolas, sus frases misteriosas y sus enseñanzas no eran entendidas por casi nadie, que reducían todo al simplismo más básico.

Hacía tiempo que pensaba en desenmascarar a los profetas que se aprovechaban de las debilidades de los transeúntes, haciéndose pasar por uno, con la intención de, si llegaba a tener seguidores, descubrirse y hacerles ver el error que cometían siguiendo a charlatanes y darles así una lección. Pero su experimento tuvo demasiado éxito y se le estaba yendo de las manos, no sabía cómo pararlo.

Una joven se le acercó y le ofreció un leptón. Una de sus parábolas iba sobre la caridad y compartir las posesiones con los más pobres. Fue reacio a aceptar el leptón, pese a ser la moneda de menor valor que había. La joven, confundiendo su resistencia con dignidad, insistió hasta que no le quedó más remedio que aceptarla. *«A esto he llegado»* pensaba Jesús angustiado. No soportaba más la mentira sobre sus espaldas.

En ese momento en el que se odiaba a sí mismo más que nunca, un rayo de preclaridad pasó por su mente, sabía lo que tenía que hacer. Olvidándose de su imitada dificultad para moverse, caminó rápidamente al mercado y compró un trozo de cuero de cordero ya curtido, elegido por su fibra muy fina, elástica, suave y uniforme. Circundó el mercado, lo que le llevó un rato; el mercado a esas horas bullía de gente. Cuando consiguió salir de aquel bullicio puso rumbo de vuelta a su casa.

Cuando llegó, el atardecer estaba dando paso a la noche. Desde la puerta de casa miró a sus preciadas colinas, que relucían de un naranja pastel que se apagaría en breve, y entró en casa. Era bastante humilde, aunque de un tamaño más que suficiente; su posición era modesta, pero no pobre.

Pese a la humildad del hogar, era muy acogedor. Como era carpintero, el escaso mobiliario lo había fabricado él mismo, con ayuda de su padre, que también era carpintero. El polvo se colaba en su interior, así que habían varias escobillas aquí y allá hechas de heno. Tenía tres habitaciones, la de sus padres, la suya propia y la sala de estar. La letrina la tenían fuera de la casa.

Después de cenar se encerró en su habitación, encendió su candelabro, una Menorá de brazos rectilíneos hecha de metal, el cual usaba el más puro aceite de oliva que cambiaba cada dos días para mantener vivas sus luces. Cogió su cálamo de junco afilado y el cuero que había comprado en el mercado y tras unos segundos para recomponer mentalmente sus ideas empezó a escribir.

La tinta negra que usaba estaba fabricada principalmente con hollín y carbón vegetal mezclado con agua y goma arábiga. Desechó la idea de usar una tinta con óxidos de hierro o cinabrio que daba una tinta roja muy resultona, porque sabía que era menos duradera en el tiempo y no se acabaría distinguiendo la tinta del cuero. El texto que estaba a punto de redactar lo haría en griego, el idioma de los grandes poetas y escritores helenos como Jenofonte, Homero, Sófocles y Hesíodo:

«A quien encuentre estas palabras, no ocultéis este escrito por temor ni lo proclaméis como una nueva ley. Si estas palabras contienen alguna verdad, ella permanecerá sin necesidad de mi nombre; y si contienen error, dejad que el viento las disperse.

He recorrido aldeas y ciudades convencido de que conocía la voluntad de Dios. Hablé con la certeza de quien cree haber visto la luz y pedí a otros que caminaran tras ella. Hoy escribo con un peso distinto: el de la vergüenza.

Aquello que anuncié nació más de mi curiosidad que de la verdad. He cargado sobre muchos un yugo que nunca debieron llevar. La fe que inspiré no fue más que el reflejo de mis propios pensamientos, forjados en mi intento por entender la psique de la especie humana, por lo que os debo una sincera disculpa.

Quería enseñaros que nadie ha de permanecer prisionero de mis palabras ni de ninguna otra. Si alguna vez mis enseñanzas os impiden buscar por vosotros mismos, abandonadlas. La verdad no necesita guardianes ni profetas; resiste incluso cuando se la cuestiona.

Perdonadme por haber llamado revelación a lo que sólo fue manipulación y engaño. Perdonadme si hice confundir mis palabras con la realidad. Perdonadme si, por seguirme, alguno dejó de escuchar su propia conciencia. Si mis palabras llevaron a personas al error o al sufrimiento, os pido perdón.

No maldigáis a quienes creyeron, porque creyeron con sinceridad. No odiéis a quienes dudan, porque la duda puede ser más honesta que la certeza.

Si existe un juicio justo, que recaiga primero sobre mí por haber hablado con demasiada seguridad de aquello que ningún hombre puede demostrar o garantizar.

No conservéis estas palabras para levantar una nueva doctrina. Que sirvan únicamente para recordar que incluso la voz más admirada puede engañar y que la búsqueda de la verdad vale más que la fidelidad a cualquier maestro, aunque esta contradiga las creencias más arraigadas.

— Jesús de Nazaret»

Una vez terminado dejó secar la tinta. Después aplicó aceite de cedro para repeler el agua y dificultar la entrada de humedad, y por tanto, proteger el escrito de hongos. También aplicó resinas para proteger de insectos el pergamino. Una vez seco, lo enrollaría sobre sí mismo y lo enfundaría en una tela que después guardaría en un tubo de cobre. Normalmente se solían guardar en tubos o cajas de madera, pero era tal su vergüenza que quería dejar constancia de ello y que el códice durara siglos.

Por la mañana lo primero que hizo es ir a ver cómo estaba el pergamino. Estaba casi seco, aunque aun algo pringoso. Desayunó y después fue a ver a sus compañeros. Bajó al mercado donde encontró a Pedro vendiendo el pescado que había cogido de madrugada, y le habló así:

─Pedro, amigo amado, compañero del alma, necesito hablaros esta noche, en la cena, es importante.

─Claro, pero te veo apesadumbrado, ¿qué te aflige, buen compañero?

─Oh, nada, mi querido Pedro, no he dormido muy bien, no era mi intención preocuparte.

─Bien, pues, hasta la tarde.

Se despidieron afablemente. Jesús sabía que no podría avisar a todos, pero contaba con que entre ellos se avisaban. Aunque todos los viernes cenaban juntos, ese viernes no quería que faltase ninguno, sabía que su palabra era acto, y avisándoles, los discípulos sabían que algo importante tenía en mente. Aquel viernes era 14 de Nisán, día de Pesaj, la Pascua, y al ser viernes, era tradición practicar el inicio del Shabbat, que se producía al atardecer. Se abría el Shabbat con el acto de «partir el pan», que se repartía a todos los comensales antes de iniciar la pitanza.

Anunció su intención al apreciado Natanael, que aunque vivía en Caná, los viernes como aquel día siempre aparecía por Nazaret. También habló con Juan, Judas Tadeo y Mateo, a quien Jesús llamaba Leví. A mediodía habló con Felipe y Simón el Zelote. No quiso avisar personalmente a María, su amada, ya que la vergüenza se leía en su cara, y María era muy observadora y hasta creía que tenía el poder de leerle la mente.

Llegada la hora, fueron llegando a la casa de María, madre de Marcos evangelista, cerca del monte Sión, donde situaban el cenáculo. Era una casa amplia, con vestíbulo y una puerta con acceso directo a la calle. El piso superior resultaba ser el mejor, al ser el aposento alto donde se reunían los primeros cristianos. La esclava llamada Rode asistía la cena.

El ambiente era respetuoso pero distendido. Era una pequeña familia a la que Jesús miraba apartado, apenado y afligido. Las bromas de Mateo, la risa de Simón y las imitaciones rabínicas de Santiago, sin llegar a la mofa.

Una vez casi terminada la pitanza, Jesús tomó la palabra. Se puso de pie a la vez que tosía para aclararse la garganta y pedir silencio.

─Compañeros, amigos, hermanos.

Costó un poco que se hiciera el silencio, Mateo estaba explicando alguna de las suyas y todos andaban de risas.

─Queridos, os he reunido hoy aquí porque tengo el deber de contaros algo que me abruma y me envenena el alma cada día que pasa. Todos vosotros os escandalizaréis esta noche por mi causa, pues escrito está: *«Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño»*.

─Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo nunca me escandalizaré ─le respondió Pedro.

─En verdad te digo que esta misma noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces ─replicó Jesús.

─Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré.

Jesús se sintió conmovido por la lealtad de Pedro, lealtad que él mismo había traicionado.

─Debo sincerarme con total pesadumbre ante vosotros ─guardó unos segundos de silencio y cogió aire ─La fe que inspiré en cada uno de vosotros solo fue fruto de una burda manipulación en mi afán por dar explicación al comportamiento humano ─empezaron los susurros y las miradas entre ellos, que no entendían nada.

─Jesús, hermano, tú nos has enseñado que a veces la fe es débil, pero los hombres de noble corazón cogen fuerzas y se reponen de dicha debilidad y.

─No, estimado Felipe, déjame hablar. Llegué a vosotros sin quererlo. Mi intención era otra muy distinta, Dios lo sabe bien.

─Habla, te lo rogamos, oh Jesús.

─Viendo desde niño cómo los hombres se erigen en profetas autorpoclamados de Dios y son seguidos a fe ciega por muchos incautos. Esta idea me acompañó siempre, así pues, decidí buscar una explicación a tal comportamiento.

─¿Pero qué nos quieres decir? ─María imploraba a su lado con las manos cogidas a la altura de su pecho.

─Decidí, sin afán de protagonismo ni fama, ni por supuesto de hacer daño a nadie, experimentar con la fe de un nuevo Dios, habiéndome autoproclamado yo como su Mesías, predicar con falsedad las enseñanzas y comenzar mi propio ministerio, que termina hoy.

─Pero no puede ser, nos has enseñado el camino, tus enseñanzas, la gente se arremolina a tu alrededor para escuchar tus parábolas.. y todo eso, no puede ser, falso. ─Mateo lloraba.

─Mateo, querido Leví, me disculpo ante ti de todo corazón y solicito tu perdón, el de todos vosotros ─dijo cambiando la mirada de Mateo a todos los presentes a la vez que abría los brazos. Se hizo el silencio, el perdón no llegaba ─Os pido que abandonéis el camino de mis enseñanzas, pues ese camino es falso. ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y no soy más que un farsante.

─Pero Jesús, lo que nos has enseñado es muy valioso. Nos has dejado el alma muy dolida por el engaño, pero la fe es algo bueno que le está pasando al pueblo de Judea, quizá podríamos.

─No, no, por favor, no. Veo tus intenciones, Iscariote, pero no, esto ha de acabar.

En ese momento sacó de su zurrón el tubo de cobre y extrajo el pergamino que había escrito la noche anterior.

─Dejad que lea este acto de arrepentimiento que he dejado escrito para la posteridad en la lengua universal.

Todos guardaron silencio. Algunos discípulos que estaban de pie se sentaron dejándose caer como si de golpe pesaran 100 kilos. Jesús leyó el texto con manos temblorosas y voz rota. Cuando acabó dejó el pergamino encima de la mesa. Sus extremos se doblaban un poco hacia sí, como si quisiera enrollarse al no soportar más el clima que se había creado, de vergüenza, traición y hasta de odio.

Judas Iscariote se levantó bruscamente, tirando la silla al suelo, y con una mirada de ira hacia Jesús, abandonó la casa, saliendo de ella sin ni siquiera cerrar la puerta. Al cabo de un rato les siguió Felipe, Mateo y Juan, que abandonaron la casa de forma mucho más tímida que Iscariote. María no le quitaba ojo de encima, con un rictus que se confundía entre la rabia y la incomprensión.

─Bien, amigos, ahora me marcharé y no me volveréis a ver más. Este pergamino quiero que lo tengáis vosotros y que lo hagáis público, pues mi mentira no puede seguir siendo.

─¿Y ya está? ─preguntó María, muy afectada.

─No te conozco, Jesús, no te conozco. Hemos creído en ti y. No te conozco ─dijo Pedro, cumpliendo inconscientemente la profecía que Jesús hizo unos minutos antes.

─Amaos los unos a los otros como yo os he amado ─dijo Jesús, y abandonó el cenáculo.

Mientras tanto, Judas Iscariote bajaba del monte Sión incrédulo por lo que había escuchado de boca de Jesús. Sólo su inquina superaba su rabia y enfado.

*«No, Jesús, no vas a dar al traste con la nueva fe, no vas a cercenar nuestra posición privilegiada de discípulos. No, no vas a arruinarme el futuro»* pensaba así Judas mientras se dirigía a casa del escriba de la ley Samuel. Judas hizo el papel de su vida como seguidor arrepentido de las enseñanazas de Jesús y lo delató, sabiendo que lo quitarían de en medio, hacía tiempo que buscaban cualquier excusa para hacerlo.

Samuel, escandalizado, llevó urgentemente a Judas a ver al Sumo Sacerdote del Templo, Caifás, que formaba parte del Sanedrín. Estos siempre andaban buscando alguna manera de librarse de Jesús, pero temían al pueblo. Judas habló con ellos y estudiaron la forma de entregar a Jesús.

─¿Por qué crees que Jesús sea el Mesías? ─le preguntó Caifás.

─Porque he visto demasiado.

─Así pues, ese Jesús cree que es el Mesías de un nuevo Dios y una nueva fe. Es peligroso, sus actos están produciendo inquietud en el orden social de Judea.

─Así es.

─Ya veo. Entonces, ¿por qué estas haciendo esto?, eres uno de sus seguidores.

─Por que reniego de la fe que profesa, ¡no hay más Dios que Yavéh!

─Alabado sea.

─He pensado que podría ser capturado en el huerto de Getsemaní, donde suele orar habitualmente después de la cena de hermandad que suele hacer los viernes, que debe estar a punto de terminar.

─Bien, bien, pero ha de hacerse cuando no haya nadie. ¿Y qué pides a cambio?

─Lo que queráis darme, divino Sanedrín ─hizo una reverencia.

─Bien, puesto que Jesús morirá, te daremos 30 denarios de plata.

Añadir 30 piezas de plata era un arquetipo utilizado habitualmente en caso de muerte de un hombre libre, o para resarcir al dueño de un esclavo muerto.

Judas se había servido del odio que sentían los sumos sacerdotes por Jesús en su propio beneficio. *«Ha sido la última cena para ese traidor»* pensaba mientras salía de casa de Caifás con una bolsa de 30 monedas en su poder.

Capítulo 11. Restaurando la historia

Con todos los trozos del códice de Jesús en su poder, habían sido entregados a Isaac Garay en Sphynxum para su tratamiento.

Pese a que algunos estaban conservados en tubos de cobre, estos estaban chafados por el peso de los sedimentos de siglos de antigüedad, y la pátina verdosa del óxido había corroído parte del códice. Tuvieron que abrir los arrugados tubos a base de ir partiendo trozos muy pequeños y poder liberar así el manuscrito.

Mediante un tomógrafo computarizado de última generación del Centro Sphynxum de Arqueología pudieron escanear las piezas en alta resolución y generar un modelo 3D con sistema de rayos de luz, que al incidir en las letras emitían reflejos que un sensor era capaz de diferenciar, desentrañando las palabras que estaban en peor estado.

Gracias a esta tecnología, los investigadores pudieron examinar el códice línea por línea y reconstruir las 18 líneas de inscripción en griego.

Capítulo 12. Visita a Barnabots Technology

Lara hizo unas investigaciones que resultaron bastante productivas. Era una rata de biblioteca y era capaz de conseguir cosas que ni en el FBI soñaban.

Encontró una conexión entre la empresa Sphynxum y un laboratorio de tecnología, dirigido por un tal César Marín. Quería saber qué unía a ambas empresas, así que solicitó una entrevista con César para el día siguiente.

Angelo la fue a recoger en la puerta del instituto Vall d'Hebrón, entre las calles Nazaret y Sinaí, *«Qué religioso todo»*, pensó Lara.

Un enorme SUV negro paró y se bajó una de las ventanillas tintadas, asomando la enorme cabeza de un negro con pinta de Nubio. Lara dudó, pero el negro le hizo señas para que se acercara y le abrió la puerta trasera. Momentos de duda, pero al fin decidió subir. Una vez sentada se dio cuenta de que las lunas tintadas se oscurecieron hasta casi no dejar ver nada, y desde donde ella estaba sentada apenas tenía visión por la luna delantera.

─Cuanta seguridad, señor. ─Angelo no abrió la boca ─Supongo que la empresa en la que trabaja debe ser lo más secreta posible, por el espionaje industrial y esas cosas, ¿no? ─silencio ─¡Vaya, no es usted muy hablador!

Lara desistió de darle conversación a aquel pedazo de Nubio y se limitó a mirar su móvil, el cual no tenía cobertura. Tras unos minutos conduciendo llegaron al Paseo de la Bonanova y entraron en un edificio de oficinas por el parking, se abrieron los seguros de las puertas, y Angelo se giró hacia Lara y le hizo una mueca de «ya puedes salir». Se dirigieron a los ascensores del parking hasta la planta 2ª, donde cambiaron de ascensores. Se tomaban la seguridad muy en serio no permitiendo que el ascensor pudiera llegar directamente al parking, lo que sería un gran error en caso de robo con fuga. Al llegar a la planta 9ª el ascensor se paró, bajaron y entraron al despacho de César Marín. Pese a lo que esperaba Lara, era un despacho modesto, pequeño y equipado con lo justo.

─Hola, bienvenida a Barnabots Technology, soy César Marín, CEO del chiringuito.

─Hola, que tal, soy Lara Gámez, inspectora de policía, encantada ─se dieron la mano.

─Siento si las medidas de seguridad han sido un poco exageradas, pero créame que son muy necesarias.

─No se preocupe, me hago cargo, aunque quizá debería contratar un chófer más hablador.

─¿Angelo?, oh, no, no es un chófer, es mi hombre de confianza. Verá, pertenecemos a una gran e importante organización. Para mucha gente es un honor entrar en ella, y dependiendo del cargo que se les asigne, necesitamos algunos requisitos esenciales. En su caso, le amputaron la lengua en su país, así que lo contratamos, entre otras cualidades, evidentemente, y así se evita hablar más de la cuenta, sea por despiste o bajo presión ─Lara miraba al Nubio que estaba al lado de César con los brazos por delante cogiéndose las manos. Le enseñó la lengua, o lo que quedaba de ella más bien, en un intento de intimidación.

Lara se preguntaba cómo aquel hombre deslenguado podía ser mano derecha del CEO de una importante empresa, cómo se comunicarían, a priori parecía algo imposible, pero el hecho es que ahí estaba y parecía muy eficiente.

─Pero eso es un poco, extremista.

─Mire inspectora, aquí nos jugamos mucho. Desarrollamos una tecnología con la que sueñan hasta en EEUU. Tenemos entre nuestros clientes más exigentes al mismísimo Vaticano.

─¡El Vaticano!, ¿que le venden, roombas? ─César se echó a reír.

─Me gusta su sentido del humor. Mire, los grandes tomógrafos utilizados para desentrañar los secretos más retorcidos de la historia los hacemos aquí. El Vaticano nos encargó una máquina para poder dar carpetazo de una vez por todas al misterio de la Síndone.

─La sábana Santa, ya veo.

─Exacto. El Vaticano atesora muchos objetos de valor incalculable, como los denarios de Judas Iscariote, el Santo Cáliz, el lignum crucis o una Santa Espina de la corona de Cristo. Nuestra misión es poder verificar estas reliquias, ver cuales son falsas y cuales auténticas. Entenderá que en muchos lugares se veneran restos que se dan por auténticos cuando no lo son. Es todo muy delicado.

─Vaya, sus reservas ahora tienen sentido.

─Verá, existen otros países, digamos, con otras religiones, que querrían dar al traste con las reliquias cristianas y derrumbar la fe, y se esfuerzan por llenar los medios de bulos. Además, otras industrias quieren nuestros avances. En los últimos seis meses hemos descubierto a tres espías industriales. Pero el ente más peligroso de todos es la Hermandad Custodum Fidei, una secta de chalados religiosos muy poderosos, que datan de la época de las cruzadas y que se empeñan en jodernos a base de bien, y perdone la expresión. Han llegado a infiltrarse en el grupo Rosehead, la empresa matriz de donde depende estas instalaciones de tecnología, y eso que sus medidas de seguridad son excelentes. Pero, ¿de qué quería hablar conmigo?.

─Verá, hace unas semanas aparecieron muertos dos arqueólogos de cierto prestigio, hallados en unas condiciones extrañas, uno en Asturias y otro aquí.

─Ah, si, lo leí en la prensa digital.

─Bien, el de aquí, Alfonso Torroella, enviaba con regularidad piezas a la empresa Sphynxum para pruebas, dataciones y esas cosas.

─Sí, la conocemos, trabajamos para ellos, es uno de nuestros mejores clientes. Les enviamos tomógrafos, otros equipos de radiodiagnóstico y les llevamos el mantenimiento y reposición.

─Bien, pues Alfonso encontró una pieza de muchísima importancia y la llevó a Sphynxum, pero al parecer nadie sabe nada, Alfonso fue asesinado y a mi casi me matan al sabotear los frenos del coche.

─Eso es horrendo ─César negaba con la cabeza a la vez que bajaba la vista ─Es lo que le comentaba, están muy encima, y cada vez intensifican más sus ataques.

─La duda es que vi que ustedes tienen lazos con ellos y pensé que podían tener alguna idea que me pueda servir de ayuda.

─Pues ya le digo que trabajamos con Sphynxum entregándoles maquinaria de ultimísima generación, nada más.

─¿Conoce a Isaac Garay?

─Si, es uno de los gerentes con quien tenemos trato directo, un hombre serio, trabajador incansable.

─Y un poco condescendiente.

─Si, bueno, hay que conocerlo.

─Es un gilipollas, ¿diría usted que es de fiar? ─César sonrió.

─Absolutamente, pongo la mano en el fuego por él, ¿por qué?

─No me dio muy buena espina, además, no sabemos qué sucedió con aquella pieza.

─¿Está usted segura de que llegó a Sphynxum?

─Completamente.

─Bien, hablaré con ellos a ver qué pueden decirme, es inusual que pierdan piezas, llevan muchísimos años en el mercado y no cometen esos fallos. Sus sistemas de gestión son envidiados en toda Europa.

─Esa pieza es la clave de todo, se lo digo en serio, y alguien no quiere que se sepa su contenido.

─Esto huele a Hermandad. Mire, haremos lo posible para investigar qué sucedió. Si esa pieza es importante y la Hermandad va detrás, no debe caer en sus manos, déjelo de mi cuenta. Tome, le doy mi tarjeta con el contacto directo. Si necesita algo, no llame a mi secretaria, llame a este número o escriba a este email, pero sea discreta ─Lara no pudo evitar comparar la modesta tarjeta con la más lujosa que le había dado Isaac Garay.

─Gracias, lo haré.

─Angelo, acompañe a la señorita a donde quiera ir ─Angelo asintió y extendió un brazo enseñando el camino hacia la salida a Lara que se iba con la sensación de no haber conseguido nada.

La siguiente jugada sería ir a ver a Isaac Garay. Después de la visita con César quería ver si había algún cambio en el comportamiento de Isaac; Lara tenía un don especial para detectar el más mínimo cambio.

Llegó a casa a poner en orden sus pensamientos. De nuevo estaba el Tesla Model 3 aparcado en medio de la acera, *«¡Vamos, no me jodas!»*. Cogió el teléfono para avisar a un coche patrulla, pero como la anterior vez la multa parece que no le sirvió de mucho, llamó a un confidente de los viejos tiempos que le debía un favor.

Cuando llegó a casa, Álex, que parecía que se había quedado a vivir en su casa, estaba en la ducha. A través de la mampara se adivina el cuerpo desnudo de Álex, y por unos instantes, Lara se lo quedó mirando.

─¿Lara?

─Si, hola ─Lara desvió la mirada, avergonzada.

─¿Has conseguido algo? ─Álex hablaba entre chorros y espuma.

─No se, quiero ir a ver a tu amiguito Isaac.

─Oh, la niña está celosa ─dijo Álex con sorna mientras cerraba el grifo.

─Calla, imbécil ─le tiró la toalla por encima de la mampara.

─Voy contigo. ¿Qué ruido es ese?

─No oigo nada. De venir conmigo ni hablar, alteras a mi interrogado, además, ya sabes lo que pasó la otra vez. Iré con refuerzos, alguien me llevará.

─Sí mamaíta ─Álex abrió la mampara y salió de la ducha. Lara la miro unos segundos antes de darse media vuelta y salir del baño.

─¿Cuando piensas ir? ─se oía la voz de Álex que seguía secándose y efectuando el ritual de cuidados de la piel.

─Pedí cita directamente con él pero está de viaje en Singapur, no vuelve hasta la semana que viene.

─Ten cuidado, ¿vale? ─Álex, había salido del baño en braguitas, se acercó a Lara y la cogió de la barbilla mientras hablaba.

─Sí, no te preocupes ─respondió Lara algo incómoda.

─¿Pero qué ruido es ese?, viene de la calle.

─No oigo nada ─dijo Lara con cara de póker.

─Parecen como golpes, y no para de sonar una alarma, ¿en serio no lo oyes?

─Ah, eso, ya, no te preocupes, deben estar con la recogida de muebles viejos, es un escándalo.

─¿No era los martes?

─Eh, no, es hoy.

Se fueron a dormir. Por la mañana, Álex se vistió y se fue a la Universidad. Tuvo que cambiar de acera porque en mitad de la otra había un vehículo con las ruedas rajadas, los cristales y luces rotos en mil pedazos, los retrovisores colgando, innumerables piezas desparramadas por el suelo, y la chapa, rayada, pintada con espray y la parte del capó quemada.*«Pero qué bruta eres, Lara, ¿con que no oías nada, eh?»* pensó Álex divertida.

Lara se había quedado pensativa, no tanto en aquel caso, que no la dejaba dormir, como en Álex. Aquella chica la alteraba de una manera extraña. Se sentía desarmada ante ella, y eso no le había pasado jamás con ninguno de los numerosos ex que había tenido. Se sentía bien con ella, por eso no le había dicho que se largara a su casa como había hecho con sus exs, y Álex no parecía tener prisa por irse, ¿eso la molestaba?, no lo sabría decir. Lara era muy independiente y tener a alguien en su casa la incomodaba, pero por otro lado apreciaba su compañía, y además Álex no se metía en sus cosas, era muy respetuosa, y la convivencia era muy fácil con ella.

A la semana siguiente Lara pidió al comisario que le asignara un vehículo policial con dotación para que la llevaran a Sphynxum para la cita que tenía con Isaac Garay.

Cuando llegaron notó algo distinto en el hall. Había mucho alboroto y notó más presencia de seguridad. Esta vez las señoritas cuatrillizas de recepción no opusieron resistencia. Mientras pasaban por delante de ellas camino a los ascensores, Lara se quedó mirando fijamente a la recepcionista de la otra vez, con la mirada triunfal de Marco Antonio entrando victorioso en Roma tras haber invadido Armenia. Subieron a la planta 12, despacho 7, y allí estaba Mireia, la secretaria, acompañando a Lara y su escolta ante Isaac, que se levantó de su enorme sillón para saludar a Lara.

─Inspectora Gámez, un placer volver a verla ─dijo extendiendo su brazo.

─Igualmente ─mintió Lara a la vez que le estrechaba la mano ─siento mi escolta, pero es que no sé si sabrá que la última vez que vine aquí casi nos matan.

─Oh, si, me enteré días después, lo siento. La verdad es que este es un sector muy competitivo, demasiado incluso.

─Del que yo no formo parte, por lo que no había motivo para quitarme de en medio, ¿o si?.

─¿Se sabe ya quien fue?.

─No todavía. Veo que hay un poco de revuelo hoy ─Lara detectó un cambio clarísimo en Isaac, aunque no sabía si era por la ausencia de Álex, por los dos policías uniformados o por el asesinato frustrado.

─Lo ha notado, ¿verdad?. Hemos tenido algún problema últimamente.

─¿Ah si?, ¿cual? ─Isaac vaciló unos momentos, pero prosiguió.

─No sé si debería contarle esto, pero dado que está aquí y es inspectora, no veo por qué no.

─Pues adelante ─dijo Lara, que se había repatingado en el sofá de terciopelo granate y extendía el brazo como dándole cancha para que se explicase.

─Verá, en nuestro sector es muy habitual el espionaje industrial. Piense que no solo datamos piezas arqueológicas; lo hacemos con las mejores máquinas que existen, y además, tenemos la base de datos más grande del mundo. Mientras me quedaban horas en Singapur, se detuvo a un individuo acusado de espionaje industrial. Llevaba años con nosotros, incluso conozco a su familia. Creemos que pertenece a una de las organizaciones que nos toca las narices desde hace tiempo, una secta llamada La Hermandad Custodum Fidei.

─Algo he oído sobre ellos ─Lara no excusó la coincidencia.

─De momento se le acusa de violación del sigilo profesional, revelación de secretos, amenazas y extorsión, violación de la ley de protección de datos y un sinfín más de acusaciones que no vienen al caso. Pero además creemos que es el personaje que está detrás de la desaparición de la pieza, del asesinato de Alfonso Torroella, y también del personaje que saboteó sus frenos.

─¡Pero eso es genial!, nos lo llevaremos para.

─¡Un momento!. En cuanto mis hombres hayan acabado de interrogarlo y de recopilar pruebas será todo suyo, no antes ─dijo Isaac con la palma abierta en señal de Stop.

─De ser así estará usted incurriendo en un delito de entorpecimiento de una investigación policial y.

─Pare, pare, pare, ¿cree usted que siendo tan grandes como somos no tenemos gabinete jurídico?. El delito a priori es de orden empresarial y se ha cometido aquí, así que tenemos todo el derecho a quedarnos con él hasta que hayamos terminado, pregúntele a su comisario ─dijo Isaac acercándole el teléfono. Lara sabía que tenía razón.

─En cuanto acabe es nuestro, ¿cuanto van a tardar?

─Uf, no lo sé, eso dependerá de la colaboración del sujeto.

─Pues más le vale que colabore mucho, porque no nos vamos de aquí sin él.

─Usted misma, el último al que pillamos hace unos meses nos tuvo casi dos días antes de decir algo, y no había cometido ni la mitad de los delitos que este ─el farol de Lara le había salido mal ─En serio, inspectora, váyase y en cuanto suelte lo que nos interesa será todo suyo, no tenemos especial interés por él una vez nos diga lo que queremos saber. Yo la avisaré personalmente.

A Lara le fastidiaba muchísimo que aquel mamarracho se saliera siempre con la suya, pero tuvo que aceptar el acuerdo.

─Si no hay más preguntas, la señorita Mireia les acompañará.

La secretaria se acercó al equipo y los dirigió a la salida del despacho. Lara la miraba buscando algún gesto de complicidad, pero no hubo ninguno, parecía que fuese otra persona. *«Me la ha vuelto a colar»* pensaba Lara enfurecida mientras se dirigían a los ascensores. Cuando salieron del edificio, los agentes hicieron un test rápido de rutina para comprobar que no habían saboteado el vehículo o colocado algún dispositivo lapa. Todo estuvo correcto y volvieron a Barcelona sin incidencias.

A las dos y cuarenta y siete de la madrugada Isaac Garay llamaba a Lara por teléfono.

─Lo siento, hemos encontrado muerto al espía industrial. Se ha colgado en su cubículo de retención con sus pantalones.

Lara colgó enfadada, pero su instinto le decía desde el principio que algo así iba a pasar. No se fiaba de nada ni de nadie, aquel caso apestaba.

***

─Todo ha ido según lo previsto, Señor.

─Bien, no podía ser de otra manera. Felicidades.

─¿Y la familia?

─No te preocupes, su familia vivirá muy bien a partir de ahora.

─¿Y la inspectora Gámez?

─Está fuera, de eso nos encargaremos también, no tiene caso.

─Bien, pues levantamos campamento hasta nueva orden.

─Sub hoc signo vinces.

─Sub hoc signo vinces.

Capítulo 13. Alejandro el Magno

César tenía trabajo. Había un encargo para revelar la edad exacta de una pieza hallada en una excavación reciente en el Templo II de Vergina, Grecia, la cual se considera como la túnica sagrada de Alejandro Magno.

Antonios Bartziokas, profesor emérito de la Universidad Demócrito de Tracia, identificó una tela púrpura de algodón conocida como sarapis, una prenda real persa que Alejandro adoptó tras su triunfo sobre Darío III de Persia. Ahora se creía que había pertenecido a Alejandro Magno y no a Filipo II de Macedonia, como se pensaba en un primer momento, pero debían verificarlo.

Pusieron el fragmento en el pedestal. Tiago fumaba tranquilamente mientras le ayudaban a ponerse el traje. Una vez puesto, dio la última calada al cigarro, miró la colilla, y la lanzó con el dedo pulgar y corazón a una distancia considerable mientras expulsaba el humo. Era bueno con la máquina, tenía instinto, así que le daban licencia para cosas como fumar en una zona prohibida como aquella o para el lanzamiento de colillas.

Entró al habitáculo donde estaba la máquina, se subió y empezó a pulsar botones y palancas. La máquina se encendió progresivamente con el ya familiar zumbido metálico y aumentando conforme el motor temporal y el compensador de tiempo se aceleraban. Tiago activó la burbuja plasmática y fijó la pieza de ropa del pedestal en el visor.

─Motor temporal dentro de los límites aceptables, compensador de tiempo dentro de los límites normales, constantes vitales normales.

─Flujo plasmático constante, burbuja plasmática sin fisuras.

─Salto previsto en 3, 2, 1, salto completado.

En breve la máquina desapareció con el característico «click».

La máquina surcó el pasado rápidamente hasta el año 300 a.C. y después aminoró la velocidad hasta que el fragmento, que ya era capa completa, le llevó hasta noviembre del año 333 a.C. Como si de un vídeo se tratase, Tiago avanzaba o retrocedía en la historia viendo los fotogramas. Pudo ver a Darío III en la batalla de Issos, en la actual provincia turca de Hatay.

Tras un encarnizado ataque macedonio, Darío miró alrededor y juzgó que los macedonios se hallaban muy cerca suyo. Llevado por el pánico a ser capturado, cambió a una carroza más ligera que la suya y huyó del campo de batalla, arrancándose la capa imperial para que no pudiera ser reconocido. Dejó atrás gran parte de su tesoro y a toda su familia, incluyendo todos sus hijos, madre y esposa. *«¡Cobarde!»* pensó Tiago en ese momento; le habría gustado escupir, pero se contuvo.

Alejandro Magno inició una persecución, pero la abortó al ver que Darío ya estaba muy lejos. Paró su carroza mientras lo veía a lo lejos, levantando una gran nube de polvo. Al dar la vuelta a su carroza para volver con su ejército, vio tirada en el suelo la capa de Darío, la misma que Tiago tenía en el visor de la burbuja, lo que confirmaba que aquel trozo hallado en la excavación pertenecía a Darío III.

Alejandro se bajó de su carroza, la cogió y la observó unos instantes. Era de algodón teñido con púrpura real, y huntita entre las capas del tejido, un mineral blanco brillante empleado en la antigua Persia. La extendió delante suyo dando el visto bueno y se la colocó sobre sus hombros. Ahora le pertenecía.

*«Misión cumplida»* pensó Tiago, al que la historia no le quitaba el sueño y no le interesaban otros aspectos de la historia, así que sin más, puso rumbo al presente y volvió al hangar.

Una vez en el hangar, se bajó como si nada mientras los técnicos le desconectaban los cables, se quitó la parte superior del traje para poder llegar al bolsillo de la camisa, en el que tenía su paquete de cigarrillos sin boquilla, y se encendió uno. Los técnicos estaban hartos de que no colaborara para manipular el traje, pero lo aguantaban estoicamente, y no les quedaba más remedio que aguantar aquel humo rancio de aquellos cigarrillos apestosos.

Entró César al hangar dándole la enhorabuena, de las que Tiago pasó de largo, señalando la máquina con el pulgar. Era un poco obtuso aquel hombre.

Con la grabación en su poder, pudo deleitarse viendo aquel fragmento de la historia que mil veces había leído, pero que era imposible imaginarse cómo fue realmente.

Hicieron un informe detallado, con datos técnicos, para entregarlo a la Universidad Demócrito de Tracia. Evidentemente ocultó la fuente de verificación. Nadie podía saber de aquella máquina; la humanidad no estaba preparada para ese poder divino, se enfrentaría aun más. Si llegara a descubrirse no tardarían en buscarla. Gobiernos, científicos y ejércitos intentarían convertir aquel poder en un arma.

Uno de los aspectos éticos de aquel proyecto era precisamente ese. Sus mejores expertos tuvieron acceso a los más potentes superordenadores, como el MareNostrum 5 de Barcelona, el Leonardo de Bolonia o el Lumi de Finlandia, para hacer simulaciones precisas sobre el impacto que tendría la noticia de la existencia de la unidad de viaje si se divulgara a la población. Las conclusiones del informe fueron terroríficas:

«Al principio nadie lo creería, pero cuando la noticia apareciera en internet, pese a que algunos pensarían que era una falsificación, la mayoría lo creería y se haría viral en 24 horas. A mediodía el gobierno comenzaría a negar que existiera, lo que daría veracidad a su existencia.

Las primeras peticiones serían históricas, la gente querría saber quién había iniciado realmente ciertas guerras, qué ocurrió con reyes desaparecidos o quién había cometido determinados crímenes, pero después llegarían las preguntas religiosas.

Pese a que las religiones exigieron que no se utilizara, millones de personas exigirían que la máquina mostrara acontecimientos que habían ocurrido miles de años atrás.

No todos buscaban destruir sus creencias, algunos querían confirmar aquello en lo que habían creído toda su vida. Otros querían demostrar que los demás estaban equivocados.

Los científicos pedirían acceso a ella mientras que los ciudadanos exigirían transparencia. Por primera vez en la historia, todos tendrían miedo de la misma cosa: la verdad. Porque la verdad no siempre une.

Algunas personas descubrirían que sus héroes habían sido cobardes, que sus países habían nacido de traiciones, que guerras consideradas gloriosas habían comenzado por razones mucho más miserables. Familias enteras descubrirían que sus antepasados habían mentido durante generaciones, y algunas religiones se enfrentarían a pruebas que contradecían interpretaciones mantenidas durante siglos.

Las personas que recibieran respuestas que confirmaran sus creencias tampoco quedarían satisfechas, querrían saber más, una respuesta generaría diez preguntas; una verdad destruía una duda y creaba otra.

Las redes sociales se convertirían en campos de batalla. Historiadores serían amenazados, científicos serían perseguidos, líderes religiosos sufrirían atentados».

Comprendieron que el verdadero peligro de la máquina no era lo que pudiera revelar, si no lo que la gente haría después de conocerlo. Durante miles de años, la humanidad había construido sus sociedades sobre relatos compartidos. Historias sobre héroes, historias sobre dioses, historias sobre guerras, historias sobre el origen de los pueblos. Algunas eran ciertas, otras no, y cuando la posibilidad de comprobar cada una de esas historias apareciera ante sus ojos, el mundo empezaría a dividirse aun más entre quienes querían conocerlo todo y quienes preferían vivir con sus propias verdades.

La humanidad era incapaz de ponerse de acuerdo sobre qué hacer con la verdad. Si pudieras descubrir que toda tu vida has estado equivocado, ¿realmente querrías saberlo?.

César cerró el expediente, guardando toda la información cifrada en la granja de datos que Barnabots Technology disponía en sus entrañas, y se retiró a su despacho.

Capítulo 14. Fratrum Veritatis, 1332

Estaban cansados, les faltaba el aire. El ascenso de aquella montaña en medio de la nada estaba costando más de lo que esperaban.

Ya se divisaba la cumbre, pero parecía que estaba a mil kilómetros de distancia. Llegaron a mediodía, exhaustos, pero decididos a cumplir con el plan que, hasta entonces, había salido a pedir de boca.

La Hermandad había aterrizado en la Corte de Valencia y se había introducido en las entrañas de la Corona de Aragón, algo que no costó demasiado debido al carácter bondadoso de Alfonso IV de Aragón, El Benigno.

Se hicieron indispensables, financiando primero la guerra por el dominio de Cerdeña, en el preciso momento en el que llevaban algunos años de desgaste, y ahora la guerra arago-genovesa. Esto hizo que el Ilustre de grado 10 de la Hermandad fuese nombrado Consejero del Rey, lo que dio aun más poder a la Hermandad.

Con el paso del tiempo, infiltraron Hermanos en las principales Órdenes religiosas y en algunas Cortes en Cataluña, Castilla, incluso en el Reino nazarí de Granada, que iba perdiendo territorios paulatinamente frente a la Corona de Castilla.

Los consejeros de la Hermandad aconsejaban a sus Reyes según sus propios intereses, por lo que podía deducirse que los Reyes eran marionetas en manos de la Hermandad.

En el caso de las Cortes de Cataluña, los señores comenzaron a sufrir los efectos de una gran crisis que se extendería a la Corona de Aragón, con una caída de sus rentas feudales, producida tanto por el descenso de la producción como por el descenso de la población. Esta situación fue aprovechada por la Hermandad para dotar de crédito al Principado de Cataluña, que se cobrarían con creces. Financiaban por una lado, y se cobraban por otro.

Una vez los dos Hermanos llegaron a la cumbre, descendieron por la ladera contraria hasta llegar a un pequeño terraplén natural. Allí empezaron a excavar hasta dar con una caja de madera labrada con cantoneras doradas. En su interior, envuelta en una tela, un trozo de códice escrito en griego.

Lo cogieron con sumo cuidado, deleitándose por tener entre sus manos aquella reliquia histórica. Estuvieron varios minutos con aquel trozo de cuero, acariciándolo, porque no sabían griego para poderlo leer.

De repente fueron conscientes del peligro. Podían haberlos seguido, podían estar esperándoles para darles muerte y arrebatarles aquel tesoro enterrado desde hacía tanto tiempo, así que rápidamente lo metieron en el tubo metálico que llevaban, lo metieron en el zurrón y pusieron pies en polvorosa, no sin antes volver a enterrar la caja para eliminar pistas de su paradero, ya que era grande y pesada y no podían llevarla con ellos, y haberla quemado habría delatado su posición por el humo a posibles perseguidores.

Atravesaron a pie parte de la cordillera, dando rodeos para despistar a posibles espías. Llegaron al claro de un bosque a los pies de la cordillera donde les esperaba otro Hermano con los caballos, montaron y cabalgaron juntos hasta llegar a un cruce, donde se separaron, uno dirección Trujillo y el otro, junto con el que guardaba los caballos, dirección Córdoba.

Llegaron de noche, pese a que cabalgaron a todo lo que daban sus monturas y las de refresco que consiguieron en la casa de postas. Fueron recibidos como héroes; por fin traían el tesoro a casa. Desmontaron, seguidos por una cohorte de Hermanos y soldados que vigilaban de cerca. Llevaron a buen recaudo el códice y celebraron la gesta con un gran festín que se extendió hasta la mañana del día siguiente.

Ahora debían unificar las tres piezas que formaban el códice de Jesús. Dicha unificación estaba prevista para un día indeterminado, el cual solo dos Hermanos, el Maestre y el Gran Maestre conocían. La cita fue en Toledo, seis días después.

Este hito fue muy importante para la Hermandad, puesto que llevaban casi 60 años escondiendo el códice desde que fueron recuperados las dos partes que les faltaban, en Cafarnaúm y Belén en 1276 en el ya perdido Reino de Acre. La primera parte del códice ya la tenían en su poder:

Por su relativa cercanía y lugar de paso hacia Tierra Santa, las guerras de los cruzados habían involucrado a algunas regiones de la de la península de Anatolia, donde se crearon los estados cruzados del Reino Armenio de Cilicia, Condado de Edesa y el Principado de Antioquía.

En el castillo de Baktozar, su Señor, Alcides, un fanfarrón de antepasados griegos, alardeaba de tener bajo su posesión parte de un códice atribuido a Jesús de Nazaret. Contaba tantas historias inventadas que pocos de sus invitados, muchos de ellos templarios, le prestaban atención en los inacabables festines de los que solía abusar. Pero uno de aquellos templarios, sentado en penumbra, sí que prestaba atención.

Aguardó paciente, sin tomar ni una gota de alcohol. Cuando terminó la juerga unas horas más tarde, con los invitados borrachos tirados por el suelo, se acercó a Alcides, el cual iba tan borracho que apenas podía articular palabra, y le sonsacó todo lo relativo al supuesto códice y su ubicación en el castillo.

A esas horas de la noche en las que no quedaba nadie en pie, aquel templario, siguiendo el relato de Alcides, bajó a la sala de armas y en un rincón, a la altura de las rodillas, con la ayuda de un estilete sacó una de las piedras que estaba suelta, dejando a la vista un gran hueco en el que había un tubo de metal con parte de un códice escrito en griego.

Dándose cuenta de la importancia de aquel legajo, a partir de ese día se inició la búsqueda de las otras partes del códice, del que desconocían de cuantas partes estaba formado, dando en años venideros con las situaciones geográficas de Cafarnaúm y Belén.

Ahora por fin podían tenerlo completo, estudiarlo, y sobre todo, custodiarlo. Nadie más que la Hermandad Custodum Fidei podía conocer la existencia de dicho códice. Pese a que se intentaba mantener en secreto, no debemos olvidar que muchos antiguos templarios que conocían o sospechaban de la existencia del códice acabaron en otras Órdenes y querían hacerse con él.

La Hermandad se reunió en secreto en el Castillo de San Servando. Allí, oculto bajo la roca, existía un pasaje secreto, un túnel horadado en la roca que descendía hacia el río Tajo y atravesaba sus 83 metros oculto bajo el Puente de San Servando, para reaparecer en el torreón occidental. Muy pocos conocían su existencia, y quienes lo sabían juraban silencio.

En aquel túnel existían unas pequeñas instancias repartidas a lo largo que hacían las veces de salas de armas. En la más alejado al castillo se reunieron los miembros más importantes de la Hermandad para dar cumplimiento a uno de los mandamientos de su Hermandad, el ritual de la recuperación.

Ataviados con sus ropajes rituales, adoraron al códice. El Gran Maestre leyó en voz alta a la luz de las lucernas aquellas palabras escritas en griego hacía más de un milenio. A cada pausa del Gran Maestre, los Hermanos repetían al unísono «Custodum Fidei». Al terminar, lo bendijeron y bebieron sangre de un iniciado para firmar el ritual.

Ya eran muchos Hermanos. La hermandad se apostaba en todos los puestos de poder posibles, lo que conllevaba una gran responsabilidad y por ese motivo el ritual de iniciación se había modificado para ser más exhaustivo. El iniciado del cual bebieron su sangre, llamado David, logró finalizar el ritual sin demasiado esfuerzo.

Capítulo 15. Sentencia y venganza

Jesús había salido de la casa de María y vagó un rato, distraído en sus cavilaciones, meditando el alcance que podría tener su revelación. Cuando recobró la atención vio que estaba cerca del huerto de Getsemaní, en el monte de los olivos. Se dirigió allí a orar, ya que puede que no fuese profeta de nadie pero sí era creyente, aunque no muy practicante, algo que traía de cabeza a sus padres.

Se colocó de rodillas y se cogió las manos implorando a Yahvé. Le pidió perdón por haberse hecho pasar por un falso Mesías y desviado a las masas de su sagrado camino en pos de otra fe y otros Dios falsos. Y así se encontraba cuando apareció un grupo de guardias del Templo y algunos soldados. Jesús, de espaldas, los oyó llegar, y cuando lo reprendieron, él no hizo nada por escapar, estaba convencido de que merecía el castigo que le impusieran por haber engañado a tantos infelices. Pedro se encontraba escondido tras una gran piedra siendo testigo oculto de todo lo que estaba sucediendo.

Lo apresaron con saña y fue llevado ante el Sanedrín Anás, suegro de Caifás, para ser interrogado antes del juicio.

─Así que tú, insignificante criatura, eser Jesús, hijo de José el carpintero, el que dice ser el Mesías de un nuevo Dios ─preguntó con sorna Anás. Jesús permanecía arrodillado, cabizbajo y con las manos atadas con cuerda de pita ─¿No dices nada?

En ese momento Jesús alzó la cabeza y lo miró, compasivo. Anás sintió algo parecido al miedo, *«Qué mirada más poderosa»* pensó, *«Este hombre podría haber liderado realmente una revolución social del pueblo judío»*, y eso le dio aun más miedo.

─Vuelvo a repetirlo, ¿eres el Mesías de Dios? ─Jesús continuaba callado, con aquella intensa mirada que incomodó en exceso a Anás ─¡Guardias, lleven a este hombre ante el Sumo Sacerdote! ─ordenó, retirando la mirada de Jesús, malhumorado, más por el temor que le infundía que por la falta de respuesta.

Unos guardias lo levantaron y lo llevaron ante Caifás, quien interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de sus enseñanzas. Como sabía que Jesús era poderoso solo con su presencia y no iba a ser fácil acusarle de nada, pagó a varias personas para que hicieran de falsos testigos, pero sus declaraciones no coincidieron. Caifás perdía la paciencia por momentos.

─Te conjuro por Yahvé vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de tu Dios.

─Tú lo has dicho. Además os digo que en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo.

Caifás no supo qué decir a esa frase cargada de simbolismo que apenas entendió.

Jesús sabía que era odiado por los Sumos Sacerdotes y con aquellas frases de inculpación pretendía terminar con todo aquello, así que reconoció ser el Mesías y además ser el hijo de Dios. Ante esta respuesta, Caifás rasgó sus vestiduras. Como no podían condenarlo a muerte directamente por falta de pruebas sólidas, lo acusaron de blasfemia, un delito muy socorrido en aquella época.

─¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ya lo veis, acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? ─dijo Caifás apuntándolo nerviosamente con el dedo acusador.

─Es reo de muerte ─gritaron al unísono los del Sanedrín.

Le vendaron los ojos y lo trasladaron en un asno a una celda durante varios minutos que le parecieron horas. Era muy pequeña, no podía ponerse de pie ni estirar las piernas estando sentado.

Como según la Mishná (la ley judía), los juicios eran ilegales durante la noche, al amanecer, el Sanedrín se reunió brevemente de manera formal para legalizar el veredicto de la noche y redactar los cargos políticos. Pero el Sanedrín no tenía autoridad legal para aplicar la pena de muerte bajo el dominio del Imperio Romano, así que debían presentar el caso ante el gobernador romano, Poncio Pilatos, que era el prefecto romano de Judea, quien actuó como autoridad política decisiva.

─¿De qué delito acusan a este hombre?, ¿por qué no lo juzgáis bajo vuestra propia ley?

─Nosotros no tenemos ninguna autoridad para ejecutar a nadie, magnánimo Pilatos ─objetaron los Sumos Sacerdotes.

─¿Ejecutar?, ¿pues qué ha hecho?

─¡Ha blasfemado!.

─Ya veo, a ver, ¿eres tú el rey de los judíos? ─preguntó dirigiéndose a Jesús.

─Eso parece, sí.

─Tu propio pueblo te ha entregado, ¿qué has hecho?

─Mi reino no es de este mundo.

─¡Así que eres rey!

─Vine al mundo para dar testimonio de la verdad ─Poncio se dirigió a los Judíos.

─Yo no encuentro que este sea culpable de nada.

El clima espiritual del judaísmo del segundo Templo era el clima religioso no solo de Judea sino también de Galilea, pero los romanos no realizaban ejecuciones basadas en transgresiones a la ley judía; por tanto, el cargo de blasfemia no tenía validez para Pilatos. No obstante, la presión política de los líderes religiosos y de la multitud decantó la balanza. Pilatos pensó que tenía que llevarse bien con aquellas gentes de Judea. Los romanos no dejaban de ser colonizadores y sabía de sobras que no eran demasiado bien recibidos allí, ¿qué más daba un judío más o menos?, en el fondo no era su problema. De esta manera evitaba una rebelión contra Roma, pero no quería verse envuelto en un problema como aquél, así que para evadir responsabilidades, envió a Jesús ante Herodes Antipas, tetrarca de Perea y Galilea, el cual no se pronunció.

Los romanos eran contundentes en sus castigos, pero no bárbaros, así que no podía condenar a muerte por que sí a nadie, pero por otro lado, había mucho en juego. Pilatos tomó agua y se lavó las manos ante la muchedumbre.

─Pueblo de Judea, inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis.

Jesús fue llevado de nuevo a la celda. Las palabras de Poncio Pilatos dieron a entender a Caifás que tenían el beneplácito para hacer con el reo lo que quisieran, pero visto el aprecio que parecía tener Poncio por aquel al que llamaban Jesús de Nazaret, habiendo afirmado su inocencia y con la sospecha de posibilidad de dejarlo libre por la tradicional liberación de reo en Pascua, los Sacerdotes enviaron a un secuaz a darle muerte.

Después de pagar al carcelero una buena suma de siclos, y a la hora convenida, este dejó las llaves de las celdas encima de una pequeña mesa y salió un momento a hacer sus necesidades. En ese momento entraron dos hombres y abrieron la celda. Jesús, que no dormía, les miró y asintió con la cabeza. Ya sabía lo que iba a pasar. Mientras uno lo inmovilizaba por la espalda, el otro, llamado Longinos, lo apuñalaba con una hoja de lanza sin vástago en un costado.

A la mañana siguiente, cuando fueron a buscarlo, lo encontraron desangrado, aunque aun con vida. Para no enfadar al pueblo, y sobre todo, para no dar la impresión de descontrol por parte de la gestión romana, se siguió con el ritual de la crucifixión. Lo llevaron en una pequeña carreta tirado por animales de carga hasta la zona elegida, el Gólgota, situado cerca del exterior de las murallas de Jerusalén. Lo bajaron de la carreta entre dos hombres y lo tumbaron en el madero. Clavaron pies y muñecas y ataron sogas en los antebrazos. Entre varios funcionarios levantaron la cruz con Jesús atado a ella.

Según la ley romana, cuando un condenado era crucificado, se le quebraban las piernas para acelerar su muerte y evitar que sufriera durante demasiado tiempo. Sin embargo, en el caso de Jesús, los soldados romanos no le quebraron las piernas porque ya estaba muerto.

Pedro, que siguió todo el proceso y que había sido llamado ante Anás como testigo, se arrepintió profundamente. Una vez Jesús fue crucificado, sintió la necesidad de hacer algo, no sabía qué. No podría resucitar a Jesús, el embustero al que, pese a todo, seguía amando. Fue a ver al traidor Judas Iscariote, sabiendo que fue quien lo delató.

─Tu, mal hermano, ¿cómo pudiste hacer algo así?. Dicen que vendiste a Jesús por 30 monedas de plata. Dios sabrá darte el castigo que te mereces.

─¿Es que no lo ves? Jesús quería acabar con la fe, con nuestra fe.

─¿Nuestra fe?, ¿es que aun no eres consciente de que todo es una farsa?.

─No, Pedro, te equivocas. Mira a la gente, mira al pueblo ocupado por un imperio extranjero con el beneplácito de los Sumos Sacerdotes, mira como la gente está desesperada, y mira como la fe les ha dado esperanza, ¿quieres terminar con eso? ─señalaba a la nada.

─No puedo creer lo que oigo.

─¿Ah no?, mira, podemos hacer algo grande con esto, podemos plantar la semilla de la revolución en los corazones de todos y cada uno de los habitantes de Judea. En Galilea lo conseguimos, por qué no en Judea y en Samaria, quizá más allá. Podemos llegar a crear algo grande, solo debemos seguir el camino que ha abierto Jesús, aunque sea una farsa, eso no debe saberse. ¡Piénsalo!

A cada palabra de Judas, Pedro se iba convenciendo cada vez más. Quizá Judas tenía razón y eso era lo que tenía que hacer para honrar a Jesús, seguir con su fe. Tenía la cabeza llena de contradicciones. Por un lado, el corazón le decía que seguir con aquella fe, aunque hubiera empezado como una mentira, era lo correcto, pero por otra parte, su lado más racional le decía que seguir con una mentira era aceptarla, hacerla suya y alimentarla, algo que no pensaba hacer.

Por la tarde fue a ver a María de Magdala, que llevaba en cama desde el juicio de Jesús.

─No negaré que yo pensé lo mismo. Quiero seguir con sus enseñanzas, pero se me hace tan difícil ─María se puso a llorar, sentía mucho dolor por la muerte de Jesús y se sentía culpable, ¿cómo no vio lo que podía pasar?. Pedro puso una mano en su hombro de forma afectuosa.

─No te atormentes más. Lo haremos si es lo que quieres, creo que los demás estarán de acuerdo, pero no creo que Judas tenga que seguir con nosotros, es avaricioso y jamás ha hecho grandes profesiones de fe y lealtad, solo le mueve el poder.

─Tienes razón, ¡ese malnacido!, ¿pero cómo hacemos para que desista?.

─No lo se, no va a hacerlo de forma voluntaria. Pero si no hacemos algo, ayer fue Jesús, mañana podemos ser cualquiera de nosotros, se hará con todo y buscará la manera de acabar con quien no siga sus órdenes.

─Ese ser entregó a Jesús al Sanedrín y ahora está, ¡muerto!. Quiero vengar su muerte, ojo por ojo ─dijo María con los ojos inyectados en sangre, sollozando.

─Las enseñanzas de Jesús nos dicen que no debemos desear la muerte de nadie y.

─Será lo primero y último que hagamos antes de seguir con la fe y honrar a Jesús.

─Está bien, así lo haremos, hablaré con el resto y.

─¡NO!, no, no debe saberlo nadie. Si estás dispuesto dilo, si no, puedes irte en paz ─dijo María. Pedro se mostraba dubitativo.

─Puede que sepa cómo atajar el problema. Hay una zona de campo en el monte Sion al que Judas va muy a menudo. Me han dicho que tiene intención de comprarlo con las sucias monedas que le dieron por vender a Jesús. Allí podemos darle caza.

─Le tenderemos una trampa. Iré hasta allí y tu estarás oculto. Cuando lo tengas a tiro, procedemos.

─No sé, quizá, si, puede que tengas razón ─Pedro se dejaba convencer enseguida por María. Tenía la misma fuerza que Jesús, y además, estaba enamorado de ella, pero no osaba decirle nada a quien fue pareja del Mesías.

─Suele ir al atardecer, sentarse en un tocón de olivo y mirar la puesta de sol.

─Bien, debemos llegar allí antes que él para preparar la emboscada. ¡Venga, anímate!, es un mal trago, pero es por el bien de la nueva fe y por la honra de Jesús.

Faltaba poco para el atardecer cuando Pedro y María llegaron al campo. Buscaron un buen lugar y Pedro se escondió detrás de un muro de corta altura que hacía las veces de contención de la ladera sobre camino. María se escondió cerca del camino que llevaba al campo. Al poco apareció Judas. Caminaba lento, cabizbajo. Al llegar al campo se paró, miró al rededor y respiró hondo. Aquel paraje le transmitía paz. Entonces apareció María, quien como por casualidad, saludó a Judas.

─María, que grato verte aquí, ¿estás bien?

─Si, mejor. Quería hablar contigo. He pensado que quizá podríamos seguir nosotros con la nueva fe, pese a que, ya sabes.

─Si, precisamente hablaba esta mañana con Pedro al respecto. Creo que es lo mejor que podemos hacer.

─Debemos asentar las bases ahora que Él ya no está ─María bajó la cabeza tristemente ─sentémonos en aquel muro de allí.

El campo formaba una explanada de descampado rodeado de árboles y arbustos en lo alto de una de las laderas del monte Sión. Pedro permanecía agazapado detrás del muro, situado a la derecha.

Caminaron hasta el muro y se sentaron. Judas empezó a hablar. Parecía que ya había tomado las decisiones de cómo iba a ser la nueva fe, quien iba a formar parte y cuando, y todo aquello no le estaba gustando a María, aunque asentía con la cabeza e intervenía escuetamente con un «eso es» o un «estoy de acuerdo» para regalar los oídos a Judas, que se iba animando. En un momento dado en el que Judas terminó su perorata, tomó la palabra María.

─¿Sabes que opino de todo esto?

─Dime, tus palabras serán tenidas en cuenta.

─Pienso que Jesús no estaría de acuerdo.

─Bah, Jesús ya no está, quería tirarlo todo por la borda, arrasar la nueva fe y despojarnos de todo.

─Si, Jesús ya no está, ¿sabes por qué?, ¡por que tú lo entregaste, el traidor eres tu! ─dijo María con la ira dibujada en su cara.

─¡Insolente!, ¿cómo osas?.

En ese momento Judas se puso de pie encima del muro para amenazar a María, momento en el que se levantó Pedro de detrás y lo empujó fuertemente, que cayó al suelo. María cogió una gran piedra que lanzó con fuerza a la cabeza del delator, dándole muerte.

─¡Vamos, no te quedes ahí parado! ─dijo María a Pedro mientras le levantaba la cabeza. Pedro puso la piedra debajo para que pareciera un accidente.

─Venga, vámonos.

Echaron a correr, pero María apenas dio dos pasos. Estaba de pie mirando el cadáver de Judas y pensó que no era suficiente. Sacó un enorme cuchillo del interior de su túnica y rajó a Judas de arriba a abajo mientras todas sus entrañas se derramaban.

─Ya podemos irnos.

Capítulo 16. Un robo inesperado

César estaba en su despacho cuando oyó alguien corretear por los pasillos y gritar su nombre desde lejos hasta llegar a su puerta y entrar sin llamar.

─¡Señor!, ha de ver esto ─dijo el técnico sin resuello.

─¡Pero qué son esos gritos hombre!

─Los datos, faltan, alguien ha ─intentaba decir mientras señalaba con el brazo hacia donde se supone que estaba la sala de ordenadores.

─A ver buen hombre, cálmese. Tenga, siéntese y beba un poco.

César le tendió su silla y le ofreció agua. Aquel hombrecillo pequeño, calvo y con gafas de culo de botella parecía calmarse poco a poco.

─Señor, hemos detectado una intrusión en el sistema de almacenamiento. Se han filtrado 200 Gb de datos

─¡No puede ser! ─dijo César dando un puñetazo en la mesa ─¿lo han verificado?

─Si Señor, tres veces.

─¡Maldita sea!, ¿quien ha sido?.

─Estamos en ello, he querido avisarle lo antes posible.

─¿¡Cuando ha tenido lugar la extracción!?

─Hace unas dos horas. nuestros sistemas no han detectado la intrusión, lo que significa que muy probablemente.

─La intrusión ha sido efectuada desde dentro ─César terminó la frase ─Decreto el estado de emergencia 1, nadie podrá salir ni entrar, nadie podrá comunicarse vía telefónica, satélite o por internet.

César abrió su cajón de seguridad tras abrirlo con su huella dactilar, sacó una llave, se levantó y fue a un cuadro que evocaba el mar con un velero al fondo y un acantilado a la derecha. Lo abrió y detrás había un panel. Introdujo la llave, metió el código e seguridad y giró la llave. Toda comunicación quedó anulada, toda entrada y salida bloqueada y se activaron los generadores electromagnéticos para evitar dispositivos de comunicación. Quizá ya fuese tarde, pero tenía que hacerlo, era el protocolo. En ese momento se presentó Angelo.

─Quiero información cada 5 minutos, aunque sea para decirme que no hay novedades ─le dijo al técnico ─Angelo, quiero un recuento de personal, si falta alguien me lo dices, si hay alguien de más, me lo dices. ¡Qué hacéis aun aquí, largaos!

Angelo asintió serio y abandonó su despacho junto al técnico. César se dejó caer en su butaca y se llevó las manos a la cabeza, apoyando los codos en la mesa.

Tiago conducía el SUV de César por el Camí de la Rabassada a Sant Medir a gran velocidad, derrapando en las curvas. Llevaba consigo un ordenador IBM embebido en un maletín donde había descargado la información, que contenía tanto algunas grabaciones del hangar, como de la propia máquina y algunos informes de autenticidad realizados a varios clientes, entre los que constaba el Vaticano.

Entró a la B-20, conocida como Ronda de Dalt, y debajo del túnel que había a pocos metros le esperaba un Honda Civic orillado al arcén con las luces de emergencia puestas. Paró el SUV detrás, puso a su vez las luces de emergencia, cogió el maletín y bajó para subirse al Civic.

─Lo tenemos.

─¡Bien, estupendo!. Vamos a la central.

Tiago se encendió uno de sus cigarrillos. A ella no le importó, estaba pletórica. Salió por la salida 6 y bajó Esteve Terrades hasta Travessera de Dalt. Miraba compulsivamente que nadie les siguiera. Tiago ya llevaba 4 cigarros y esta vez si que a ella le empezó a molestar el humo, lo que hizo que bajara la ventanilla.

─Tío, ¡Cómo puedes fumar esa mierda!

─Psche ─dijo por toda respuesta.

Siguieron por Travessera y bajaron por Sardenya. Pasaron por delante de la Sagrada Familia. Tiago vivía en la ciudad desde hacía más de 40 años, pero jamás había visto, aunque fuese por fuera, aquel enorme monumento. Hasta él, persona impasible, se sorprendió por aquella enormidad de edificio.

Dos travesías más abajo giraron a la derecha y metieron el coche en el parking privado de un edificio. Ya a salvo, bajaron del Civic, subieron al ascensor y bajaron en la planta 7; allí tenían la oficina, que era la sede de la organización Equinox.

Entraron al despacho de Termidor, el gran Archilector de grado 18, y le entregaron el maletín.

─Bien, Germinal, les hemos asestado un duro golpe. Nos encargaremos de la difusión. Después de esto no van a tener más remedio que claudicar ─en la organización nadie usaba sus nombres reales, los cuales eran desconocidos por todos. Se apodaban con nombres relacionados con la Revolución Francesa.

─Si, Señor, la ayuda de Tiago ha sido muy valiosa.

─Bien, ha sido un trabajo magnífico, la organización sabrá corresponder como merece. Podéis retiraros.

*«Qué puto raro es este tío» pensaba Tiago mientras se dirigía a la puerta.

Termidor puso en marcha la primera fase del plan de Equinox. Sacó un conector del concentrador que tenía detrás del monitor de su escritorio, lo conectó al portátil y lanzó un programa llamado Epsilon, el cual gestionaba miles de cuentas en diferentes redes sociales. Seleccionó la carpeta del portátil y Epsilon se encargó de separar la información, lanzarla a redes sociales, etiquetar, generar hashtags, interconectar esa información y replicarla entre cuentas.

*«Os tenemos, malditos pirados»*

Las grabaciones y los informes se hicieron virales. En cuestión de horas todo el mundo replicaba la información en las redes sociales X, Instagram, Facebook, el Fediverso, TikTok y en todas las apps de mensajería como Whatsapp, Telegram, Signal, XMPP, etc. Por su parte, los bots de turno inventaban bulos al respecto y tergiversaban informaciones de forma torticera. Youtubers de todo el mundo con millones de seguidores sacaban sus conclusiones, científicas, conspiranoicas o con sesgos políticos.

César se vio obligado a actuar. Como esta situación la tenían prevista, y sabía que cuanto más se mantuviera en silencio peor para Barnabots Technology, hizo un comunicado de prensa:

«En vista de los falsos acontecimientos que circulan por las redes sociales, desde Barnabots Technology queremos hacer las siguientes declaraciones.

Nuestra empresa es líder en el sector desde hace más de 30 años. Ninguna otra multinacional, corporación o gobierno, por poderosos que sean, han sido capaces de desarrollar la tecnología que nosotros tenemos. El espionaje industrial es cada vez más sofisticado y despiadado, por eso en Barnabots Technology hemos mantenido en el más estricto secreto nuestra tecnología.

No hacemos brujería, no viajamos al pasado como gente sin escrúpulos al servicio de corporaciones rivales han querido afirmar en redes sociales. Nuestra tecnología lleva al extremo otras tecnologías que ya existen y se usan con normalidad.

Mediante un sistema de realidad aumentada de utimísima generación y un sistema de IA propio patentado por el grupo Rosehead, del que depende Barnabots Technology, hemos conseguido acercarnos a los eventos históricos más dudosos para poder confirmar su veracidad o refutarla, con un porcentaje de acierto de más del 90%, incluso del 100% en muchos casos.

Así pues, desmentimos todos los rumores, que de manera interesada, han esparcido por las redes sociales grupos de poder rivales.

Daremos más explicaciones próximamente.

César Marín

CEO Barnabots Technology»

Las redes sociales eran un hervidero. Todo se movía en varios grupos, los que creían el comunicado, los que no lo creían en absoluto, los conspiranoicos y las redes de bots que esparcían bulos, atacándose todos contra todos. Pero el efecto que perseguía César se había conseguido, mover el foco de atención sembrando la duda.

Para dar más credibilidad, subieron un vídeo a las cuentas oficiales de Barnabots Technology enseñando cómo funcionaba su sistema. Evidentemente era una representación preparada única y exclusivamente para situaciones de este tipo, y funcionó bastante bien. Habían conseguido esquivar esa bala esta vez. Ya en su pequeño despacho del laboratorio, se sirvió un Wisky Dalmore Selene, se sentó en su butaca y respiró aliviado.

Capítulo 17. La despedida

Habían pasado unas semanas desde el asesinato de Judas Iscariote. Quisieron darse tiempo para volver a reunirse, habían sucedido muchas cosas y debían asimilarlas, unos más que otros. Tanto María como Pedro ocultaron su acto a ojos del resto. Una escueta investigación reveló que Judas Iscariote cayó de cabeza, se reventó por en medio, y todas sus entrañas se derramaron. Nadie quiso ahondar después de lo ocurrido con Jesús, y menos por un traidor como aquel Judas. A partir de aquel día a aquel campo se le llamó Akeldamá (campo de sangre).

La reunión de aquella noche fue la primera desde que sucedió todo aquello algunas semanas después. Tenían que decidir qué hacían con la nueva fe, si seguirla o enterrarla. La reunión se hizo de nuevo en casa de María, madre de Marcos evangelista, en el cenáculo. Habló María de Magdala, la más elocuente.

─Amados, algunos creemos que deberíamos seguir con la nueva fe pese a que Jesús ya no esté entre nosotros.

─Pero hermana, sabemos de dónde procede la fe que tu quieres continuar, ¿no estaríamos ante un pecado de vanidad? ─dijo Santiago.

─Si, no creo que debamos seguir con la mentira de Jesús ─apuntó Natanael tímidamente.

─Pero mirad a vuestro alrededor, la gente cree, por fin la gente tiene esperanza ─Pedro copió las palabras de Judas, y esto le provocó una punzada en el corazón y asco.

─Si, eso es cierto, ¿mas no es verdad que saberse seguidor de una mentira nos aflige el corazón? ─habló Felipe. Pedro se llevó la mano al pecho.

─Hermanos, discípulos todos, ¿es más profeta aquel que se pone en el muro a predicar sus doctrinas?, ¿o lo es aquel que se autodefine como Mesías? ─siguió María.

─Pero esos son charlatanes que con burdas promesas.

─No, algunos esperan un Mesías davídico, guerrero y restaurador del trono de Israel, otros aguardan un líder sacerdotal o incluso dos Mesías diferentes, uno real y otro levítico, ¿cual de ellos está en lo cierto?, todos a su manera. El título de Mesías no implica necesariamente divinidad, sino un líder que instaurará la justicia divina. Pero de entre todos esos profetas, el pueblo eligió a Jesús.

─Pero Él ya no está entre nosotros.

─Tenemos sus enseñanzas.

─¿Y tenemos sus milagros?

─¿Milagros?, sabéis que todo fue una farsa, ¿verdad?, no existen tales milagros, la gente creyó y eso bastó ─todos agacharon la cabeza.

─¿Pero quien de nosotros será el nuevo Mesías?, nadie creerá en la nueva fe sin Jesús.

─Para eso he ideado un plan ─dijo María.

Les contó que Jesús no murió realmente, ya que no se puede matar al hijo de Dios. Jesús resucitó a los tres días y marchó por el mundo a predicar sus enseñanzas. Para dar más énfasis al engaño que sentaría uno de los pilares de la fe cristiana, ellos deberían hacer lo mismo.

No entendían demasiado de lo que decía María, hablaba igual que Jesús, y algunos eran reacios a embarcarse en tamaña empresa. Sin embargo, los días iban pasando y a cada reunión María hablaba con palabras preclaras y elocuentes, y todos estaban cada vez más convencidos, porque sus palabras les llegaba al corazón. *«Sin duda, si María Magdalena no fuese mujer, sería el nuevo Mesías»* pensaba Pedro.

El día de Pentecostés marcó el inicio de la Iglesia y de la predicación apostólica. En la última reunión se puso el broche de oro al inicio de la expansión de la nueva fe. Pero antes debían solucionar un cabo suelto.

─¿Qué hacemos con el manuscrito de Jesús? ─preguntó María.

─Debemos deshacernos de él, ¿estamos de acuerdo? ─respondió Pedro, que siempre reconducía la asamblea por donde María decidía.

─Si, opino igual, si hemos de seguir con la nueva fe, ese códice no puede caer en manos de nadie ─dijo Juan.

─Creo que debemos entregárselo a María, quien fue la más cercana a Jesús, y sin duda la más dolida de todos. Que sea ella quien decida cómo destruirlo ─todos asintieron, en el fondo nadie quería esa responsabilidad.

─Si, lleváis razón. Lo memorizaré y lo destruiré.

─¡Sea! ─dijeron todos al unísono.

─Bien, amigos, hermanos, he decidido los lugares a los que deberemos ir a predicar la nueva fe ─empezó a leer a modo de lista:

Santiago el mayor, hijo de Zebedeo y Salomé, te dirigirás a la península Ibérica.

Andrés, tu irás a Epiro.

Natanael, tu irás al este, donde los elefantes tienen las orejas pequeñas.

Matías, tu irás a la capadocia.

Tomás, viajarás hasta la Asia Menor de Alejandro Magno.

Mateo, amado de Jesús y llamado por Él Leví, tu irás a Etiopía del Mar Caspio.

Pedro, hijo de Jonás, tu irás a Siria.

Felipe, a ti te tocará viajar a Hierópolis, en la península Helena.

Simón, el Zelote, te dirigirás a Egipto.

Santiago el menor, hijo de Alfeo, tu te quedarás aquí, pues eres muy querido por todos y te necesitan.

Judas Tadeo, tu te dirigirás a Persia.

Juan y yo iremos a Éfeso, compartiendo parte del camino con Judas Tadeo.

Todos se hallaban afligidos, terminaron de cenar en silencio, cavilando cada cual con el papel que le había tocado.

─Hermanos, no estéis apesadumbrados. Sabíamos que la nueva fe exigiría sacrificios personales. Como dijo Él, cuando el alma dude, aferraos con más fuerza a la fe, pues ella os devolverá multiplicado el gozo que por ella sufrís. Allá dónde vayamos, Él estará con nosotros, dándonos aliento.

Al terminar, se despidieron y abandonaron la casa de María.

Pasaron los días. Hechos los preparativos y antes de partir con Juan hacia Éfeso, María partió en tres trozos el códice. Dos de los trozos los enterró en dos lugares diferentes, bien protegidos por tubos de cobre. *«No puedo deshacerme de la última obra de mi amado Jesús, no puedo»* pensaba entre lágrimas mientras acariciaba con la punta de los dedos las letras manuscritas.

Durante algunos días, recorrió Judea, Samaria y Galilea buscando los lugares perfectos para enterrar los tubos de cobre. Se decantó por Cafarnaúm y Belén. El tercero lo llevaría a Éfeso y lo escondería allí.

*«Si algún día futuro las gentes llegan a entender la gran mentira de la nueva fe, este códice será sin duda la prueba que necesitarán, aunque dudo que esta fe llegue muy lejos en el tiempo»*. Se equivocaba.

La noticia de la nueva Iglesia corrió como la pólvora. Herodes decidió apresar a algunos miembros de la Iglesia para torturarlos. Hizo matar a espada a Santiago, hermano de Juan, y al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener también a Pedro, quien pudo escapar. Aquello detonó la marcha de los discípulos, los cuales escaparon cada uno hacia otras latitudes, predicando los evangelios por todo el mundo conocido hasta el fin de sus días.

Capítulo 18. Una dura revelación

Los siguientes días fueron de biblioteca para Lara. Se encerró en su despacho en la comisaría y apenas comía ni bebía, aunque los cigarros caían por paquetes. *«Tengo que dejar la mierda del tabaco»* se repetía sin mucho éxito.

Veía una relación evidente entre César e Isaac, que no solo se limitaba a la coincidencia de trabajar juntos esporádicamente en algunos proyectos. Aquellos individuos se le estaban riendo en su cara y eso le daba mucha rabia.

Había cruzado los datos que tenía en un mapa que tenía en la pared, con chinchetas de colores, fotos de los personajes y lineas de colores, como hacía el FBI en las películas. Todo se centraba en César, Isaac y la enigmática Germinal, de la que no volvió a saber más, pese haber intentado contactar con él o ella.

─¡Qué cojones se me escapa, ostia!

En ese momento se abrió la puerta de su despacho, del que salió un humo que parecía Londres en el siglo XIX.

─Lara, está Álex aquí, ¿le digo que pase? ─Matías asomaba la cabeza por la puerta.

─mmm, noooo, dile, dile que no puedo ─En ese momento entraba Álex.

─¿Que no puedo qué?. Venga Lara, llevas aquí dentro tres días alimentándote solo de humo, vas a caer enferma.

─No, Álex, casi lo tengo, he de quedarme.

─No, Lara, lo tendrás cuando descanses la mente. La solución la tienes ahí delante y no la ves porque no das más de ti. Deja que Rubén y el nuevo ese, Eloy, te ayuden.

─Ahí tiene razón ─intervino Matías.

─No son tan buenos como yo.

─Ese es tu problema, no eres capaz de ver que unas horas sin ti no van a cambiar nada, y que tus compañeros son casi tan buenos como tu. Venga, nos vamos, y no acepto un no por respuesta.

Cogió su bolso y su chaqueta, la cogió por el brazo y la arrastró fuera. Lara casi se cae de lo fuerte que la arrastró.

─Vale, vale, no hace falta que me lleves como a un detenido, sé ir solita ─dijo Lara y se zafó de la mano de Álex mientras se estiraba la manga de su jersey con total dignidad.

De camino a casa no cruzaron una palabra. Lara estaba enfadada y pensativa, no paraba de darle vueltas al caso.

Llegaron a casa de Lara, se quitaron chaquetas y bolsos y Lara se fue directamente a la ducha por orden de Álex, mientras esta preparaba una cena frugal. Cenaron casi en silencio. Álex intentaba que desconectara, pero Lara respondía solo con monosílabos. Álex no sabía qué hacer para que Lara desconectara un rato. Después de cenar, Lara notó el cansancio como el golpe de calor que te da en verano al salir de un local con aire acondicionado. Dio las gracias a Álex y se fue a la cama.

Empezaba a dormirse cuando notó la presencia de Álex que se había acostado a su lado. La abrazó por detrás tímidamente al principio, y al ver que Lara no hacía por apartarse, la abrazó más estrechamente. Lara notó su piel, estaba desnuda. Su corazón se aceleró, y no pasó desapercibido para Álex, que empezó a darle besos por el cuello. Lara empezó a respirar aceleradamente y eso gustó a Álex, que siguió besando el cuello de Lara, bajando a sus hombros y a su clavícula izquierda. Lara, que aun seguía de espaldas a Álex, se giró hacia ella, se miraron y se besaron. No sabía bien qué estaba haciendo, Álex la perturbaba demasiado, pero estaba cansada para iniciar elucubraciones, así que se dejó llevar. Cogió los pechos de Álex y los acarició, luego lamió sus pezones, que se pusieron erectos. Ahora era Álex quien respiraba agitadamente. Bajó la mano a su sexo y lo acarició, con un gran gemido de Álex. Inició una masturbación, lentamente al principio, subiendo de ritmo conforme Álex jadeaba y se mojaba. Llegada al orgasmo, se incorporó y desnudó a Lara.

La noche iba a ser larga.

Se despertaron a media mañana. Desayunaron entre risas, más bien devoraron. Lara dio un largo beso a Álex y se fue a la comisaría.

Álex tenía razón, ahora lo veía todo más claro. Para colmo le llegó por sus redes sociales y por parte de la propia comisaría la filtración de las grabaciones y acusaciones a Barnabots Technology. Tenía que hablar con César de nuevo, y esta vez no iba a ser tan educada. Recuperó la tarjeta que le había entregado César del segundo cajón y lo llamó. Salió rumbo al despacho de César y por el camino lo seguía llamando porque no lo localizaba. Varias llamadas y casi una hora después, al fin pudo hablar con él.

─Es usted caro de oír.

─Señorita Gámez, digamos que hemos tenido un poco de lío por aquí últimamente.

─¿Por qué será que esa frase me suena?, usted y su amiguito Isaac Garay van de capa caída últimamente, ¿verdad?

─Bueno, ya sabe, el espionaje industrial.

─Yaaaaa, ya, ya, el espionaje industrial bla bla bla. Mire, debemos vernos lo antes posible, estoy en el edificio suyo donde estuve la última vez.

─Vaya, es usted implacable. Lo cierto es que no me hallo allí ahora y.

─Pues ya puede estar viniendo, o dígame donde está usted y voy yo.

─Me temo que no va a poder ser hoy.

─Me temo que sí. ¿Sabe una cosa?, con todo lo que está pasando, no querrá que pida al juez una orden de registro de sus oficinas, sería un estacazo tal y como están las redes sociales, y créame que si la pido me la dan así ─Lara chasqueó los dedos delante del celular.

─Es usted muy persuasiva. Mire, es cierto que ahora tengo mucho lío, pero si le parece, en hora y media estoy allí, ¿hace?.

─Yo no tengo prisa, así que por mi vale.

─Bien, pues espéreme allí y sobre las dos me tiene allí.

─Muy bien, hasta entonces.

Lo tenía comiendo de su mano. Ya casi estaba llegando al edificio. Se sentó en el hall y esperó allí atentamente, observando a las recepcionistas y a la gente que subía y bajaba, buscando algún patrón.

A las dos y cuatro minutos llegaba César, saludaba a Lara y subían a su oficina.

─Mire, le voy a ser muy clara. Tengo pruebas sólidas de la connivencia entre Isaac Garay y usted, y de ambos con Torroella, me mintió la otra vez, y no me gusta que me mientan.

─Viene fuerte, me gusta. Si, es cierto, nuestras empresas trabajan estrechamente y nosotros nos conocemos desde hace tiempo.

─Los cadáveres encontrados en los yacimientos, la desaparición de ciertas piezas, todas similares, la muerte «accidental» de un supuesto miembro de una supuesta secta llamada, espere ─Lara miró sus notas ─Custodum Fidei, y ahora todo el rollo este de la filtración de vídeos e informes de, ¡MIRE, no me creo una mierda! ─dijo Lara levantándose de la silla en la que estaba y encarándose a César.

─Cálmese señorita Gámez, nosotros.

─No, quien ha de calmarse va a ser usted cuando lo empuremos por encubrimiento, falsedad documental, asesinato y todo lo que pueda meterle por el puto culo, ¿me entiende?.

─Ahora me va a escuchar usted a mi. Ha de dejar la investigación, y ha de hacerlo ya.

─¿Me está amenazando?

─En absoluto, es un consejo que le doy desde mi más sincera amabilidad y respeto. No tiene ni idea de dónde se está metiendo.

─Vaya, esto ya lo he oído antes, ¿sabe?

─Veo que no solo ha molestado al grupo Rosehead, ¿a quien más ha tocado las pelotas? ─preguntó con retintín César.

─¿Y a usted qué le importa?

─Déjeme adivinar, alguien contactó con ustedes para decirles que dejaran de investigar, ¿cierto?, y me atrevería a decir que fue alguien de la Hermandad o de.

─Mire, me tiene muy harta, y su amiguito Isaac ni le cuento. Nadie va a dejar de investigar nada, ¿me entiende?

─No me deja más remedio.

Se metió la mano en la gabardina, y en ese momento Lara sacó su pistola y se puso en guardia, apuntándole en la cabeza. César levantó la mano izquierda y sacó lentamente la mano de la gabardina, que sujetaba su celular.

─Tranquila fiera, solo quiero hacer una llamada ─dijo mientras enseñaba el smartphone en su mano y con el dedo índice de la otra lo señalaba. Lara hizo un ademán con la cabeza para que llamara ─Angelo, ven a buscarnos ─colgó ─Señorita, nos vamos, he de enseñarle algo.

Angelo llegó en 5 minutos, subieron al SUV negro que habían recuperado de la Ronda de Dalt, y fueron a las instalaciones de tecnología, situado en la urbanización privada del Camí de la Rabassada a Sant Medir.

─Señorita Lara, es usted ruda y cabezota, pero creo que lo que le voy a enseñar va a ser capaz de mantenerlo en secreto y, quizá, le haga cambiar de opinión, ¿puedo confiar en usted?

─No puede, ¡por Dios, que soy una puta madera, coño!.

─Eso me convence más aun.

─¿No me ha oído? no pienso dejar el caso para ser cómplice de nada, ni encubrirlo en nada, es más, me lleve donde me lleve, mis hombres saben dónde voy y con quien, así que cuidadito con lo que se le ocurra hacer.

─Claro, querida, no podía esperar menos de usted. ¿Tiene alguna llamada?

─No sé, ¿por? ─Lara sacó el celular y vio que no tenía cobertura.

─Este vehículo está preparado contra señales electromagnéticas, no podrá llamar, ni recibir llamadas, ni su micro o localizador, si lleva, funcionan aquí dentro. Y al lugar al que vamos tampoco, así que si quiero matarla, lo hago ahora y listos, pero tranquila, no pensaba hacerlo. Lo que sí he de hacer ahora es vendarle los ojos, ya sabe, el espionaje y eso.

Lara se asustó más de lo que le hubiera gustado, de repente estaba en la boca de un lobo que no sabía si mordía, totalmente a su merced. Pese a que se resistió, no le quedó otro remedio, incluso empezó a marearse con tanta curva, ¿o quizá porque la adrenalina empezaba a hacer de las suyas?. Llegaron a la urbanización y Angelo metió el coche en el parking, la plataforma descendió y Lara se quedó perpleja, *«¡bajamos!»*.

─¡Pero dónde me llevan!

─Enseguida lo verá.

Descendieron los 60 metros que los separaban de la superficie y se bajaron del vehículo. César hizo un gesto a Angelo y este afirmó con la cabeza, quedándose parado delante del SUV cogiéndose las manos y separando los pies, en su posición neutra de esperar órdenes. César retiró la venda a Lara. Por suerte aquel lugar estaba poco iluminado y no le molestó la luz. Para cuando llegaron a las instalaciones del laboratorio de tecnología, sus ojos ya se habían acostumbrado al aumento en la iluminación.

─Está usted en el laboratorio de Barnabots Technology, el secreto mejor guardado del grupo Rosehead. Aquí desarrollamos la tecnología de verificación de piezas arqueológicas.

─Ah, si, lo de la IA esa y demás, ya lo vi en las redes.

─Jajaja, no señorita Gámez, aquí desarrollamos una tecnología por la que usted va a dejar de investigar el caso, se lo garantizo.

─Pero qué pesado es usted, no insista en eso.

Caminaron por los túneles hasta llegar al hangar. César se quedó mirando la máquina y luego miró a Lara.

─¿Tienen servicio de dentista aquí abajo? ─dijo mientras hacía un gesto con la barbilla señalando la máquina.

─Jajajaja, es usted muy graciosa. Lo que tiene usted delante es una unidad de viaje, lo que alguien apodó como La nave del tiempo. Hemos sido capaces de viajar al pasado. Verá, hace unos siete años, mediante el proyecto Veritas, pudimos viajar al pasado de una forma virtual, que es lo que se ha filtrado en las redes sociales. Evolucionamos aquella tecnología y ahora tenemos esto, el proyecto Realitas, capaz de viajar al pasado de forma real, no virtual.

─¡Me está diciendo que...! Va, que no soy como esos imbéciles que se tragan todo lo que ven en X o en TikTok.

─Sabía que sería escéptica, así que se lo demostraré.

Angelo trajo una caja de un material desconocido que parecía obsidiana negra o similar y por dentro estaba revestida de terciopelo rojo. César sacó una especie de cuero arrugado y lo puso en el pedestal que había delante de la máquina de dentista. Un hombre apareció en el hangar. Iba vestido con un traje parecido al de los pilotos de Fórmula 1, se sentó en la máquina mientras unos técnicos conectaban unos cables al traje.

Se encendió el motor de la máquina y una burbuja apareció rodeándola. El zumbido metálico aumentó hasta que se oyó un «click» y la máquina desapareció. Lara se quedó pasmada.

─Eh, oiga, ¿a dónde ha ido la camilla de dentista esa?

─Venga conmigo, le iré explicando lo que sucede.

Salieron de lo que llamaban la pecera, la pared de cristal que separaba a los técnicos del hangar, y fueron detrás, a la sala de ordenadores.

─Verá, la máquina ha fijado su objetivo sobre el trozo de cuero, y ahora va a ser capaz se seguirlo por todos los años hasta el momento de su creación. Mire esa pantalla, lo que el viajero de la máquina del tiempo está viendo está siendo transmitido en ella.

Lara se acercaba lentamente, con prudencia, casi con miedo. No podía creer lo que estaba presenciando. Alguien le ofreció una silla y Lara se sentó muy despacio, sin dejar de mirar la pantalla. La máquina había llegado a la fecha requerida, el año 33 antes de Cristo.

Lo que vio la dejó pálida. Una persona ataviada con una túnica con capucha compraba ese trozo de cuero en un mercado y se lo llevaba a su casa. Después de la cena escribía algo en él. La máquina soltó la sonda espía, la burbuja más pequeña para interiores pequeños, y se posicionó por encima de la cabeza de aquel hombre. Lara pudo ver cómo aquella persona escribía algo en lo que le pareció griego que ella no supo leer, pero que la burbuja tradujo. Cuando lo leyó sintió un escalofrío. Miró a César, que estaba a su lado, maravillado, y volvió a mirar la pantalla. El silencio podía cortarse, el respeto por aquella visión era máximo. Hubieron lágrimas y escalofríos.

Lara fue testigo de primera mano de la reunión con otras personas, de cómo le llamaban Amigo, Maestro, Jesús. Vio su traición, su detención, su encarcelamiento y su martirio. Vio su crucifixión y cómo aquella mujer rompía en tres trozos y enterraba dos de ellos lejos uno del otro, y cómo el trozo que la máquina tenía como objetivo, acababa en un castillo de la actual Turquía. Y lloró, y sintió opresión en su corazón, y rabia, pese a no ser creyente.

Miró a César y al cabo de un rato, César la miró a ella.

─¿Ahora lo entiende?

Lara se quedó muda, se adivinó una leve afirmación, o quizá había sido fruto de la necesidad de César porque fuese así.

Al cabo de un rato, la máquina volvió a aparecer con un chasquido. El zumbido metálico disminuyó hasta desaparecer, y el piloto bajó de la máquina con una tristeza infinita. Aquella escena no dejaba indiferente a nadie.

Lara se debatía entre la incredulidad y la certeza.

─Esto que acabo de ver no puede ser cierto. Es un truco, como el video que subieron a redes sociales para desmentir la filtración y las acusaciones. Ustedes están intentando que abandone el caso mediante truquitos de magia barata.

César hizo una imperceptible señal a Angelo, que estaba siempre cerca, y arrebató el bolso a Lara.

─¡Eh, tu, qué coño te has creído que haces!

Lara se levantó hacia Angelo, pero este ya había metido la mano en el bolso y sacado su mechero zippo Motörhead Ace of Spades Design, se lo pasó a César y este lo puso encima del pedestal.

─Se equivoca, y lo sabe. Esto es real, y si después de la evidencia en exclusiva que se le ha mostrado sigue incrédula, vuelva a sentarse y observe.

El piloto volvió a la máquina, la activó, fijó el objetivo en aquel zippo y lo siguió hacia atrás en el tiempo, lentamente. Lara pudo ver el momento en el que Álex se lo regaló. No había lugar para la duda, ya no podía seguir negando la evidencia. Miró a César con una cara seria, reveladora. César asintió.

De repente Lara entendió muchas cosas. El espionaje industrial, por qué César le pedía que dejara el caso. Esa tecnología tenía que permanecer oculta, sería un duro golpe para la sociedad, pero entendió algo más. Tenía un don para interconectar cosas en su cabeza, y el misterio se disipó.

César e Isaac formaban parte de algo que luchaba por mantener en secreto la existencia del códice, y si para ello debían matar, lo harían. Llegó a la conclusión que ambos formaban parte de aquella Hermandad Custodum Fidei. Las acusaciones a la Hermandad por parte de César y su odio hacia ella era una simple cortina de humo, ahora todo cuadraba, y sintió pánico, estaba en manos de la Hermandad.

Capítulo 19. Fratrum Veritatis, 1333

Había pasado casi un año desde la recuperación del códice, que permanecía custodiado en una encomienda en Toledo, a la que se la había conocido como la casa del Temple y que desde hacía algún tiempo pertenecía a la Hermandad, un edificio excepcional situado en la actual calle de la Soledad 3, en la plaza del Seco, a unos pocos pasos del Alcázar. El códice había sido traído a esta encomienda en secreto, dejando en el castillo de San Servando una burda réplica. Cada martes oraban delante del códice, en lo que se llamó como el «Martes de Tierra».

Aquella noche tocaba vigilancia al grupo de David, que se había ganado a pulso el grado 3 de Compañero. Era un grupo de seis Hermanos que se apostaban en varios puntos de la enorme encomienda. David solía apostarse en un pequeño balcón a tocar del tejado, desde donde tenía una vista magnífica.

Algunos hermanos escucharon ruidos, pero enseguida aparecía algún animal, ratas o murciélagos que anidaban por allí, así que no les dieron importancia. Fue un error. El Guardián había escogido bien el punto de entrada. Actuaron deprisa y consiguieron penetrar en la encomienda sin que nadie lo advirtiese. Antes de dar la voz de alarma, cayeron degollados cuatro de los seis Hermanos que estaban de guardia. Un nutrido grupo de personas con formación militar habían irrumpido silenciosamente, pasando a cuchillo a todo aquel que se le pusiera por delante.

La voz de alarma, que consistía en gritar fuerte la frase «Vigilate, fratres» hizo que el resto de Hermanos se pusieran en guardia. Ataviados con escudos improvisados algunos y cotas de malla muchos porque habían adquirido el hábito de dormir con ella, se arremolinaban en las salas comunes, espada en mano. Aun quedaba mucho de Templarios en aquellas gentes.

─Quedaos agachados y guardad silencio ─susurró al pie de las escaleras un Hermano de grado 6 ─El primer piso está repleto de atacantes y seguramente el resto también.

Hizo un gesto con la mano escrutando la oscuridad y tres hermanos subieron por las escaleras. Se oían ruidos de pasos, gritos, cosas que caían y se rompían, y pudieron oírse algunas palabras que conocían demasiado bien; eran árabes.

Los tres Hermanos que habían subido tuvieron un encontronazo en el que cayó uno de ellos. Liberada la sala superior, que correspondía a una pequeña habitación que daba paso a otras más grandes, dieron tres golpes en el escalón de madera, señal de que el paso había quedado libre y el resto podía subir, deslizándose por las escaleras en silencio, en fila de a uno, detrás de su patrón con las espadas desenvainadas y fuertemente asidas.

Llegaron a una habitación por donde se colaban hordas de musulmanes por la ventana, que tenía uno de sus barrotes serrado. Empezaron los mandobles. El ruido de metales era ensordecedor, el acero de las largas espadas de los Hermanos contra las cimitarras curvas musulmanas. Uno de los Hermanos llevaba la cuenta: 1, 2, 4, 5, 7, pero acabó ensartado por una saif musulmana.

Otro hermano vengó su muerte atravesando desde la espalda al segador de la vida de su Hermano. Sacó la espada haciendo fuerza con el pie en la espalda del muerto y ensartó a otro que venía hacia él. A su vez, sacó de nuevo la espalda, esta vez sin esfuerzo, y tras una leve lucha con un musulmán alto y fornido pero demasiado lento, le segó la cabeza, giraba sobre sí, y se ponía en guardia de nuevo esperando a más atacantes. Vio a otro compañero caer a manos de una nimcha estrecha, sin duda marroquí, *«¡pero qué mezcolanza es esta!»* pensó el Hermano que aun permanecía en guardia.

A pesar de aquella oscuridad casi absoluta lograban distinguir las siluetas enemigas, y dejaban caer, como una sentencia divina, el acero de sus espadas sobre todo enemigo que se cruzara con ellos. El aire húmedo de la noche estaba impregnado de miedo, un miedo alimentado por la incertidumbre y la confusión que no hacían sino aumentar: el códice.

Varios Hermanos fueron a proteger la reliquia, pero se encontraron con mucha resistencia antes de llegar. Diezmaron a los musulmanes hasta que se batieron en retirada. Alertados por la situación, bajaron a la cripta donde guardaban el códice. Los goznes habían sido forzados y la alacena donde estaban expuestos destruida a mandobles. Algunos Hermanos se echaron a llorar, otros blasfemaron mientras acababan de romper lo que quedaba en pie, y otros la tomaron con los cuerpos de los musulmanes que habían caído. Uno de aquellos cadáveres impíos guardaba entre sus ropajes un fragmento del manuscrito, a medio meter por el cuello de su chilaba, que el Hermano que lo ensartaba una y otra vez vio y recuperó, pero habían conseguido llevarse otro de los tres trozos del códice.

Empezaba a amanecer y era momento de estudiar lo sucedido, ¿qué había pasado?, ¿quien fue el responsable?. Un concienzudo examen visual arrojó pistas de que las puertas no habían sido forzadas y algunos barrotes de las rejas de las ventanas habían sido serrados sin encontrar polvo de serradura; sin duda tuvieron ayuda de alguien de dentro, ¿pero quien?. La duda se trasladó al corazón de los Hermanos, que poco a poco empezaron a recelar de quien tenían al lado. El Gran Maestre, herido pero vivo, no podía creer lo que estaba sucediendo, ¡otra vez!.

Estudiaron aquellos cuerpos infieles. Los recuerdos de Tierra Santa se agolpaban en aquellos que habían sido templarios.

─Señor, no tenemos buenas noticias.

─¡Suéltalo!

─Se trata de Hashashins, la secta radical que.

─Conozco la secta ─dijo el Gran Maestre de malos modos, visiblemente afectado.

─¡Hashashins!, ¡aquí! ─se santiguó otro Hermano allí presente que los conocía demasiado bien. Un frío temblor le subió por la espalda.

─No hay duda, la vestimenta es propia de ellos y su forma de actuar.

─¡Dios bendito!, se han llevado una parte del códice. ¡Maledictus sis in terra! ─maldecía otro de los Hermanos, agitando un puño cerrado fuertemente.

─¡Señor, por favor, señor! ─gritaba un Hermano que venía resoplando de la parte de atrás de la encomienda ─Tras el recuento de Hermanos vivos y muertos, falta uno, David.

─¡David!, traidor, lo pagarás caro.

Escindidos de los Ismailitas, que a su vez se habían escindido de los Chiítas, los Nizaríes también sufrieron su propia escisión. El príncipe Nízar, quien tomó el poder en Alejandría, fue asesinado al poco tiempo por los seguidores de su hermano menor, gobernador de El Cairo. Los nizaríes emigraron a Persia y allí propagaron sus creencias, incorporando a la práctica del Islam elementos de la filosofía griega y del esoterismo. Uno de sus predicadores captó en el siglo XI a un joven persa llamado Hasan As Sabbah, el cual se convirtió a sus creencias y posteriormente conformó una sociedad secreta: los Hashashins, una radicalización de los nizaríes.

Si los hashashin habían sido capaces de llegar hasta esas latitudes, es que ya no podían estar seguros en ninguna parte, y menos allí. El Maestre y el Gran Maestre convinieron, sin comentarlo con ningún Hermano por miedo a que existieran más infiltrados, escapar con los dos fragmentos del códice en su poder hacia tierras aun por concretar y volver a enterrarlos hasta que la situación fuese más beneficiosa. Parecía que aquel sería su sino para generaciones venideras.

Aquella misma mañana partía una carreta cargada de heno tirada por bueyes, con una pareja de agricultores más bien ancianos hacia tierras secretas llevando consigo un gran tesoro que esconderían para generaciones venideras.

Capítulo 20. Ajustes de cuentas

Todo estaba siendo un caos, se habían infiltrado por todas partes. En Barnabots Technology llevaron a cabo una exhaustiva investigación, que llevó a una purga de personal de dudosa procedencia o que se habían comportado de forma extraña. Quizá fueran inocentes, pero César prefería que cayeran inocentes a dejarse algún infiltrado por ser demasiado benevolente. Llamó a Isaac Garay por el teléfono satelital cifrado y le ordenó sacar el códice del país, ya no estaba seguro, y si seguían custodiándolo aquí acabarían perdiéndolo de nuevo.

Isaac Garay se dirigió al aeropuerto privado a las afuera de la ciudad vecina, a unos 20 kilómetros, donde tenía el jet de la empresa. Mientras esperaba a que lo prepararan, se tomaba un refrigerio en el hall. Le avisaron de que ya podía subir al avión, pero antes pasó por el lavabo. Mientras hacía sus necesidades, se oyó la puerta y alguien abría el grifo. Isaac salió y vio en la zona de lavabos a una chica vestida con pantalones militares negros y un gorro oscuro.

─A mi no me importa, joven, pero este es el lavabo de hombres.

Isaac se miró al espejo mientras la chica pasaba por detrás suyo y él aprovechaba para mirarla. Se dio cuenta de que aquella chica era Mireia, su secretaria. Tal y como iba vestida no la había reconocido.

Con un movimiento que Isaac no vio venir, Mireia rodeó su cuello con un fino hilo metálico y apretaba con todas sus fuerzas. Isaac intentaba soltarse de aquella trampa mortal, dando golpes a Mireia, empujándola contra la pared, pero no había manera, aquella chica menuda se había cogido a la espalda de Isaac como un koala y no lo soltaba. Isaac fue perdiendo las fuerzas, empezó a ver borroso por la falta de oxígeno, y con los ojos hinchados e inyectados en sangre, mientras intentaba balbucear el nombre de ella, se vio por última vez en el espejo. Mireia sonreía. Le susurró al oído *«Somos Equinox, y mi nombre es Germinal»*.

Cuando se hubo asegurado de que Isaac estaba muerto, cogió la caja que había llevado al hombro y que albergaba el códice de Jesús y huyó de allí. Fuera la esperaba un Honda Civic conducido por un ruso.

─¡Vamos, arranca!

Isaac Garay, el Maestre de grado 11 de la Hermandad Custodium Fidei había muerto.

Con las cartas sobre la mesa, la guerra táctica encubierta entre la Hermandad Custodum Fidei y la Organización Equinox estalló de forma sangrienta. Por todo el mundo sucedieron muertes incomprensibles, horrendos asesinatos con machetes y espadas atribuidas por los medios a bandas latinas, y temblaron los cimientos de gobiernos y servicios de inteligencia.

Varias órdenes religiosas, como la de los hashashin, pescaron en río revuelto y se impusieron a muchas otras órdenes, como las sufís.

Las infiltraciones de ambas organizaciones llegaban tan lejos que incluso otras, creídas extintas, como los Illuminatti, la Orden satánica de los Nueve Ángulos o las mismísimas tríadas japonesas tuvieron que pugnar por mantenerse con vida.

Llegó la policía a la escena del crimen, fotografiaron todo y recogieron pruebas. Cuando Lara se enteró por César, y pese a estar fuera de su jurisdicción, solicitó a la policía de Cerdanyola tener acceso al expediente. Por estar relacionado con el caso que ella llevaba, le permitieron también acceso a las pruebas. Se llevó el arma del crimen bajo mano y se lo llevó a César.

─Tengo que devolverlo lo antes posible, antes de que se den cuenta.

─Descuida, será un momento.

Lo pusieron en el pedestal y pusieron la máquina en marcha. Pudieron ver a Mireia estrangulando a Isaac. *«Joder con la mosquita muerta»* pensó Lara.

─Déjalo en mi mano ─le dijo seriamente a César.

─Toda tuya.

Con el pretexto de estudiar de nuevo la cronología del caso, pudo volver a tener acceso a la documentación y pruebas y dejar el arma del crimen en su sitio.

Cuando llegó al despacho de Isaac, Mireia estaba ordenando los documentos y despejando la mesa para cuando Sphynxum nombrara al siguiente CEO aquella misma mañana. Debía disimular y mantener el perfil bajo de las apariencias, pero cuando hubiera nuevo CEO, algo que sucedería en breve, se marcharía de allí. No era consciente del conocimiento por parte de la Hermandad de su participación en el asesinato de Isaac.

La sorprendió por la espalda, la cogió con su potente brazo nubio y le partió el cuello. Se había hecho justicia.

No necesitó cubrirse, sabía que misteriosamente la grabación de seguridad se habría borrado, pero no contó con las infiltraciones que afectaban también a Sphynxum por parte de Equinox. Subestimaron el poder de la organización rival con respecto a la inexpugnable Sphynxum, y eso fue un error.

Cuando el ruso se enteró de la muerte de Mireia, pudo recuperar la grabación de manos de un infiltrado, un Mendicante grado 5. Hizo sus pesquisas y supo cuando devolver la pelota al nubio.

Angelo estaba parado en un semáforo con el SUV. Delante tenía a un payaso haciendo malabarismos. Cuando terminó, fue recorriendo los vehículos mendigando alguna propina. Cuando llegó al SUV de Angelo, este no le hizo caso. Picó a la ventanilla varias veces, hasta que a Angelo se le hincharon las narices y bajó del SUV para amenazar al dichoso payaso con su imponente figura. El payaso no se achantó, metió la mano en la bolsa de tela que llevaba al hombro.

─¿Rrecuerrdas a Mirreia? ─Angelo abrió desmesuradamente los ojos, oliéndose lo que iba a venir ─Erra mi hija, ¡muerre tú ahorra!

Hizo seis disparos con silenciador al pecho, vientre y cara de Angelo, que quedó abatido en el suelo rodeado de un gran charco de sangre. El ruso se subió al SUV y desapareció.

Las razias se sucedían por doquier a lo largo de todo el mundo y diezmaron seriamente a la Hermandad pero destruyó por completo a la Organización Equinox, más pequeña y con menos recursos y afiliados. Solo tenía sedes en España e Italia.

Tras el fin de «las guerras del códice» como algunos empezaron a llamarlas, la Hermandad, que salio de aquello muy tocada, tuvo que abandonar algunos países, volver a replegarse y esperar a reponerse y crecer como llevaban siglos haciendo.

No tenían prisa, el códice volvería a sus manos, así estaba escrito, así debía de ser.

Capítulo 21. La gran purga

Lara estaba en shock, no podía articular palabra.

─¿Y ahora qué?

─No lo sé, dígamelo usted.

─No puedo cerrar el caso sin más, pero esto.

─Es una situación difícil, ¿verdad?. Lo siento, todo esto debía de haber sido más fácil, pero confío en que sabrá cómo solucionarlo.

─No lo tengo tan claro. Ustedes han cometido delitos de sangre, no pueden quedar impunes.

─Vamos Lara, no me salga ahora con remilgos, sabe lo que pasará si esto sale a la luz. Habrá que cambiar todos los libros de historia, pero las consecuencias irían mucho más allá. De la noche a la mañana todas las religiones se tambalearán, las injusticias cometidas contra las poblaciones y que fueron silenciadas removerán los cimientos de las civilizaciones. Empezarán nuevas guerras, atentados y se romperán las relaciones internacionales. Será un caos, peor que la segunda guerra mundial, ¿es lo que quiere?, porque la decisión está en su mano.

─Lo sé, soy consciente de ello, pero.

Lara estaba echa un lío. César sabía que al final cedería, pero no sabía el alcance que todo el asunto podía adquirir. La acompañó con Angelo, que la dejó en su casa. Ya no estaba el Tesla Model 3 aparcado en mitad de la acera interrumpiendo el paso, “algunos tardan en entender las cosas”

Necesitaba estar sola. Álex, que se había mudado a vivir con ella definitivamente, había salido un par de semanas de expedición a Carcasone. Necesitaba pensar en todo aquello, asimilar toda aquella historia. ¿Qué coño tenía que hacer?, ¿cómo daba carpetazo al asunto?, debía pensar algo. Le hubiera gustado hablarlo con Álex, pero sabía que no podía decir nada. Álex, si hubiera visto el poder de esa máquina, se habría quedado allí a vivir. Sonrió.

Pasaron varios días en los que estudió varias situaciones, y al final optó por lo que creyó más convincente. Pudo colar que el espía que se suicidó en Sphynxum había sido responsable de las muertes de los arqueólogos, un serial killer chalado que mataba por orden divina y que luego enterraba de forma ritual a sus víctimas. Borró todo rastro de inculpación sobre César e Isaac y por fin pudo dar carpetazo de forma satisfactoria al asunto.

Todos en comisaría la felicitaron, incluso el comisario, que no era dado a hacer estas cosas. Pero Lara no se sentía bien, incluso pensó en dejar la policía. Solo le alegraba pensar en Álex, que volvía aquella tarde y a la que echaba de menos muchísimo.

Fue a buscarla a la Estació del Nord. Álex era una apasionada de los viajes en autocar, así que hizo el viaje de vuelta de Francia en tren hasta Girona y de allí en autocar hasta Barcelona. Lara estaba en la estación cuando llegó el autocar de Álex. Cuando se bajó Lara la saludo en la distancia, y Álex le devolvió el saludo. Cuando iban al encuentro una de la otra, Lara notó un impacto en la espalda, pero no le dio importancia. Siguió caminando unos pasos hasta caer al suelo, sin vida. Álex echo a correr entre el barullo de gente que, asustada, inició una estampida, unos corriendo hacia la salida, otros que se metían dentro de la estación, y otros volvían a subirse al autocar en el que acababan de llegar y se agazapaban entre los asientos.

Álex cogió a Lara entre sus brazos. Tenía una perforación en su pecho, a la altura del corazón, y se desangraba por momentos. Álex, medio sentada, con el cuerpo sin vida de Lara en su regazo y su mochila tirada por el suelo, lloraba, acariciando la cara y el pelo de Lara mientras se balanceaba y le daba besos.

César, el Gran Maestre de grado 12 de la Hermandad Cutodium Fidei, sintió tristeza, le gustaba aquella mujer, hubiera sido una buena Hermana, si no hubiera sido policía, y si se admitieran mujeres en la Hermandad, pero no podía dejar cabos sueltos. Lara había solucionado el caso y los había dejado libres de sospecha, que era lo importante, pero había visto la máquina y no podía fiarse de nadie. La Hermandad no había durado tantos siglos fiándose de la gente. Desmontó el fusil, lo guardó en el maletín, recogió la bala y abandonó el edificio situado a 800 metros de la estación.

Pocos días después, el cuerpo de César, el CEO de Barnabots Technology, aparecía en un barranco cercano a la Iglesia de San Medir. Lo encontraron unos excursionistas que practicaban acampada libre. La autopsia revelaba que la causa de la muerte había sido por apuñalamiento con una arma blanca de grandes dimensiones, por una incisión de 21 cms.

Epílogo

El sepelio de Lara fue muy emotivo. Estaba toda la comisaría con los trajes de gala, hechos con sarga.

Todos sus compañeros le rindieron homenaje y le dieron el último adiós. Álex lloraba desconsoladamente abrazada a la madre de Lara, que también lloraba en silencio.

La escena parecía sacada de una película. El cielo estaba encapotado, llovía, hacía frío y todos iban de negro a juego con aquel día de tempestad. El enorme cementerio de Montjuich, que ya daba miedo de por sí, con aquel tiempo era más aterrador aun si cabe.

Antes de cerrar el ataúd para cargarlo en el coche fúnebre, el comisario pidió un tiempo para estar a solas con Lara, una de sus mejores inspectoras. Se quedó unos instantes delante de ella, con los ojos llorosos, las manos cruzadas delante.

─Ruego que me perdones, querida amiga, por favor, perdóname.

Dicho esto, enterró por debajo de la espalda de la difunta uno de los fragmentos del códice, envuelto en una lámina de cobre.

El coche fúnebre llevó el féretro por la calle San Ramón y San Salvador hasta la zona donde debían darle sepultura. Una vez emparedada en el nicho, y tras unos momentos de despedida, la gente empezó a retirarse. La lluvia había cesado.

El comisario, Sacerdote Guerrero de grado 8, que había tomado buena nota del número de nicho, mandó hacer un medallón con el símbolo de la Orden Equinox y el número de nicho por una cara, y un enigma sobre el significado de dicho número por el otro.

No sabía si alguien más se había salvado de la exterminación de la organización, aunque lo dudaba, la Hermandad no hace prisioneros ni deja títere con cabeza. Él había estado retirado desde hacía años de Equinox y eso lo había salvado, aunque aun colaboraba con ellos esporádicamente dada su posición, pasando información. Pese a todo, no sabía si alguien vendría a por él, así que estaba obligado por juramento sagrado a dejar alguna pista en caso de emergencia como aquella, para que generaciones venideras continuaran la labor de desenmascarar la fe cristiana.

Bajando por Portal de l’Àngel, acunada por Plaça Nova se encuentra la majestuosa Catedral de Barcelona. Se adentró en la capilla de San Sebastián y Santa Tecla, donde existe un escudo con un compás, una rosa y dos cometas, señal indiscutible de la presencia masónica que perdura desde el siglo XVI, cuando el canónigo Joan Andreu Sorts financió la capilla, permitiendo a los canteros masones dejar su distintiva insignia.

El escudo está situado en la losa sepulcral del suelo en bajorrelieve, accesible, ya que existe otro pintado sobre los dorados del retablo del taller de Jaume Huguet.

Había convenido con el cabildo de la Catedral para que en ese momento se cerrara al público por unos momentos el acceso a la capilla, y escondió el medallón bajo la losa con la esperanza que en el futuro fuese encontrado. Sabía que era mayor y no viviría para ver resurgir a Equinox.

En otro lugar, a varios kilómetros de allí, un Hermano Ilustre de grado 10 que había recuperado dos de las tres partes del códice, huía en secreto, atravesando el mar hacia un destino desconocido.





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